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Inmigrantes en Tarifa por Hachero

 

‘Salí de Camerún hace ahora cuatro años’, afirma un muchachón con cara amable, ‘yo de la República centroafricana’, dice su vecino, ‘de Gabón’, ‘yo de Costa de Marfil’. La larga fila de jóvenes parece una reunión de la Organización de los Estados Africanos. Han venido en embarcaciones de goma, desde cámaras de ruedas de camión a barquitas infantiles inflables, alguno ha pillado hueco en un remedo de zodiac, han superado los catorce kilómetros que separan Tánger de Tarifa y ahora saludan alegres, besan el suelo, elevan los brazos al cielo y se arrodillan a rezar.

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No tienen papeles, apenas tienen presente y nadie sabe qué futuro les aguarda pero yo los veo de otro modo: son la pesadilla de Darwin, superhombres que han superado las más difíciles pruebas de supervivencia y que ahora se enfrentan a la última pantalla de este trágico juego de la vida que les ha tocado vivir. Los que salieron de Camerún, de Gabón, de la República Centroafricana o de Costa de Marfil han atravesado frondosas selvas infectadas de bichos desagradables y de insectos que transmiten enfermedades horribles, han cruzado pantanos y aldeas hostiles hasta llegar al Sahel, ese extenso predesierto que no es sino un desierto polvoriento que anuncia la llegada del Gran Desierto de los Desiertos, el Sahara, que también han cruzado, muchos de ellos a pie, para entrar, entonces, en un país no menos hostil que aquellas aldeas hostiles que ya olvidaron en el camino: Marruecos.

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Para las chicas el camino no ha sido fácil porque, a todas las dificultades anteriores hay que unirles el que han pasado de mano en mano, y de bragueta en bragueta, hasta la última pantalla de este videojuego de la vida, y esas barrigas que les impiden los movimientos guardan terribles historias de humillación y sexo sucio tras un matorral, de tortazos y culatazos, de amenazas y de chantajes, tal vez de algunos dirhams, puede que de someterse gustosamente porque qué otra cosa hacer si tengo hambre, puede que incluso alguna de esas barrigas hable hasta de amores imposibles.

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Porque una vez que han llegado a Marruecos, la aventura se enquista y las montañas del Atlas, del Antiatlas y las del Rift no son sino pequeños promontorios ante la perspectiva de permanecer semanas, meses y hasta años subido en una montañita desde la que se ve el premio final: Europa. Un premio dudoso, un premio que les hará llorar y preguntarse que por qué demonios abandoné mi aldea con mi madre rumbosa que molía mijo al amanecer. Pero eso es otra historia. Lo triste es que el premio está ahí enfrente y que hoy que hace viento de poniente se ven perfectamente esas extrañas velas de kite surf que pueblan los cielos de las playas de Tarifa. Hay vida, pueden pensar, y se lo pasan muy bien, deben pensar.

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Así que unos intentan entrar por la fuerza a través de esas vallas tan densas que vigilan con tanto ahínco los militares que les dan dirhams a las muchachas y los policías de verde que aguardan serios al otro lado. Así que estos chicos, estos muchachos, y aquellas chicas y aquellas muchachas no pueden ser sino, como decía antes, la pesadilla de Darwin, la evolución del ser humano a través de las más estrictas y difíciles pruebas de supervivencia que imaginarse uno pueda, curtidos por los caminos, las selvas, los desiertos, las montañas, las fieras salvajes y las fieras humanas, el profundo mar y el implacable sol.

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‘Con semejante camino no estamos preocupados porque puedan traer el ébola’, me comenta Javier Gil, el coordinador de la cruz roja en la provincia de Cádiz, y pienso que tal vez tenga razón, y espero que la tenga cuando veo a una voluntaria arrodillada ante uno de estos superhombres limpiándole los pies en una imagen que tiene mucho de papal pero que jamás se repetirá con un Papa en Tarifa.

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‘El ébola tiene un periodo de incubación que no es muy extenso y estos inmigrantes llevan muchos meses, años en el caso de algunos, dando vueltas desde que salieron de su país’. ‘Estamos bien, gracias a Dios’, me dice uno de estos inmigrantes que dice venir de Camerún, ‘el viaje ha salido bien, no ha habido muertos ni heridos graves, ya estamos en España y todo ha salido bien’. Cierro los ojos y me imagino que hablo con un piloto de rallies famoso, alguien que atiende a la prensa con naturalidad y hasta cierto hastío, alguien que ha hecho el París Dakar por las dunas más peligrosas de Mauritania y que me atiende porque tiene que atender a la prensa.

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Pero espera, este tipo es inmigrante ilegal, indocumentado si quieren evitar eso de ilegal, ha venido en una avalancha de inmigrantes, o bueno, en una afluencia masiva de subsaharianos, si quieren ser políticamente correctos, parece una estrella de rock. ¿Y por qué no? ¿Por qué no puede ser una estrella de rock, o un futbolista famoso, o un boxeador de fama mundial? Tal vez lo sea en unos meses, puede que se escape del centro de internamiento con su orden de expulsión en la mano y llegue a Francia para convertirse en el cerebro del Paris Saint Germain. Bah, quién sabe, tal vez sea un nigeriano que chulea a sus compatriotas y las amenaza con vudú. Quién sabe. Lo único cierto es que somos testigos de un drama de proporciones épicas, un drama que genera superhombres y supermujeres, seres poderosos acostumbrados a todo y que ignoran su propio poder. Pero no es hora de reflexiones absurdas. Por un walkie talkie suena un aviso. Salvamento Marítimo ha encontrado otras cinco embarcaciones con cuarenta y cinco náufragos. Hoy son son ya doscientos sesenta y siete.

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