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En algún lugar de ese fondo oscuro del lago caminó el rey asirio Shalmaneser II, desfilaron las tropas bizantinas y se deslomaron los mamelucos arrastrando piedras para rendir la fortaleza de Rumkale. Desde ahí abajo lanzan burbujas los atónitos muertos de los últimos tres mil años, presas de dos exóticos cementerios que sólo pueden visitarse con bombonas de buceo y aletas. Si algún espíritu quedó atrapado en esos caminos tan frecuentados en la Antigüedad ahora observará estupefacto que no hay más que agua donde antes cimbreaban las copas de los árboles y que en la superficie resuenan atronadoras las últimas tendencias de la canción ligera turca.

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Porque lo que fue un cruce de caminos y una acumulación de civilizaciones es ahora una presa del grandioso proyecto Gap, del que ya he hablado aquí, un proyecto que medio sumergió al pizpireto pueblo de Halfeti, con sus bonitas mansiones de piedra labrada y sus calles empinadas tapizadas en parte por cáscaras de granadas despanzurradas, una ciudad que se desparrama por una ladera hasta perderse en la negritud de las aguas y que pierde la calma los fines de semana y fiestas de guardar con domingueros vocingleros. La agresividad guerrera de los tiempos pasados se despierta en cada comerciante cuando atisba un visitante, le empuja sin miramientos, le grita complicadas frases en turco y pretende cebarlo con kebabs y ayran (yogurt de leche de oveja muy ácido con agua y sal) antes de que lo haga el restaurante vecino. A los lados de las pasarelas reposan trozos de columnas milenarias, saqueadas sabe Dios si de un templo aún por catalogar, de un palacio escondido, de una mansión submarina.

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Llegué a Halfeti desde la muy noble ciudad de Gaziantep, a un par de horas, y cometí el error que deben de cometer todos los visitantes que no dominan el turco: me presenté muy ufano en Halfeti pretendiendo ver el lago. ¿Qué lago?, me preguntó un señor tocado con kafiya. ¿Esto no es Halfeti?, le pregunté a su vez. ‘Sí, claro, Halfeti, pero aquí no hay ningún lago’. Y entonces, con estudiada ocurrencia cae en la cuenta, ‘ah, claro, Halfeti’. Porque resulta que hay dos Halfetis, la antigua ciudad que se remonta como poco al siglo V Antes de Cristo y una nueva Halfeti, donde reside la población de la antigua Halfeti, o al menos las doscientos y pico familias que aceptaron una casa nueva por una casa milenaria.

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La nueva Halfeti tal vez ofrezca algo de interés a los arqueólogos del futuro aunque, y muy a mi pesar, debo decir que me pareció gris y funcional, seca y sin gracia. Desde que en el año 1999 se inaugurara la presa de Birecik los vecinos de la antigua ciudad de los asirios han ganado en comodidad pero perdido memoria. Los lugareños lo celebran porque pueden ganarse la vida con alguien más que algún despistado amante de Indiana Jones y ofrecen, a gritos como decía, sus pescados y kebabs con malas artes incluso, pero con la seguridad de que su otrora meca de la arqueología es ahora, además, meca del submarinismo de agua dulce, del trekking y de los efectos paisajísticos del mencionado proyecto GAP.

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Alrededor de doscientas mil personas visitan ahora anualmente este apacible lugar, ‘la ciudad lenta’ le dicen sus pocos habitantes mientras los visitantes deambulan ahítos de té y kebabs por las empinadas cuestas de las calles que evitaron las aguas y se enseñorean de una colina con vistas a un pequeño mar. Desde el balcón de una hermosa pero no menos ruinosa mansión me pregunto qué sentirían sus antiguos habitantes si les diera por resucitar y vieran que donde antes había un valle ahora flotan naos surgidas como de un pliegue espacio tiempo. Ahí abajo la gran mezquita de Halfeti, levantada en 1844 por el arquitecto armenio Adir, siente las olas del lago azotar su patio principal, sus rocas labradas la erosión de las aguas, su minbar el ajetreo de parejas de novios que se adentran en el edificio para robarse un beso.

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La comarca es un yacimiento en sí mismo y si las mansiones de Halfeti no satisfacen a los turistas siempre les queda el consuelo de las miles de cavernas con vistas al lago, muchas de ellas aún por examinar por ojos expertos, el castillo griego de Rumkale, puerta de los castillos de la Anatolia, monasterios, miles de tumbas de piedra, pueblos fantasmas, todo al exclusivo alcance de larguísimas caminatas o a bordo de uno de esos barquitos.

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 En lugar de eso, prefiero caminar por el puente colgante, donde se señala bien claro el protagonismo del proyecto GAP, el sueño de Atatürk, un puente que deberían cambiarle el nombre, ‘Puente de los Selfies’ le quedaría mejor. Y pienso entonces en que tal vez existirá otro puente similar en la cercana Hasankeyf, un Halfeti aún sin sumergir y donde ha anidado la polémica porque al tiempo es mucho más que Halfeti: allí serán doce mil los años que sumergirá el polémico proyecto y la contestación, nacional e internacional, ha sido mucho mayor. Allí también paseé por una ciudad nueva, impoluta, como sin abrir del paquete, donde residirá la población de la antigua ciudad, muchos de cuyos vecinos deseaban perder de vista tanta piedra antigua y estrenar apartamento…

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Lo que fue el Éufrates es ahora un lago de profundas aguas bajo el que en días claros pueden verse calles que conducen hacia ninguna parte, huertos congelados en un eterno suspiro acuoso, dice una vecina que en según qué zonas aún pueden adivinarse los tejados de algunas casas. Sobre las laderas de la Halfeti de aguas arriba transitan grupos de jóvenes, huéspedes de alguno de los innumerables hotelitos, casas rurales, hostales, un pueblo dedicado a vender tranquilidad y el aroma a leña de chimenea reafirma el sentir: este es un pueblo para venir en pareja, enamorado, o con un grupo de amigotes, a hacer el cafre. Para los primeros la tierra ofrece algo único: rosas negras, las únicas que nacen en el planeta, una rara variedad genética del rosal de toda la vida que aquí brota de abril a mayo debido al microclima de la comarca y, quién sabe, tal vez decididas a olvidar el rojo que ha manchado el valle desde épocas inmemoriales.

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Trescientos millones de dólares costó la presa de Birecik que ha dejado a la antigua Halfeti convertida en la exótica Halfeti. Un dinero que supongo recupera cada poco porque los locales se afanan en construir hoteles en las colinas y en remodelar las antiguas mansiones como hostales con encanto. Una señora me pide una foto. ‘Nunca antes había visto un español’, me dice la buena señora, ‘espere que llamo a mi nieta’. Es una de las doscientas ocho familias que decidió quedarse en el pueblo. Otras dieciséis familias se asentaron en los alrededores y el resto prefirió la dudosa modernidad de la nueva Halfeti. Yo también me hubiera quedado. Entre cavernas, caravanserais, castillos, monasterios y una mezquita medio sumergida.

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