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Yaya Ali no encuentra descanso. Corre de un lado para otro, salta, gesticula, toca el silbato. Grita, hace aspavientos, se enfada. Señala a las alturas, pone gesto serio, colérico, lo mismo se relaja y sonríe que frunce el ceño y empuña su porra con cara de pocos amigos. Me estresa verlo porque le ha tocado el lugar más complicado: la cara de la pirámide de Kefrén más cercana a la entrada general. O, dicho de otro modo, la primera en recibir la marea de visitantes. Los niños escalan por los bloques, los enamorados escalan por los bloques, los muchachos en plenitud de testosterona escalan por los bloques, los padres de familia suben a sus hijos a los bloques. Los turistas extranjeros escalan por los bloques. Las mujeres también escalan por los bloques: incluso veo una señora con niqab bajando torpemente. De hecho veo una china allá arriba que posa lánguida apoyada en un bloque…

Todos sueñan con escalar los bloques y encaramarse sobre la cúspide de la gran pirámide. Y si es posible, con miles de ojos pendientes de la hazaña. ‘Y eso’, me dice Yaya, ‘no es posible, como comprenderá usted’. Y sí, lo comprendo. Y al tiempo observo atónito las evoluciones del bueno de Yaya Alí, con su inmaculada camisa azul, su gorra ladeada, sus gafas desencajadas. De pronto, sale corriendo. Un grupo de adolescentes sube apresuradamente por los bloques aprovechando mi charla con Yaya, riscan cuan cabras y no están dispuestos a obedecer. Al pitido del silbato llegan refuerzos. Subir los casi ciento cincuenta metros que alguien puso allí hace cuatro mil quinientos años está penado con tres años de cárcel por la ley egipcia. Dicen que es posible hacerlo al alba, antes de que abran las puertas oficiales, guiado por un listillo local que previamente ha untado a los guardias del complejo. Los vecinos del barrio, que está justo a los pies de las pirámides, se conocen todo tipo de triquiñuelas para colarse sin ser vistos (o eso me dicen…).

El cartel de prohibido escalar está tan oxidado como ignorado…

El Consejo Supremo de Antigüedades egipcio intentó que las penas fueran persuasivas: cadena perpetua para los que las escalen, para quien las dañe con garabatos, para los que destruyan estatuas o templos. Y cuantiosas multas: cien mil dólares contra cualquier agresión. Al final se quedó en tres años de prisión, aunque de momento no hay extranjero alguno en las cárceles egipcias por semejante gamberrada. Aún así, cada poco tiempo aparece un listillo que ha conseguido burlar la vigilancia y ha llegado a la cima para hacerse unas fotos. Vienen de todos lados, para mayor desesperación de Yaya Alí: de Rusia, de los Estados Unidos, de Turquía, de Alemania.

‘Todos se empeñan en subir’, se queja con media sonrisa, ‘pero para eso estoy aquí: para evitarlo…’. Un joven alemán, por ejemplo, colgó sus fotos en las redes sociales y evitó la cárcel pero tiene una prohibición perpetua de entrar en el país. ‘Se pueden matar’, me dice Yaya Alí, ‘no es solo la prohibición, es cuestión de la propia vida’. Algo más lejos resuenan los gritos de otro vigilante. Los chavales no suelen pasar de la cuarta o quinta fila. Pero de cada una de las pirámides. Y de los restos menores. Y Yaya Alí, y su cuadrilla, termina exhausto. No es para menos…

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Con Yaya Alí, el abnegado guardia de las pirámides de Gize

En una de las pirámides anexas a Mikerinos un grupo de patanes ha conseguido coronar la cúspide y me saluda ufano. El guardia es humano y lo veo allá lejos, meando junto al muro de otra pirámide menor. El ajetreo es continuo: siempre hay alguien intentando subir. Por no hablar de esta modelo belga que se fotografió desnuda en las pirámides para horror del gobierno egipcio.

El ajetreo, como decía, es tan continuo que si no hay alguien intentando subir, hay otro alguien intentando dejar su autógrafo. Y todo eso por no hablar del Daesh, que ya ha amenazado con mandarlas a freír espárragos para seguir sumando detractores a su indigno califato. Una amenaza que puede cambiar la forma que tenemos hoy de ver el monumento más conocido del mundo. Las estadísticas dicen que cada día son alrededor de diez mil los turistas que se acercan a Giza para impresionarse con las pirámides. Muchos intentarán saltar, muchos intentarán dejar su huella en forma de pintadita, muchos buscarán las vueltas a Yaya Alí y el ejército de vigilantes que se desgañitan evitando escaladores.

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En esta web puedes ver algunas fotos extrañas de las pirámides, de cuando cualquiera subía y bajaba y se llevaba lo que le venía en gana: http://www.cairoscene.com/ArtsAndCulture/21-Fascinating-Photos-Pyramids-of-Giza-20th-Century-Vintage-Tourism

Claro que no siempre fue así: a lo largo de los cuatro mil quinientos años de su existencia, ha habido épocas en las que las pirámides parecían una feria. Incluso se organizaban tés victorianos en sus alturas… Por no hablar de las pintadas.

Allí veo que un tal Alí ha dejado su impronta en un bloque milenario, más allá veo pintadas en griego, las hay en árabe, en alfabeto latino, las hay muy arriba y también, y más numerosas, en los bloque más bajos. De hecho las pintadas se acumulan a lo largo de todos esos milenios e incluso se han localizado graffities dejados por obreros que participaron en su construcción, la pintada de un tal Hadnakhte, escriba del tesoro, que en el 1240 antes de Cristo ya dejó constancia de que estuvo ahí de excursión con su hermano Panakhti, soldados napoleónicos… Incluso el gran viajero y egiptólogo italiano del siglo XVII, Giovanni Belzoni, dejó su nombre en la gran pirámide junto a otros ilustres personajes de la época.

Gustave Flaubert, el gran novelista francés, escribió a su tío indignado por el increíble número ‘de imbéciles que dejan su nombre escrito por todas partes‘ en la no tan lejana ciudad de Alexandria… La verdad es que algunas de las pintadas pueden resultar curiosas, sobre todo por antiguas, pero la mayoría no tiene gracia alguna y lo único que han conseguido es rayar los pesados bloques.

Cae el sol. Yaya Alí sigue con su tarea inacabable. Unos muchachos se esconden tras unas piedras. Son unos gamberretes que ensayan con unas ruinas situadas a la entrada del recinto, unas ruinas saturadas de pintadas, de rayones, de detritus. Unos gamberretes como lo fueron sus padres. Y los padres de sus padres. Y los padres de los padres de sus padres. Y así hasta el primer obrero que trabajó colocando estos enormes bloques. No hay civilización ni cultura que no haya pasado por aquí sin pretender encaramarse en el punto más alto. Siento deseos, yo también, de riscar cuan cabra bloques arriba. Pero no lo haré. Yaya Alí no me lo perdonaría. Ni yo tampoco.