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Stutthof por Hachero

La vida en el campo de exterminio de Stuttholf tenía momentos surrealistas que alternaban la extrema necesidad, las ejecuciones sin motivo y los trabajos forzados con las dos horas de recreo que se concedían los domingos y durante las que los prisioneros podían, en un clima de terror, jugar, cantar y bailar. Los curas trataban de mantener cierta apariencia de normalidad organizando fiestas religiosas, como la Navidad, los profesores leían obras clásicas, una especie de charada donde las sonrisas no eran sino muecas de desesperación y la fiesta podía terminar interrumpida por una ejecución aleatoria de algún guardián aburrido.

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Algunos prisioneros dejaron el testimonio gráfico de aquellos terribles días en dibujos descorazonadores como este

Acabar en Sutthof era, además, fácil porque los delitos susceptibles de enviarte al campo eran de lo más variado. Podías acabar en Stutthof por ser un sacerdote polaco o por ser un comerciante de Gdansk o porque, siendo alemán, tenías inclinaciones homosexuales, por estudiar la Torah o por escaquearse del trabajo en hora punta (como les pasó a los españoles residentes en Alemania). Pero también por deshonrar a la raza alemana (los que tenían pareja polaca, por ejemplo), y por otras con más lógica (si fueran ciertas), como sabotaje, espionaje o actividades subversivas.

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Para rusos y judíos no había literas sino jergones en el suelo sobre montones de paja húmeda que olían a rayos y que impedían dormir, unas condiciones que convertían a sus moradores en fantasmas que olían igualmente a rayos, según recuerda Wladyslaw Gebik en el libro de Skutnik.

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Rusos y judíos dormían en el suelo, amontonados sobre miserables mantas que apenas protegían del frío

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Las precarias literas, en cada una de las cuales dormían varias personas, parecían un lujo inalcanzable a los que estaban condenados al suelo

 El escenario se asemejaba más a una película de zombies que a un grupo humano. Las letrinas estaban tan lejos que los más débiles hacían sus necesidades cerca de los barracones por lo que todo y todos terminaban oliendo literalmente a mierda. Para solucionar el problema de los despojados, los SS se paseaban por el campo eligiendo a los más desahuciados para pegarles un tiro en la cabeza y apilarlos para trasladarlos más tarde a los hornos crematorios. En los registros se recuerda a una judía de 34 años, madre de dos niños, que murió con solo 19 kilos. Había quien se lavaba con su ración de café porque no le daban agua, otros apostaban por la comida pero deambulaban embadurnados en heces… Tampoco se decidían a acudir al hospital porque ofrecía un aspecto tan deprimente, sin medicina ni medios, que se estaba peor dentro que fuera y se salía peor de lo que se entraba.

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Por la chimenea de los hornos crematorios de Stuttholf salieron más de 65.000 personas

Las jornadas de trabajo eran de 12 horas, desde las seis o las siete de la mañana hasta las siete de la tarde. Trabajaban para firmas alemanas, hacían trabajos navales, o bien mantenían el campo de exterminio. Entre estas tareas estaba la de acondicionamiento del terreno y construcción de nuevas instalaciones, un trabajo que si se alargaba en el tiempo era sinónimo de muerte porque los prisioneros recibían diariamente un máximo de 2.000 calorías, en el mejor de los casos, cuando lo necesario para sobrevivir era un mínimo de 5.000.

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La sala para gasear a los prisioneros de Stutthof

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Los hornos crematorios de Stutthof

El hambre los convertía en bestias salvajes que se acechaban permanentemente, que se robaban las minúsculas porciones, que igualaba a los refinados profesores universitarios con políticos de alto nivel y obreros de baja graduación. Decía Wojciech Gajdus, un sacerdote polaco preso, que deambulaban por las habitaciones mirando todos los rincones, por si alguien había escondido algo, y que los que conseguían dividir las microscópicas porciones para alargarlas tenían entonces que luchar contra los que se las comían de un tirón. Mirando los barracones puedes intuir esa lucha por la vida pero sin llegar a sentir la intensidad del hambre, del frío, de las enfermedades.

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Los tablones, los jergones, los ojos de los tipos que te observan desde los carteles, y hasta desde el Más Allá, ojos fríos, suplicantes, que en el momento de la instantánea se enfrentaban a un uniforme de las SS, un fotógrafo implacable que podía arrancarle la mandíbula de un culatazo si no mantenía erguida la cabeza, gentes hambrientas y humilladas que habían perdido no solo peso y pelo y ropa y posesiones y amigos y familias: habían perdido la dignidad y reaccionaban a los estímulos como bestias. Dice Maria Suszynska, también en el libro de  Skutnik, que muchos venían de Austchwitz, ‘con las caras renegridas, en ropa de verano, sin atisbo de expresión humana, las espaldas puntiagudas, los pechos hundidos, parecían más bien pájaros feos que seres humanos…’.

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Fusilamientos en Stutthof (fotografía del museo)

 Y total, tanta lucha para nada, porque los que conseguían evitar los golpes, el trabajo extenuante, las ejecuciones arbitrarias, no morir en una pelea o de hambre, terminaban en ejecuciones colectivas, con una bala en la cabeza, en la cámara del gas o, finalmente, en los hornos crematorios. Las ejecuciones podían ser públicas o secretas. Las públicas podían ser por ahorcamiento, en unas horcas situadas junto a los hornos, donde se concentraban los oficiales nazis y los prisioneros.

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La opción de los crematorios se tomó en 1942, cuando el cementerio Zaspa, de Gdansk, colapsó. El horno que se instaló fue pequeño, era muy eficiente, funcionaba con aceite y se colocó bajo un techo de madera. Hacia el otoño se duplicó porque no daba abasto. El 10 de septiembre de 1942 comenzaron las cremaciones y así estuvo hasta marzo de 1945. Con una temperatura que rondaba los mil grados, podía quemar doce cuerpos cada hora, dispuestos en dos filas, alrededor de quinientas personas convertidas en humo al día. Cuando había una epidemia (tifus, por ejemplo), los hornos no daban abasto y se colapsaban, el humo inundaba el campo hasta tal punto que los supervivientes recordaban con todo detalle el incesante olor a carne quemada día y noche y evocaban bienvenida: ‘sólo os queda un derecho, el de dejar este lugar a través de la chimenea…’ Por su parte, la chimenea se perfila contra el cielo gris y lluvioso ajena a su cometido, simples ladrillos rojos apilados en redondo para permitir el alivio de la combustión de diferentes materiales por incineración.

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Un vagón de la ignominia

 En enero de 1945, cuando el avance de las tropas del ejército Rojo ya era innegable, el encargado del campo llamó directamente a Goebbels. ¿Qué hacemos con Sutthof? Goebbels repitió el nombre dos veces, como si no supiera de qué demonios le hablaba ese hombre. Al final le dijo: haz lo que creas oportuno. El imperio nazi se desmoronaba y a las jerarcas nazis les preocupaba más que nada conseguir una huida segura. El comandante del campo, Paul Werner Hoppe, dispuso el traslado de 25.000 prisioneros en una nueva tortura colectiva. Las órdenes eran de disparar a los que trataran de huir. Un traslado que se convirtió en una Marcha de la Muerte porque los desgraciados prisioneros no tenían más que un trozo de pan, algo de mantequilla y un trocito de queso, la ración de dos días, sin saber a dónde se dirigían y encima andando sin fuerzas. Pero antes de salir, los soldados ejecutaron a cinco mil, los que se suponían podrían dar problemas o eran sospechosos de actividades de sabotaje. Por delante un largo camino hacia Alemania. El camino fue un horror porque los soviéticos les atacaron con misiles y destrozaban a los prisioneros. En el campo, además, se quedaron unas diez mil mujeres judías, que no sufrieron mejor suerte sino tifus, bombas y ejecuciones sumarias.

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Fusilamientos en Stutthof (fotografía del museo)

 El 10 de mayo de 1945 el destacamento ruso del coronel Cyplenkov abrió las puertas de la muerte de Sutthof y el campo de exterminio dejó de existir como tal. Lo más indignante de esta cadena de sucesos indignos se produjo después, en los juicios de los causantes de tanta indignidad. El primer comandante de Stutthof, Max Pauly, fue condenado y ejecutado por los británicos en el campo de concentración de Neuengamme, que también dirigió este especialista en campos de la muerte. El segundo comandante, Paul Werner Hoppe, recibió una sentencia de tan sólo cinco años de prisión, pena que luego se incrementó a nueve años. Hasta 1947 no llegaron las primeras sentencias de muerte para nueve miembros de las SS. La mayoría de las condenas no llegó a los cinco años, alguno se llevó entre ocho y doce. En total, apenas una decena de penas de muerte para quienes tanto sufrimiento y dolor (y muertes) habían provocado. Mientras regreso a la puerta de salida (y entrada) junto a los ya inexistentes barracones centrales, de los que sólo queda tierra removida, pienso que la venganza no es la mejor de las soluciones. Pero yo no hubiera podido soportar encontrarme a esos verdugos en una Europa pacificada años después, comprando en un mercado, como si nada hubiera pasado.

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