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Zyklon B por Hachero

Envase del pesticida Zyklon B utilizado para gasear a los presos del campo de exterminio de Sttuholf

 

Mirando el envase del pesticida Zyklon colocado cuidadosamente en el interior de una vitrina en el campo de exterminio de Stuttholf no puedo ni sospechar la cantidad de dramas que esconde. Dramas que van más allá de los pobres desgraciados que respiraron los gases nocivos que guardaba, el cianuro, el coadyuvante que facilita la muerte, el guardián que recoge los cadáveres manchados de heces. Dramas que empezaron mucho antes de la primera vez que se aplicó el gas a la ‘Solución Final’. La noche del 2 de mayo de 1915 Clara Immerwahr se encerró en su habitación, cogió el revolver de su esposo y se disparó al corazón. Ponía así punto final a una discusión subida de tono con el que era entonces su marido, el químico Fritz Haber, un patriota alemán entusiasmado con su más reciente experimento: el uso de armas químicas en la guerra. Apenas un mes antes, el 22 de abril, los ensayos de Fritz habían fructificado en el primer ataque masivo con gas químico de la historia, en el conocido como Saliente de Ypres, en Langermark, Flandes, Bélgica, donde los soldados alemanes liberaron 160 toneladas de cloro. La doctora Immerwahr, que también era doctora en química y fue la primera mujer en lograrlo en la Universidad de Breslau, vivía indignada con estos estudios y el entusiasmo de Fritz terminó por crearle un trauma. A la mañana siguiente, Fritz Haber, apenas la hubo enterrado, volvió a sus quehaceres habituales y ese mismo día trabajó en un nuevo ataque químico, esta vez contra los rusos. Pensar que esa lata medio oxidada colocada cuidadosamente en la vitrina pudo asesinar a tanta gente y que uno de sus impulsores tuvo que enfrentarse a su propia familia para sacar adelante el proyecto no ayuda a despedirse del campo de exterminio de Sttuholf con mejor ánimo. Años después de que su mujer se suicidara su hijo Hermann, que había emigrado a los EE.UU, también se quitó la vida porque, decía, sentía una enorme vergüenza de su padre.

Clara_Immerwahr

Clara Immerwahr

Fritz Haber fue un químico genial, capaz de desarrollar el conocido como Proceso de Haber, que es el proceso catalítico para generar amoníaco del hidrógeno y el nitrógeno, todo un hito en la industria química porque a partir de su formulación se independizó la síntesis del amoníaco de los productos nitrogenados, con lo que perdió Chile, la principal potencia en nitrato de sodio. Un modo de producir, por ejemplo, fertilizantes que, dicen, ha salvado a millones de personas del hambre y del que se dijo, en su momento, que era como hacer ‘pan del aire’. Se dice incluso que la mitad de la Humanidad le debe la vida por este método, conocido como proceso Haber-Bosch, un descubrimiento tan grande que lanzó la agricultura a una dimensión que antes no podía ni imaginarse y un método que mereció el premio nobel de química en 1918. Fritz había nacido en Wroclaw, una ciudad polaca que en alemán se conoce como Breslau, aunque en el año de su nacimiento, 1868, pertenecía al Reino de Prusia. Por eso, aunque polaco sobre el papel, Fritz era un prusiano de los de antes, un patriota alemán capaz de cualquier cosa con tal de que Alemania estuviera sobre todo.

Fritz Haber

Fritz Haber

Su obsesión por los gases tóxicos le llevó a formular lo que se conoce como Regla de Haber (pincha aquí): la relación matemática entre la concentración del gas y el tiempo de exposición necesario para provocar la muerte. Fritz aseguraba que una larga exposición a una baja concentración de gas tóxico era equivalente a una corta exposición a una fuerte concentración de gas tóxico. La fórmula es C x t = k,  donde la C es la concentración del gas mortal (masa por unidad de volumen), t la duración de la respiración para producir un resultado tóxico, y k es una constante. Una constante fueron los cientos de miles de prisioneros que desfilaron por cámaras de gas como la de aquí abajo, mataderos inhumanos donde miles de desgraciados dieron la razón al brillante químico y cuanto más respiraban más veneno filtraban y antes morían, para mayor gloria de su Deutschland über alles.

Zyklon B por Hachero

Cámara de gas del campo de exterminio de Stuttholf, al norte de Polonia

Haber decía que la muerte era la muerte, sin importar cómo se llegara a ella, un curioso modo de justificar el terror de la guerra química. Sus estudios, su empeño, y el equipo de su laboratorio, consiguieron crear el llamado Zyklon A, un insecticida que libera cianuro cuando se pone en contacto con el agua. Los nazis lo desarrollaron hasta conseguir el Zyklon B, un pesticida que terminó fabricando, entre otras empresas, la propia Bayer. Se trataba de ácido cianhídrico junto a un estabilizador y un aditivo que olía de modo nauseabundo a modo de advertencia. Se impregnaba un soporte, que podían ser bolas absorbentes o diatomita .

Zyklon B por Hachero

Zyklon B por Hachero

El Zyklon B se vertía en tuberías que terminaban en un espacio cerrado, reaccionaba a la humedad del ambiente (el mismo vaho de las personas) y provocaba un amplio cuadro de indignidades: primero calor sofocante, luego descontrol en los esfínteres, más tarde la inconsciencia, la muerte cerebral, un estado de coma y, finalmente, la muerte. Un proceso que podía durar hasta veinticinco minutos y para el que se sólo se necesitaba una cantidad relativamente pequeña del veneno: 4 gramos por persona. El cuadro que dejaba atrás era esperpéntico y escatológico: esfínteres relajados, fluidos cubriendo los cuerpos, menstruaciones adelantadas, cuerpos cubiertos de charcos de todo tipo, tal vez la evidencia de que la muerte no siempre es la muerte, como rezaba aquella máxima del profesor, y premio Nobel, Fritz Haber.

Zyklon B por Hachero

Fritz Haber nunca supo del alcance de sus estudios. Porque la paradoja es que Fritz era judío, aunque se convirtió al cristianismo para integrarse mejor en su adorada Alemania. En 1933, los nazis lo obligaron a exiliarse cuando impidieron trabajar a sus colegas judíos y le hicieron la investigación imposible. Un año después, difamada y censurada su obra en Alemania y arrastrando el estigma de ‘padre de la guerra química’, Haber obtuvo un puesto relevante en Palestina pero nunca llegó porque un ataque al corazón acabó con su vida en Basilea, Suiza, en pleno viaje a Oriente Medio. Años después gran parte de su familia, por supuesto judía, murió en los campos de concentración nazis. Muchos, envenenados con gas Zyklon B. Con el Zyklon B que reposa en la vitrina colocado cuidadosamente por alguien que nos pide a gritos que olvidar es otro drama que no podemos permitirnos.