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La primera década del siglo XXI pasará a los anales de la historia local de Tumaco como una sucesión de malas noticias. Los acuerdos de paz parecen la única salida a semejante desaguisado pero el plebiscito que ganó el No deja un regusto amargo. Lo teníamos tan cerca, parecen lamentarse los vecinos. El alto al fuego que decretaron guerrilleros y gobierno y la desmovilización de los grupos paramilitares ha devuelto cierta tranquilidad a las calles de la ciudad. Pero solo cierta. ‘Nos tememos que el hueco que dejen las FARC lo tomen otros grupos armados, esto lo han advertido desde la alcaldía al defensor del pueblo, y sería hasta peor porque empezaría una guerra por cubrir esos huecos y eso está pasando ya porque seguimos teniendo unos índices de asesinatos tan altos’, me cuenta José Luis, el sacerdote madrileño. ‘Hay veredas donde la gente ha votado No al acuerdo de paz porque no quieren que se vayan los guerrilleros’, me dice Rodrigo, el carismático vecino, entre saludo y saludo.

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‘Las cosas han mejorado bastante’, me cuenta Janer Castillo, un no menos carismático trabajador social local, ‘pero sigue habiendo inseguridad, extorsiones, derrames de crudo… claro que si lo comparamos con lo que hemos vivido en los años anteriores todo ha mejorado desde el alto el fuego’. ‘Tienen miedo de lo que vendrá después porque el estado nunca ha aparecido más que para hacer presencia militar por las calles y asociarse con malhechores’, apunta José Luis. Es la vieja maldición de los lugares ricos. Y en este caso abandonado. ‘La gente dice que la riqueza es una bendición pero sobre todo una maldición porque aquí se ha utilizado para sembrar coca y palma africana de un modo abusivo y despojando a sus legítimos dueños de sus tierras, se ha expulsado a miles de campesinos y comunidades indígenas, también tenemos el oleoducto que saca el petróleo del Putumayo para el extranjero…’

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La lista de riquezas truncadas en pesadillas es muy grande. El petróleo, por ejemplo, se convierte entonces en objetivo de todos: los guerrilleros chantajeaban a las petroleras para no sabotear ciertos tramos del oleoducto; los narcotraficantes saboteaban ciertos tramos del oleoducto para conseguir combustible para sus laboratorios; los vecinos saboteaban ciertos tramos del oleoducto para robarse algo de combustible. El resultado se diluye en los ríos del departamento, creando espantosas llagas entre los niños ribereños, mortandades de animales, mareas negras y un holocausto ecológico aún por catalogar. ‘Ese tubo ha sido una maldición porque ha causado muchos muertos por la contaminación de los ríos’, me confirma el padre José Luis, ‘hablamos de una catástrofe muy grande’. A ello se unen las aquí llamadas Bacrim (de Bandas Criminales), que ven la región como un puerto estratégico para controlar las rutas de droga hacia Centroamérica, Estados Unidos y hasta Europa (a través del canal de Panamá). ‘La gente tiene pocas esperanzas de que esto acabe’, se lamenta José Luis. Aunque no es un lamento estéril porque la adversidad riega su hiperactividad que yo sólo puedo intuir a través de las innumerables llamadas de teléfono que recibe. El madrileño lo mismo recibe visitas a la entrada de la Casa de la Memoria que planea acciones que sacudan la conciencia de los vecinos.

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Janer es un trabajador comunitario de pocas palabras y mucho carisma. Observa en silencio las conversaciones pero los rabillos de los ojos se orientan hacia él cuando persiste una duda en el ambiente. Me atiende en la oficina de las Naciones Unidas de Tumaco. ‘El hombre del Pacífico tiene su propia visión del desarrollo’, me cuenta con parsimonia, ‘y es la convivencia con el medio en el que vive: nos interesa que permanezca porque de ahí sacamos nuestro sustento’. No entiendo por dónde va a salir hasta que concluye: ‘la mentalidad del hombre negro se confunde con una mentalidad pobre, de dejar pasar oportunidades, de no aprovechar, y no es así, esta es nuestra cosmovisión, somos gente que vivimos y nos relacionamos con el medio ambiente, agradecemos lo que nos da, salimos a las cinco de la mañana y volvemos a casa a las tres satisfechos de haber sacado lo del día, no queremos más, y eso debe respetarse, no decirse que somos subdesarrollados o incivilizados, qué es más bonito en términos de sostenibilidad que decir, me siento feliz y tengo para hoy y para mañana…’

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Y como razón última: racismo. Coinciden José Luis, Rodrigo, Janer, Rodrigo. De hecho coinciden todos. Coincide Jairo, el de la bicibiblioteca, los recepcionistas de mi hotel, incluso un soldado con el que charlo en un puente. ‘Las élites colombianas creen que no hay nada fuera de las grandes ciudades, de Bogotá, Medellín, Cartagena y Cali’, me dice Rodrigo, ‘el racismo es muy grande en este país’, me dice José Luis. ‘Tenga en cuenta que incluso el No al acuerdo de paz se ha decidido mayoritariamente en las grandes ciudades del centro’, me dice Janer, ‘ellos han decidido por nosotros, a pesar de que nosotros sufrimos el conflicto, a pesar del miedo latente porque uno sabe que al trabajar está tocando fibras sensibles, a pesar de que continuamente se sufren amenazas a la vida personal, a la familia, a los compañeros, el miedo está latente, y eso no lo viven ni lo comprenden en las grandes ciudades…’. Y vuelven todos al abandono. El trágico abandono que yo no puedo más que intuir a través de unas calles descuidadas y de una miríada de mototaxis que esconde un ejército de desempleados dispuestos tanto a conducir días enteros como a meterse en algún negocio que les aporte algo que echarse a la boca. ‘La región del Pacífico es de las más abandonadas’, me dice Janer, ‘tenga la absoluta seguridad, y le pongo un ejemplo: los familiares de los enfermos tienen que buscarse el agua porque en el hospital no hay, como no hay medicamentos, aparatos tecnológicos para buenos diagnósticos, se nos mueren los niños y los ancianos, y detrás de todo se encuentra una sola cosa: corrupción…’

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