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Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Sobre unas colchonetas alineadas en el suelo del flamante polideportivo nuevo de Tarifa duermen su sueño decenas de hombres. Es más: duermen cientos de hombres. Y yo me pregunto: ¿sueñan estos hombres? Y si la respuesta es que sí, y por fuerza debe serla, me pregunto entonces: ¿con qué sueñan estos hombres?

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Tal vez sueñen con mujeres porque las mujeres que los acompañan, las pocas mujeres que los acompañan, duermen también pero en otro polideportivo, más antiguo y protegido, encerradas en pistas de tenis con paredes de cristal, aferradas a sus criaturas, o simplemente a las criaturas que las acompañan y que muchas veces no son ni suyas. ¿Y ellas? ¿Sueñan con ellos? ¿Se interconectan sus sueños y sueñan unos con otros? ¿O sueñan con el enigma que guardan esas miradas de las que hablé en el anterior post? Lo cierto es que ambos, ellos y ellas, sueñan, sueñan a ojos vista, duermen profundamente, alguno ronca.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

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Tal vez rememoren sus caminatas y todo lo que han pasado hasta llegar aquí. Pero si ese fuera el caso, este post sobraría porque repetiría nuevamente lo que ya intuí antes. Por eso miro a un joven que parece soñar, y sueña plácidamente, estira un pie, luego mueve los labios, sus ojos se agitan bajo los párpados. Parece feliz.

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Y aquel de allí se agita nervioso: será una pesadilla. ¿Con qué sueña un inmigrante subsahariano que ha sido detenido por la guardia civil cuando estaba a punto de ahogarse? Yannik es un joven de apenas veinte años, fuerte y alto, sonríe abiertamente y da palmas con las manos mientras charla con un amigo. Es de Centroáfrica, o al menos eso dice. ¿Con qué sueñas, Yannik?, le pregunto. Y Yannik recupera su amplia sonrisa y dice con una inocencia que me hace temblar el labio inferior. ‘Yo voy a ser jugador de baloncesto’, y abre los ojos como si se le fueran a salir volando, creo que se ve ya en una cancha y que siente los aplausos de un público entregado. ‘Me gusta el baloncesto’, dice con sencillez pero con una seguridad que me vuelve a hacer temblar el labio inferior, ‘soy bueno jugando y puedo ganarme la vida como deportista y ayudar a mi familia’.

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A su lado, Louis Fabianne dice venir de Costa de Marfil, ríe como sólo los africanos saben reír: tanto que me detiene el temblor del labio inferior y me cuenta entonces su sueño. ‘Quiero un trabajo normal, no me importa cuál, quiero una vida sencilla, quiero ayudar a mis padres, enviarles dinero, quiero ser feliz’. Mi labio inferior vuelve a desbocarse porque su franqueza es la franqueza de cualquiera que tenga dos dedos de frente. Yannik es un joven idealista, como tantos otros, que sueña con aros y pelotas de baloncesto, con tiempos muertos y con triunfar en la vida. Louis Fabianne tan sólo sueña con ser un tipo normal, el tipo simpático que te cruzas en el rellano, el que tal vez no llegue a fin de mes, el que te pide azúcar a las once de la noche. A su manera, la extraña pareja que sueña despierta es un remedo de don Quijote y Sancho Panza, un resumen de lo que somos todos, sueños de ambición sencilla frente a sueños de normalidad e integración.

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Miro entonces al resto de los durmientes y supongo que sueñan con sus familias, con sus seres queridos, pero también con vidas de éxito más o menos grandilocuente, con momentos de gloria y con esos momentos fastidiosos de pedirle azúcar al vecino. Pero esperen porque hay noticias: el portavoz del gobierno anuncia que los inmigrantes abandonarán pronto estas instalaciones y que se estudiará cada caso para aplicar lo que corresponda: repatriación o libertad con orden de expulsión. Los inmigrantes despiertan abruptamente del sueño y marchan en fila india hacia los autobuses, o autobunkers más bien, de la guardia civil. Sus sueños penden ahora de un hilo, de que sepan convencer a las autoridades de que su país es uno de esos que no tienen convenio de extradición, de que serán personas honestas y honradas, que encestarán triples en el último segundo. Entonces sus sueños serán libres y la misma libertad les pondrá en sus sitios: en un equipo de baloncesto, en un trabajo normal, en una vida de desesperación, en un campamento a las afueras de un pueblo agrícola, en un nuevo deambular por los caminos, en una vida clandestina.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

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El ministro marroquí del interior, Mohammed Hasad, reconoce que ha habido errores en la vigilancia de la frontera y que no volverá a ocurrir. De hecho las patrulleras marroquíes vuelven a capturar a los cientos de subsaharianos que se han quedado atrás. Los sueños de los que han llegado tarde a esta fiesta de la inmigración volverán al bosque del Gurugú o a las verjas de Ceuta o Melilla, o a las playas de Tánger, tal vez deambulen hasta intentarlo en Lampedusa.

Y por qué no.

Los hombres no somos libres.

Pero los sueños sí.

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