Cuando los vecinos del barangay 23-C de Davao, al sur de la isla de Mindanao, también conocido como el barrio de Isla Verde, se asoman a la ventana ven un espectáculo único. Debajo de todas esas botellas, envoltorios, trozos de gomas, neumáticos, zapatillas, maderas, paquetes de tabaco, cartones, bolsas, envoltorios, garrafas, cartones, cañas podridas de bambú, suelas de zapato, pajitas, telas, latas de refrescos, carátulas de Cds y muñecas desmembradas hay líquido. Un líquido nauseabundo, seamos claros, un líquido compuesto de detritus, orinas, detergente, lixiviados, jabón, salivajos y restos de alimentos fermentados que forman una segunda capa bajo la de los desechos sólidos. Si fuéramos capaces de lanzarnos a esa terrible y maloliente superficie que desde arriba parece sólida veríamos que bajo esas dos capas aún se mueve alguna corriente de agua procedente de las mareas del mar de las Célebes y puede incluso que prospere algún organismo vivo. Si los hay en los cráteres de volcanes activos o en el río Tinto, ¿por qué no puede haberlos aquí?

Jason se asoma a la ventana junto a su hermana y me mira con curiosidad. Porque lo curioso soy yo, para Jason y para todo el barrio, que viene a observarme de arriba abajo. No se ven muchos extranjeros por aquí: ¿para qué? Por eso Jason me mira boquiabierto. Debe de tener la misma cara que tengo yo mirando el suelo de líquido sólido. No dejo de flipar con la superficie de desechos que parece pudiera sostener mi peso si me decidiera a bajar, creo que no he visto jamás una acumulación de basura tan espesa y compacta como esa, sobre todo porque encima vive todo un barrio. ¿No te molesta el olor?, le pregunto. Me mira como se mira a un loco: ¿qué olor? Porque la basura no es solo repugnante a la vista: aún es peor al olfato. ¡Y los vecinos viven sobre la tremenda masa de basuras! ¡Incluso tienden la ropa sobre el vertedero flotante!

La cosa no mejora conforme paso calles sino que la suciedad se transforma. Más allá el líquido se abre paso entre el sólido y el agua se deja ver abiertamente. Claro que tampoco es un agua apetecible porque es verde oscura, verde sucia, verde ribeteada de hongos que parecen hervir fermentados por el sólido que le acecha en orillas flotantes que se mueven entre los cimientos de las casas del barrio. ¡Y más allá el agua es marroncita clara, al estilo de una descomunal diarrea!. En El Cairo visité una ciudad de basureros que se llevaban el trabajo a casa y la basura se desparramaba por las ventanas pero este tiene algo peor. El hedor es insoportable en según qué tramos…

Sobre las basuras la vida se desarrolla con normalidad, las tiendas están abiertas, los malotes del barrio bromean, los niños uniformados van al colegio…

El problema no es único del barrio, Isla Verde, ni de la ciudad, Davao, ni siquiera lo es del país, Filipinas. Es un problema universal que en esta parte del mundo sube un escalón más. Un escalón deprimente, por cierto. Las autoridades locales son conscientes de que el problema ha llegado a un punto de no retorno y se plantean prohibir el plástico por las enormes cantidades que se acumulan en según qué partes de la costa. Según Greenpeace, Filipinas es el tercer país más contaminador de los mares, tras China e Indonesia y viendo este barrio no me extraña. Según los ecoactivistas Filipinas es víctima de su propia pobreza y de grandes multinacionales que venden productos baratos de un solo uso, desde café instantáneo a champú o pasta de dientes que son tan baratos como difíciles de hacer desaparecer. Tan difíciles que están ahí abajo, evitando que los rayos del sol penetren en el líquido porque está sólido.

El espectáculo es deprimente y empeora de una calle a otra

Sobre la basura, la vida es la habitual. A las puertas de las casas juegan los pequeños, por las pasarelas desfilan niños uniformados rumbo al colegio, en un garito con billar los malucones del barrio gastan bromas y se echan selfies, en las tiendas del barrio se vende comida, ropa, películas de Bollywood. Pero bajo los pies de toda esta gente hay una ingente cantidad de basura que no puedo ni cuantificar. ‘La cosa está fea’, me dice una mujer mientras señala con la barbilla un lugar indefinido en el horizonte de tejados de lata, ‘pero peor está en aquella parte’. Aquella parte es un barrio aparte de este barrio de barrios que lleva el sonoro nombre de Isla Verde, a pesar de que no hay más verde que el de los plásticos que parecen incrustados a conciencia en el agua. En Davao hay 182 barrios y este está habitado por Bajaus, pertenecientes a una tribu nómada que procede del otro extremo sur de la isla, Zamboanga, y que sobrevive buscando perlas y vendiendo pescado. O mendigando por las calles de la ciudad. Una lástima porque según algunos estudios se trata de los primeros humanos adaptados genéticamente a sumergirse en el agua, nada menos que los conocidos como gitanos del mar que llegan por oleadas a Malaisia

Cuando el agua asoma de entre los desechos aún es peor porque adquiere colores muy poco apetecibles…

El barrio se dispone según la procedencia de los vecinos y los Bajaus suelen vivir en el mismo sector para facilitar su integración en la ciudad y que mantengan sus tradiciones. Los vecinos de las áreas circundantes a los Bajaus incluso se quejan ante el ayuntamiento de que no tienen control en el uso de sus cosas y que la basura se amontona tanto que llega en oleadas a vecindarios anexos. Como no hay sanitarios sus necesidades vuelan al agua envueltas en plásticos, como no hay cubos las basuras vuelan al agua envueltas en plásticos, como no saben qué hacer con los animales muertos vuelvan al agua envueltos en plásticos. El problema de la educación medioambiental no es exclusivo de los pobres Bajaus porque, como decía antes, el problema es común en otras áreas. Pero resulta significativo en tribus desplazadas que no se habitúan a vivir en grandes núcleos. De hecho, la autoridad del barrio incluso ofrece un kilo de arroz por cada kilo de basura recolectada pero no sé si consiguen mucho porque el plástico del arroz terminará en las fétidas aguas…

Un niño que pasea tiene la piel tan rugosa que podría rayar queso en su frente. ¡Y no quiero pensar en el que se caiga ahí abajo! Mosquitos, infecciones cutáneas, reacciones alérgicas, problemas gastrointestinales, diarreas crónicas. El problema es común en todos los barrios costeros. Porque Barangay significa eso, barrio, y me dicen que el Barangay 37-C es aún peor y que van a sacar los plásticos de los canales ellos mismos. Y eso que las autoridades limpian de cuando en cuando este vertedero residencial, sobre todo de botellas y envoltorios monodosis (de cualquier cosa): en solo tres días extrajeron casi doce mil kilos de plásticos. Pero es luchar contra un huracán. De una ventana sale una mano y tira una botellita de agua que rebota contra la superficie pétrea del agua y se acumula en una montañita informe de desechos. Los plásticos llegan de la costa, flotando, salen de las ventanas, volando, parecen procrear lujuriosamente en el magma compacto y rítmico de la superficie de los canales. 

Más de un niño ha caído a las aguas porque los niños, niños son, así que hay que estar muy atento a que tu hijo no desaparezca tragado por una masa de basuras…

Dice un estudio de la ONG Gaia que Filipinas utiliza una cantidad alucinante de plásticos, incluidos 60.000 millones de bolsas monodosis al año. Según la ONG los filipinos usan cada día 48 millones de bolsas para la compra, 17.000 millones al año, supongo que una cifra acorde a los 300 millones de toneladas que, según la ONU, consume el planeta anualmente. Una locura que en Europa miramos con fingida preocupación mientras nos preguntamos si realmente es para tanto.

Sí, lo es. Los vecinos de Isla Verde lo saben muy bien.