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Solís y Yáñez, los dos grandes pilotos, por Hachero

En 1508 el rey Fernando el Católico piensa que pierde el tiempo con un Mar Tenebroso que no lo es tanto y sí una fuente de riqueza que sospecha infinita. Decidido a evitar que sus nuevas posesiones se desangren en un tráfico ingobernable convoca a los mejores marinos que en sus dominios son. Y al llamado acuden prestos los más reconocidos. Un italiano, Americo Vespucio, que bautizará sin querer todo un continente. Un cántabro, el cartógrafo Juan de la Cosa. Y dos andaluces, uno de ellos una leyenda que capitaneó a la Niña en su viaje descubridor, Vicente Yáñez, y Juan Díaz de Solís, considerado el mejor piloto de los mares patrios a pesar de proceder tan de tierra adentro como Lebrija. Don Fernando, y es de entender que doña Isabel, pretenden ampliar los mapas, y con ellos el imperio, y quién mejor que los mejores pilotos y los mejores cartógrafos.

 Solís y Yáñez, los dos grandes pilotos

Juan Díaz de Solís vivió con una obsesión y una habilidad. Su obsesión era el camino más corto hacia la India. Su habilidad, el océano. Había vivido tanto tiempo en Portugal que había quien lo consideraba lusitano y tanto destacó en su flota que se hizo un hueco entre los más grandes marineros de la armada. Al principio como marinero, más tarde con tripulación a su cargo, Solís viajó repetidamente a la India, bordeando el continente africano y aprendiendo los caprichos de corrientes y mareas. Sin embargo, abandonó decepcionado la marina portuguesa para enrolarse en un barco corsario francés y ejercer el siempre más rentable oficio de pirata. Pirata bajo corso, claro, que es un modo de cubrirse las espaldas, porque los corsos actuaban con el respaldo de alguna Corona que conseguía así lo que no podía lograr mediante conquista o diplomacia. Solís apresó un mercante portugués en aguas guineanas y sus antiguos patronos no dudaron en condenarle a muerte. El lbrijano pasó de portugués de adopción a enemigo declarado y Portugal de madre adoptiva a amante despechada.   

 Solís y Yáñez, los dos grandes pilotos por Hachero

Vicente Yáñez, nacido en Palos, compartía mucho con Solís: ambos eran expertos marinos, ambos habían pasado por la piratería de corso como formación obligada. Por si fuera poco, los dos estaban enfrentados a Portugal, país contra el que los hermanos Pinzón habían mantenido frecuentes escaramuzas fronterizas. Pero si tanto compartía con el lebrijano, mucho más le separaba. Yáñez era leyenda viva, había descubierto el nuevo continente al frente de la Niña, continente al que regresó rodeado de primos y sobrinos para acrecentar su fama con el descubrimiento del Amazonas y el Orinoco. Yáñez era, además, inmensamente rico gracias a sus negocios negreros (al que los españoles nunca fuimos tan ajenos, pincha aquí para conocer otro caso atroz), el líder natural de los marineros de la incipiente armada española, corregidor de la isla de Puerto Rico y un hombre de carácter. Sus vecinos lo recordaban en los tiempos de aquel marinero loco venido de Italia, el tal Colombus, aporreando puertas junto a su hermano Martín para convencer a los más escépticos de que había que embarcarse y poner proa a poniente porque se harían ricos.

 Solís y Yáñez, los dos grandes pilotos

La Corona ya había decidido: Yáñez y Solís comandarían una expedición para hallar el paso que comunicara el aún misterioso cúmulo de islas con las tierras de la Especiería, un paso que, según concluyeron, sólo podría encontrarse al norte. La flotilla pasó un año recorriendo las costas de Venezuela, Colombia, Panamá, Nicaragua, Honduras, Guatemala y hasta divisaron desde sus naves a los mexica de Moctezuma. Demasiado tiempo navegando juntos sin encontrar el anhelado paso. El onubense, descubridor y navegante mítico, se impuso a Solís, tan sólo refutado marino, y lo envió a prisión nada más desembarcar en España. Eso sí, Solís debía de tener algún tipo de encanto porque poco después sustituye a Américo Vespucio como Almirante oficial de la flota del descubrimiento. Vicente Yáñez fallece poco después, cansado y enfermo, en su domicilio de Triana, tan anónimo que pocos vecinos conocían su pasado.

            Solís, mientras tanto, sigue con su obsesión: volver a la India y arrebatar las colonias a sus antiguos socios. Esta vez, piensa, será distinto: enfilará proa al sur, hasta que se acabe la tierra, porque en alguna parte debería de acabarse el continente y pocos recelan ya de la esfericidad del mundo. Solís sale de Sanlúcar de Barrameda un frío día de octubre de 1515 y se encamina al Brasil con las referencias de su antiguo compañero de viaje, Vicente Yáñez, baja hasta el río de la Plata, que confunde con un brazo de mar dulce, y se disponía a enfilar proa al Cabo de Hornos cuando cae muerto a flechazos. Contaron los marineros que Solís descendió con siete compañeros para negociar por oro pero apenas pone pie en tierra unos indígenas los asesinan mientras la tripulación contempla la masacre desde el puente sin poder intervenir.

 Solís y Yáñez, los dos grandes pilotos por Hachero

            Esa es la Historia, con mayúsculas, y el final oficial de Juan Díaz de Solís. La historia, con minúsculas, nos llega a través de un jesuita irlandés, Lucas Marton, en su libro Yumaranei, quien asegura que los marineros, ya en tierra, intentaron abusar de algunas indígenas. Un clásico en los conquistadores que encontró su castigo cuando los guaraníes los asesinaron sin contemplaciones. El jesuita asegura además que Solís no se encontraba en la funesta expedición, sino que la encabezaba un tal Martín García, que consiguió regresar al barco y morir a bordo. Su sepultura dio nombre a una isla que aún hoy mantiene su epónimo: la isla de Martín García. El caso es que, volviendo a Marton, Solís optó por regresar a España, tras la debacle de parte de su tripulación, pero el resto de la marinería, que se veía ya rica de especias y oro, lanzó al mar al lebrijano. Asegura el irlandés que Solís se adaptó a su nueva vida y hasta dejó varios hijos habidos con indígenas guaraníes. Dice más Marton: que Solís construyó una hacienda, con el permiso de la Corona portuguesa, con quien se había reconciliado de manera misteriosa, y que murió con ochenta años, de puro viejo.

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“De una doncella de los Charuás tuvo sólo un vástago a quien llamó Fernando de Solís y muchos nietos de éste quienes poblaron y negociaron en la hacienda, hasta la venida del Gobernador Mauricio de Zavala. Empero, la muerte de Solís resultó ser en el año 1552, según se dice contando con más de ochenta años de vida y treinta y cinco en estas tierras. Enterrado en Cerro Piedras de Afilar, según pude constatar a pocos metros de lo que lo hombres llaman El Cono”.

Bibliografía

1. Juan Díaz de Solís, Lebrija, Sevilla, 1470 – Punta Gorda, Uruguay, 20 de enero de 1516

El viaje de Yáñez Pinzón y Díaz de Solís, José Torre Revello,

Codex colmex

Historia de la Marina Real Española: desde el descubrimiento de América, volumen I, José Ferrer de Couto, José de March y Labores

Yumaranei, Lucas Marton, 1746,: Yumaranei

2. Vicente Yáñez Pinzón, Palos de la Frontera, Huelva, aprox. 1462 – 1514

El viaje de Yáñez Pinzón y Díaz de Solís, José Torre Revello,  Viaje en PDF

Historia de la Marina Real Española: desde el descubrimiento de América, volumen I, José Ferrer de Couto, José de March y Labores