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Tumaco parece un hormiguero de hormigas frenéticas. Miles de motocicletas recorren las calles buscando clientes, los peatones se desparraman por el centro de la ciudad, la urbe bulle de actividad. Porque aquí la mototaxi es mucho más rápida, barata y efectiva que el taxi de cuatro ruedas. Sobre las desvencijados aparatos se juntan mototaxista y cliente, o bien mototaxista y clientes. Porque sentado en una heladería cuento una moto con cinco pasajeros. Pasan luego familias de tres miembros, de cuatro, vuelven las parejas, algún trío. Y todas sin casco. Miguel es un mototaxista que me traslada desde Nuevo Milenio, la barriada más conflictiva de la ciudad, al hotel Los Corales, la zona más chic. ‘Verá que nadie lleva casco’, me apunta distraídamente, ‘pero es que los sicarios se confundían y mataban al que no era’. Meneo la cabeza incrédulo y sonrío pensando que es una broma. ‘No es broma, señor’, insiste, ‘cuando se lleva casco se pierde la personalidad y la personalidad es muy relevante cuando quieren matarlo: es fácil morir por la personalidad de otro’. Y miro a mi alrededor: es cierto. Nadie lleva casco. ‘Ya le digo’, repite el mototaxista, ‘incluso hubo protestas porque la policía quería multarnos y conseguimos que aquí no se aplique la ley’. Una ciudad sin motoristas con casco porque el llevarlo origina más riesgo de muerte que no llevarlo…

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Decido entonces salir a pasear solo y con mi cámara. Entro en las callecillas que dan al río, calles sucias, de vallenatos sentimentales a voz en grito, calles donde todos me miran porque soy un bicho raro en una urbe con un 90% de afrodescendientes, calles de barecillos oscuros y sombríos con mesas que cojean y ponen en peligro decenas de botellas vacías, gentes ebrias que se comunican mediante alaridos incomprensibles, olor a mar, restos de pescado en el suelo, señoras sospechosas que se repantingan en sillas de plástico rojo. En un muelle una abuela mira con nostalgia las aguas. ‘Hermoso lugar’, le dejo caer mientras contemplo la mancha de manglares que motea la orilla opuesta. ‘Hermoso una mierda’, me contesta abrupta, desdentada y hostil, su mirada oscura también me fulmina. Un cartel desteñido anuncia la desaparición de una pequeña de trece años y decido fotografiarla. Un señor con un amplio sombrero hace un chiste sobre la desgraciada muchacha que no alcanzo a entender. Afortunadamente nadie se ríe de la gracia y decido marcharme de semejante nido de mal rollo.

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Un camión descarga gallinas. Gallinas enormes. Cacarean en un alegre duelo porque parecen intuir que no van de campamento veraniego. Un señor se me acerca. Es blanco y su habla es muy característica. ‘Soy paisa’, me confirma la sospecha, ‘y usted es gringo’. Le revelo que de gringo tengo poco y que más bien soy español. ‘Yo viví en Alicante tres años’, asegura, ‘y no me gustó nada: su país es muy feo’. Le doy la razón, siquiera por temor, y le digo que Alicante no es el reflejo del resto de la nación. ‘Tiene razón’, me dice, ‘pero su país es muy feo’. Aprieto el paso pensando que piso terreno hostil aunque me siento muy relajado sacando fotos de las gentes: los vendedores de pescado me ofrecen sus mercancías para que las retrate, ‘a ver si vendo el pescado en España’, apunta un señor muy arrugado mientras a su lado un muchacho con pinta de rapero me amenaza con suplicios horribles si le saco una foto. Dos chicos cargados de cadenas se me ríen en la cara pero posan alegres.

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Son gente dura, me digo, que tienen guardado en algún rincón de sus genes que fueron esclavos y que lucharán como sea para no caer otra vez en esa degradación. Son gentes que sufrieron un gran terremoto en 1906, un gran incendio en 1947, una gran ola de violencia en los años 50, un gran tsunami en 1979 y una mezcla de tsunami con terremoto en forma de violencia extrema desde los años noventa. ¡Lo raro es que Tumaco aún se mantenga en pie! ‘Como las casas eran de madera y estaban tan juntas’, me cuenta Paula en la Casa de la Memoria, ‘si salía ardiendo una, salían ardiendo todas, si se derrumbaba una arrastraba a las vecinas, si se inundaba una, se inundaban todas…’. La explicación parece adecuarse también a la violencia y si un vecino se contagiaba, se contagiaban todos… Una lástima porque es una región hermosa, con una tupida jungla que comienza mucho más al norte, en el departamento del Chocó, y que extiende las selvas húmedas hasta la misma frontera con Ecuador.

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Y cuando me aburro paro una mototaxi para cambiar de escenario. ¡¡No es tan fiero Tumaco como lo pintan!! La playa del Morro, donde están ubicados los hoteles turísticos, pinta agradable con su roca característica en mitad del agua, grupitos de turistas, sobre todo de Pasto y de Cali, deambulando por la arena buscando un lugar para el baño. Los chiringuitos playeros vigilados a punta de metralleta por militares sudorosos. Por las noches la playa se troca rumbeadero, con grupitos de soldados de reemplazo que buscan olvidar por un rato la tensión del despliegue, algunos turistas disfrutando del mar, ramilletes de jovencitas negras buscando a unos y a otros. ‘Tú me recordarás, tú me recordarás, tú me recordarás’, canta Óscar de León mientras todos se entremezclan en una pista de baile improvisada sobre la arena.

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Tumaco tiene una extraña configuración. Comienza con una isla, la turística del Morro, que se una a otra isla por un puente fuertemente custodiado por el ejército. Y esta isla a una nueva isla que vuelve a unirse también mediante puente con el continente. Este último puente no tiene vigilancia militar y tal vez por eso a ambos lados de la carretera se abren barrios peligrosos, de esos que se matan los de una acera con los de la acera de enfrente. Y al final de este último puente es aún peor porque se abre un barrio de palafitos paupérrimos llamado Nuevo Milenio que se levanta sobre lo que una vez fue un manglar y que alberga exclusivamente desplazados por la violencia. Dicen que en esta ciudad viven 60.000 desplazados por la violencia. ¡Una ciudad dentro de la ciudad!. Ese barrio fue, precisamente, el primer alojamiento de José Luis, el sacerdote, un barrio infestado de malaria y de riñas que acaban en sangre. Ahora también de iglesias evangelistas y de basuras y detritus acumulados por las mareas bajo las casas. José Luis está detrás de la única carretera pavimentada y también del centro afrojuvenil que dinamiza a los muchachos del barrio. ‘Se necesita fortalecer el estado de derecho porque está muy fraccionado’, me cuenta en la Casa de la Memoria, ‘se necesita que funcione la cosa pública de un modo no corrupto, que funcione la sanidad, la educación, porque todo es de pésima calidad y la gente tiene la impresión de que la única manera de sobrevivir es como en el far west, cada uno a su manera’.

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‘El gobierno colombiano debería usar Tumaco como un laboratorio’, dice José Luis, ‘un laboratorio para probar ideas nuevas, imaginativas, un lugar donde nunca ha existido un estado y comenzar a construirlo, tal vez dure veinte, treinta años, pero hay que hacerlo, hay que invertir en educación, en empleo, acabar con la corrupción, que es altísima, depurar las manzanas podridas de las fuerzas armadas: crear confianza en el estado’ Parece una tarea titánica para una ciudad olvidada. Una ciudad con doscientos mil habitantes pero que no tiene bibliotecaLINK, una ciudad con picos del setenta y cinco por ciento de desempleo, una ciudad abatida por la violencia de todos los bandos, una ciudad que convoca a los vecinos a pedir paz y apenas acude nadie. ¿Qué puede ocurrir tras el conflicto? ‘Yo prefiero hablar del postacuerdo más que del postconflicto porque conflicto aquí va a existir siempre’, dice José Luis mientras recuerda que el 70% de la cocaína que sale de Colombia lo hace por este litoral. ‘Aquí siempre se ha invertido desde un punto de vista muy paternalista, las periódicas lluvias de subvenciones buscando los votos, pero no una inversión como se merece la región’.

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Janer también avisa de un peligro. ‘Que no se implementen los acuerdos de paz, eso puede ser un fracaso peor que no alcanzarlos’, reflexiona mientras recuerda que muchos de los puntos del acuerdo son los que han originado la furibunda reacción de las élites a favor del No. La reforma agraria, el reparto de la riqueza, la justicia social. ‘Es verdad que las guerrillas han hecho mucho daño pero hay que pasar página ya porque en cierta medida están esos que han hecho mucho daño, y siguen haciéndolo, que existen pruebas de sus delitos, y hablo de congresistas, de ministros y hasta presidentes, y no exclusivamente de Uribe’, sonríe entonces, ‘pero cuánta gente no matan a diario con sus políticas racistas, su abandono de la sanidad, de la educación, de regiones enteras como esta o Nariño, Leticia, el Chocó, de esas leyes que ponen a disposición de multinacionales antes que del pueblo…’ Janer culmina mi viaje en la oficina de las Naciones Unidas anexa a la Casa de la Memoria. ‘Sueño con otro Tumaco’, responde a mi reto de imaginarse una ciudad mejor, ‘al Tumaco que viví hace treinta años, cuando podía ir a visitar a mi abuela sin ningún tropiezo, visitar a mi tía con mis hermanos, pasear por el campo, pasar el día en una quebrada sin temer que te puedan matar, dar paseos tranquilos sin pensar qué pueda pasar ese día, no sueño con riquezas sino con tranquilidad, con empleos para vivir con lo justo, que cambiemos la mentalidad del dinero rápido y fácil, y aunque suene a gran proyecto a largo plazo merece la pena que le metamos a la idea, que superemos el racismo, la apatía, la corrupción, que pensemos en el perdón y en la reconciliación’… Janer suspira al despertar de su sueño. ‘Sueño con una vida normal’, concluye…

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