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‘Ándese con ojo’, ‘nunca vaya solo’, ‘vigile dónde se mete’. Planear un viaje a Tumaco tiene algo de heroico, de insensato, de inconsciente. No importa que la publicidad lo presente como La Perla del Pacífico, que hablen de ballenas jorobadas, de extensas playas y de selva desbocada. Para el colombiano medio viajar a Tumaco es una insensatez. Un sinónimo de violencia desatada, cocaína a toneladas, pandilleros con cadenas, paramilitares con sierra mecánica, guerrilleros de incógnito, desplazados por la guerra y soldados patrullando en un estado de sitio permanente. Tal vez por eso uno sube al avión con cierta congoja, pensando que se dirige a un infierno tropical de tiroteos y sangre. El aeropuerto está enclavado además en plena zona sensible, tomado por aeronaves militares y policiales que apenas dejan espacio para las civiles, rodeado de cuarteles. Nada más salir: soldados con metralleta. El camino que lleva al centro de la ciudad: soldados con metralleta. El puente que lleva a la zona turística: soldados con metralleta. Desde el taxi miro las caras de la gente y concluyo: sospechosos. La intimidación, los rumores, las noticias hacen su efecto.

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Del aeropuerto voy directamente a la Casa de la Memoria, donde un sacerdote español organiza una marcha por las calles de la ciudad exigiendo un acuerdo de paz que garantice la tranquilidad de este atormentado lugar. ‘Yo voté por el sí’, suena una voz en un megáfono, ‘yo voté por el no’, le responde otra, ‘y yo no fui a votar’, remata una tercera. ‘Y todos iremos a la marcha por la paz de la diócesis de Tumaco’, rematan en grupo. José Luis me recibe en la Casa de la Memoria, que tiene un anexo con forma de destartalada oficina nada menos que de las Naciones Unidas. Es un tipo simpático, cercano, acostumbrado a tratar con todo tipo de pelajes como para ser tímido ante un desconocido. Y mucho menos si es compatriota, signifique eso lo que signifique. Tal vez lo que más signifique aquí es neutralidad y que no hay que estar pensando si cojea de un pie o del otro. José Luis me presenta a un pequeño grupo de ciudadanos cualesquiera, dicen ellos mismos, que organizan esta marcha por la paz (de la que ya he hablado antes aquí). De hecho se presentan así: Grupo de Amigos por la Paz. Charlo entonces con Rodrigo, un hombre alto y solemne, vestido de blanco, su cabellera recogida en una coleta que desciende majestuosa de su sombrero, blanco también. Blanco de paz. No es local pero lleva tanto tiempo en Tumaco que un pequeño paseo a su lado por la ciudad se hace largo de tanta interrupción. ‘Qui hubo, doctor’, lo para un policía, ‘qué más, Ramiro’, lo saluda una muchacha, ‘Ramiro, que le vaya bien’. Y así una chica trans, un taxista, un vendedor ambulante, un señor con un niño… José Luis, el sacerdote, me pone en sus manos para que me acompañe a una parada de taxis.

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Rodrigo quiere dejarme en buenas manos para que me lleve al hotel. ‘Aquí no se puede uno fiar de cualquiera’, vuelve a agitar la leyenda negra de la ciudad mientras camino cargado de mochila, bolsas y cámaras en la oscuridad de una ciudad que se prepara para dormir, entre comercios cerrados y calles sospechosas y con un punto de abandono. Rodrigo recuerda entonces los tiempos pasados como despertando de un sueño de violencia. ‘Intentaron matar a mi mujer porque el comandante del emplazamiento militar era, al mismo tiempo, el comandante de los grupos paramilitares’. Pero, qué me está contando, don Rodrigo, le pregunto escandalizado. ‘Lo sé porque vivía frente a mi casa y los movimientos eran inequívocos, las furgonetas de los paramilitares incluso parqueaban en su parcela’. Y la furgoneta de los paramilitares no era cualquier cosa. ‘En esa época había una furgoneta blanca que todos conocían como El Tigre y que imponía terror a los vecinos porque cuando la veían circular ya sabíamos a lo que iba’. Y a lo que iba era a secuestrar a alguien, a llevarse a alguien, a ejecutar a alguien. ‘La única pregunta era a quién’.

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Los paramilitares entraron en la región a finales de los noventa y la situación de calma tensa, en la que los guerrilleros se enseñoreaban del lugar, explotó. ‘Cuando mi mujer lo denunció (al comandante), nos cayó la amenaza’, me cuenta Rodrigo, ‘vamos a matarla’. Así, sin más. ‘Y ahora qué hacemos, dijo ella, ¡pues demos la llave de la casa a los ladrones!’, respondió Rodrigo. ‘Y fuimos a hablar con el propio comandante, directamente, sin miedo’. La situación de amenaza, sin embargo, se mantuvo como una nube que no puedes apartar pero que te observa desde la distancia. ‘Una vez estaba paseando por la playa y vino un militar a detenerme: ¿por qué me detiene?, por sospechoso, me decía él, pero sospechoso de qué, le preguntaba yo, sospechoso de algo, me decía él, pero de qué se sospecha’, volvió a preguntarle. ‘Y yo qué sé, se calla la boca y me sigue porque yo tengo mis órdenes’. La amenaza y la habilidad de imponerte tus propios límites como forma de encarcelarte. ‘Y doy gracias porque ¡cuánta gente murió a mi alrededor!’ La leyenda negra tiene pasado, continúo cargado de maletas y cámaras, la noche cayó hace rato, las calles tienen poca luz, no tengo ni idea de dónde queda mi hotel.

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‘Llegué a Tumaco en el 97’, me explica el padre José Luis. ‘Lo escogí por ser una zona con alto grado de necesidades básicas insatisfechas, una población de conflicto y sobre todo étnicamente negra’, me cuenta en la Casa de la Memoria. ‘Porque dentro de Colombia, cuanta más población negra, más pobreza, y aquí supera el 95%’. José Luis llegó en pleno cambio. Cambio a peor, claro. Una vez implementado el Plan Colombia, con el que el gobierno colombiano apoyado por el norteamericano pretendió erradicar los cultivos de hoja de coca a base de glifosato y metralleta, Tumaco pasó de ser una región sin apenas cultivos ilícitos a la número uno del país. Y por ende del mundo. Las fumigaciones aéreas se intensificaron en los departamentos del Guaviare y el Putumayo, regiones tradicionales en la producción de hoja de coca y pasta base. Los grupos delincuenciales vieron en el departamento de Nariño, al que pertenece Tumaco, un lugar idóneo para cultivar coca: una pobreza galopante, un abandono casi total por parte del estado, la guerrilla como dueña de la región y dispuesta a cobrar un impuesto revolucionario por cualquier cultivo. Los narcos trajeron a su vez grupos paramilitares para derrotar a los subversivos, hacerse con tierras y proteger los negocios de la cocaína. Y el infierno se prendió.

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‘Cuando llegan los paramilitares se enfrentan a los guerrilleros en una guerra sin cuartel, unos enfrentamientos que causaron miles de muertos (¡¡¡miles de muertos!!!), decenas de miles de desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros, asesinatos selectivos…’ Un cuadro del Bosco, con perdón del Bosco. ‘Lo verdaderamente penoso es que los paramilitares se desmovilizaron con el señor Uribe’, me cuenta Rodrigo pronunciando con mucho retintín la palabra Señor que referencia al expresidente Uribe, ‘y les achacaron unas penas miserables sin importar lo que hubieran hecho, como parte de una estrategia, y se presentaron tantos que colapsaron la justicia y muy pocos fueron condenados’. Rodrigo hace mención al acuerdo de paz de las FARC con el gobierno de José Manuel Santos, tan cuestionado por el mismo expresidente Álvaro Uribe. ‘Quiere aplicar a los guerrilleros lo que no aplicó a los paracos y encima se contradice porque lo que él mismo les ofreció en el pasado le escandaliza en el presente…’. El mito de las dos Españas sigue presente más allá de España, pienso mientras localizamos por fin un taxi que se ofrece a llevarme al hotel…

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