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 inmigrantes en Tarifa por Hachero

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¿Qué miran esos ojos? Porque no parece que miren nada que yo pueda ver. Miran más allá, detrás de mí. Pero miran a través de mi cuerpo. Miran sin mirar, ven sin ver. ¿Qué mira esa chica que parece absorta en sus pensamientos? ¿Piensa en algo? ¿Tal vez en los años que le ha costado llegar hasta aquí? ¿Y qué es aquí? ¿Un trozo de suelo en una pista de tenis de un polideportivo en una ciudad que ni siquiera sabe pronunciar? ¿Eso es digno de celebrar? O tal vez por sus ojos pase una sucesión de imágenes, de fotografías fijas, de vídeos surgidos como por ensalmo, trozos de una vida que ha gastado, o malgastado, o biengastado, qué sé yo, en cruzar las selvas, junglas, desiertos y montañas de los que hablaba en el post anterior.

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Tal vez se vea a sí misma, o a sí mismo, desde la distancia del tiempo, tal vez se vea arrastrando los pies por ese polvoriento camino que le dejó en una remota aldea. Tal vez recuerde aquel compañero de camino que murió apaleado por unos uniformados. Tal vez recuerde aquella madre moliendo mijo a las puertas de su choza. O puede que recuerde a sus compañeros de estudios en la universidad de su ciudad. ¡Qué más da! ¡He llegado!, parece que dicen sus ojos, y por eso unos ojos están tristes y otros ojos están llorosos. ¿Ha merecido la pena este peregrinar para llegar a un campo de tenis cubierto, detrás de unas rejas, con hombres que se ponen guantes para tocarme, máscaras para hablarme? Si me paro a pensarlo puedo llegar a sentir ese estremecimiento: ¿ha valido la pena?

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Hay quien lleva cuatro años viviendo como una bestia en un bosque del monte Gurugú, a vista de pájaro de las playas de Cádiz. Ya he llegado, parecen decir. Pero en la misma pregunta va un temor que no se atreven aún a pronunciar. ¿Ha merecido la pena? ¿Y aquí qué hay? ¿Me quieren estos tipos tan raros que me sacan fotos como si les fuera el alma en ello? ¡¡Es que nos va el alma en ello!! ¿Somos pobres diablos o lo son ellos? De pronto un niño rompe la tensión con sus monadas, aquel muchacho sonríe abiertamente mientras susurra palabras en su idioma a un desvencijado teléfono móvil, el cerebro funciona a mil y lanza un mensaje: la respuesta sólo es que sí, que ha merecido la pena porque otra respuesta nos rompería el alma y nos lanzaría a una condena horrible: más que perder los años del futuro en una prisión tendríamos el convencimiento de que hemos perdido los años del pasado.

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Y que nuestro esfuerzo fue inútil y que la condena nos añade una pena: hemos vivido para saber que nuestra vida es un fracaso. Así que no puede ser. Sólo hay una respuesta y es que ha merecido la pena. Si hasta vienen de la televisión a preguntarnos no sé qué, mañana saldremos en los periódicos, los compañeros del monte Gurugú ya están aquí, los saludo, me abrazo a ellos, lo hemos conseguido, estamos aquí.

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Robert celebra con sus amigos que ha pisado por fin la anhelada tierra de Europa. Sea eso lo que sea. Y sacude su barba de yihadista mientras se aferra a una cruz. ‘No se equivoque’, parece decir, ‘soy cristiano’. Sus amigos acarician sus rosarios, colgados de cualquier manera de sus cuellos renegridos de salitre y arena. Son del Camerún, como la mayoría que pasa estos días el estrecho de Gibraltar. Se abrazan, bromean, se arrodillan, besan el suelo, parece un teatrito improvisado.

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A su lado otros tipos están serios, parecen mirar sin mirar, ver sin ver, sentir la procesión por dentro. Uno de los tipos tiene pinta de haber militado en alguna terrible guerrilla del golfo de Guinea, de esas que cortan manos y cabezas. Supongo que eso es un prejuicio. Un relato apócrifo en la comarca asegura que un sanitario de la cruz roja quiso devolver un móvil que encontró en un batiburrillo pero no conocía al dueño así que miró en la carpeta de imágenes. El tipo estaba allí, continúa el relato apócrifo, delante suya, y también en la pantalla del teléfono, sosteniendo por los pelos dos cabezas degolladas. Quién sabe, tal vez sea verdad, tal vez uno de esos relatos para meternos miedo.

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Ya hasta le veo al tipo pinta de encabezar masacres en aldeas de alguna selva guineana. Tal vez el hombre sea un dechado de virtudes, un prohombre que sólo ha tenido mala suerte en la vida. Quién sabe, me digo. Y entonces suena un rugido como de máquina. Los servicios de la basura vienen a retirar las lanchas neumáticas que yacen por doquier. Las gomas desaparecen tragadas por las poderosas mandíbulas del motor y las miradas se deshacen de los fantasmas. Ya no hay vuelta atrás. Estamos aquí.

Están aquí.

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