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Mohamed Kamaso ha sido croupier en Djibuti, guía turístico en el Yemen y ahora conduce un taxi en la capital del país que nadie reconoce, Hargeisa. Procura cobrar en dólares, o en euros, o incluso en birrs de la vecina Etiopía, porque la moneda local, el chelín de Somalilandia, sufre una increíble inflación que obliga a llevar ladrillos de billetes para pagar cualquier cosa. Un dólar, nueve mil chelines. ‘Como nadie reconoce el país, apenas tenemos ingresos porque no podemos establecer relaciones internacionales’. El 18 de mayo de 1991 el Movimiento National Somalí (SNM) establecido en Hargeisa declaró unilateralmente la independencia tras una guerra contra el gobierno central de Somalia que causó cincuenta mil muertos y una terrible destrucción en un territorio que ya era considerablemente pobre.

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Las calles de Hargeisa están llenas de cambistas con enormes cantidades de dinero … que no valen nada …

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‘Con apenas seiscientos hombres vestidos de civiles el SNM defendió la ciudad, trescientos al norte, trescientos al sur, una lucha larga y terrible porque se disputó calle a calle’, me cuenta Mohamed, ‘aunque yo estaba en Djibouti…’. Los somalilandeses se ven como los únicos herederos aptos del protectorado británico que dominó la zona desde 1888 hasta la independencia de todo el arco somalí en 1960, cuando los somalilandeses disfrutaron de una breve independencia antes de pensar que serían más fuertes unidos a la Somalia italiana para formar, entre todos, una gran Somalia. ‘Y ni aún así estábamos todos incluidos’, continúa Mohamed, ‘porque la etnia somalí abarca también gran parte de Etiopía, la totalidad de Djibuti y partes de Kenia y Yemen’. Sea como sea, el nacimiento de un país, que sí existía, con el nombre de Somalia ya era un paso para un pueblo desperdigado en un territorio inhóspito y enorme. Pero nadie supo ver que el paso era hacia el precipicio…

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La unión de la Somalia británica y la Somalia italiana no desembocó en nada bueno. Las tribus somalíes reclamaban cada uno el total para sí, las luchas intestinas horadaron el proyecto de nación y los golpes de estado, los asesinatos políticos, las estrategias deleznables de líderes tribales que juegan con los civiles como moneda de cambio sacudieron el país casi desde el principio. Las guerras contra Etiopía, frecuentes y originadas por conflictos fronterizos mal solucionados, tampoco ayudaron mucho. Por eso los somalíes de Somalilandia se dijeron: mejor solos que mal acompañados. Y se reunieron los clanes principales, la incipiente clase burguesa comerciante y decidieron: cada uno por su lado. Su insistencia pidiendo mayor autonomía condujo a una guerra abierta con el gobierno de Mogadishu. ‘En Somaliland somos tres clanes y yo pertenezco a la de Ishaak: al principio nos negamos a formar un país aparte, pero finalmente llegamos a un acuerdo’. Los otros clanes, los Darod y Dir residen mayoritariamente en Somalilandia, (pero son más: los Hawiye y los Rahanweyn están al sur del país, en la zona de Mogadishu y en Kenia), y consiguieron llegar a un acuerdo en el que predominaran los intereses generales más que los tribales: por eso Somaliland es un lugar estable, donde un extranjero puede caminar sintiendo sólo una aprensión subjetiva, rodeado de curiosidad pero también simpatía.

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Un espejismo en el desierto somalí porque en Somalilandia los candidatos a la presidencia respetan los resultados de las elecciones y se ceden los puestos amablemente con tal de mantener la paz. El especialista en la región Alex de Waal define el experimento en su libro The real politics of the horn of Africa como ‘pequeño pero fascinante ejercicio de ciencia política comparada’. Los casi cuatro millones de habitantes de este país votan religiosamente, siguiendo los dictados de la democracia y las indicaciones de los clanes en los que se basa la sociedad. Si además lo comparamos con el desastre del país que sí existe, sobre todo la región de Mogadishu, el éxito se incrementa. Y, según de Waal, la mezcla de política y comercio ha sido fundamental para que las élites comprendan que todo va mejor si se respira paz que si luchan violentamente. Algo que puede parecer lógico pero que no cala en Mogadishu, ni en Sudán del Sur, ni en Eritrea, ni siquiera en Sudán. Tal vez por eso, y por la evidente falta de medios, se hace la vista gorda al contrabando como salida a las penurias y prevenir al tiempo el nacimiento de deleznables huestes integristas como Al Shabaab, los primos somalíes del Estado Islámico, que atemorizan las regiones del sur, secuestran extranjeros y realizan masacres en Kenia. ‘Aquí no tienen futuro’, asegura rotundo Mohamed Kamaso, ‘no permitiremos que entren’. Y entre este panorama radical y la tranquilidad de Somalilandia, a modo de colchón, la región de Puntlandia, conocida mundialmente por sus sanguinarios piratas. ‘Puntland es seguro ahora’, me dice Mohammed Hassan, ‘puedo organizarle una visita si quiere, pero Mohadishu es otra cosa: allí no hay quien vaya…’

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El centro de Hargeisa depara personajes de película…

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…y modistas callejeros que te hacen un chador en un periquete…

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Mohammed Hassan Djama trabaja en una organización alemana y tiene además altas conexiones en el gobierno de Hargeisa. Tanto que me lleva a un conocido restaurante de la ciudad, frecuentado por ministros y jeques árabes, a comer una enorme cantidad de camello. ‘Con el reconocimiento internacional podríamos hacer muchas más cosas de las que hacemos’, reconoce mientras me lleva a un campo de desplazados por la sequía a las afueras de la capital. ‘No podemos pedir préstamos a los organismos internacionales, apenas podemos hacer negocios ni explotar las riquezas nacionales a través de empresas extranjeras’. Y por si fuera poco, la sequía: ‘en pocas partes se nota más el cambio climático que en esta zona del mundo’, me dice, ‘tenemos una enorme sequía desde hace tres años pero además hemos talado casi todos los árboles y el gobierno no tiene presupuesto suficiente para paliarlo construyendo presas… es un gasto que sencillamente no podemos permitirnos…’

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El otro Mohammed, Kamaso, habla de yacimientos de oro, diamantes, tal vez petróleo, en el norte de la nación que existe sin existir, ‘allí hay hasta montañas con bosques y muchos pájaros’, dice el antiguo croupier djiboutí dibujando una idílica estampa que no puedo imaginar tras el pedregal salpicado de matorral bajo y termiteros gigantes que veo ante mis ojos. Este mismo paisaje fue el escenario por el que avanzó el ejército de Mohamed Siad Barre, en su momento uno de los más aparentes de África, para someter a la ciudad de Hargeisa a un pillaje y unas masacres que dejaron más de cincuenta mil muertos y la firme decisión de los somalillandés de no volver a formar parte del mismo país que sus vecinos. La revuelta fue contestada incluso con un bombardeo machacón y despiadado de la fuerza aérea somalí que destruyó parte de la ciudad y hundió el edificio colonial británico que alojaba al precario gobierno local. El avión encargado de las masacres, por cierto, descansa ahora en el centro de la ciudad a modo de monumento para no olvidar lo ocurrido. Unas pinturas, un tanto naif, recuerdan los muertos, los tullidos, los miembros cercenados, el orgullo de la nación que no existe.

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El antiguo edificio sede del gobierno es ahora un tugurio rodeado de tiendas de campaña de los refugiados de aquella guerra (que llevan ya más de un cuarto de siglo acampados al amparo de sus ruinas) y habitado por sombras sospechosas que se mueven entre ropa tendida. El organizador de los ataques es Mohamed Siad Barre, más conocido por dejar un país tan arruinado que aún estremece la visión de la Mogadishu que se enfrentó a los norteamericanos en la película ‘Black Haw derribado’. ‘Desde entonces el país no ha evolucionado mucho’, me comenta Mohammed, ‘hay ciertas inversiones árabes, el puerto de Berberá ofrece ciertas esperanzas de futuro, pero el desierto avanza, hemos talado casi todos los árboles y los tres años sin llover nos han convertido en un fantasma internacional’.

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Un fantasma que jalona sus calles de cambistas de dinero que muestran enormes fajos de billetes, verdaderos ladrillos con billetes de mil y cinco mil chelines que abultan tanto como valen poco. Por el suelo un billete morado de quinientos, el equivalente a un céntimo tirado en el suelo de una calle europea: ¿quién se agacha para recogerlo…? Las calles del centro de Hargeisa son un despropósito de baches, atascos antológicos y vendedores callejeros. De pronto, ¡¡¡llueve!!! Paseamos por los alrededores de la ciudad, en un desierto en el que incluso se han secado las matas de aloe vera, y allá a lo lejos resuenan los ecos de una tormenta de impresión. Veo el manto de lluvia a lo lejos, las nubes descargando sobre las montañas, pero el aire trae las borrasca con una velocidad de aúpa y pronto caen las primeras gotas, tan gordas como bolas de ping pong. La lluvia se convierte pronto en apocalíptica y el centro de la ciudad se colapsa con enormes charcos de agua y barro. El tráfico se incrementa, hay gente que salta de alegría, Mohamed agarrado al volante canta y baila. ¡¡Llueve después de tres años sin caer una gota!!

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Estará contento Aden, el camellero que recorre las calles de Hargeisa arrastrando su rebaño de camellos para que coman los brotes verdes de jardines privados, parterres públicos y descampados cubiertos de basura. Los únicos que no están contentos son, curiosamente, los miles de desplazados por la sequía: la lluvia les ha inundado las tiendas, los campos son ahora piscinas de barro, los niños hunden sus pies desnudos en agujeros de lodo.

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Llueve y los vecinos miran la lluvia alucinados: hacía tres años que no caía una gota…

¡Qué paradoja más cruel!

¡Huir de la sequía para terminar achicando agua de sus miserables refugios!

No hay mejor comparación para Somalilandia.

Huyó de la sequía de una realidad nacional que ejemplifica como nadie la realidad de un estado fallido para terminar achicando el agua de una independencia que los tiene paralizados en el tiempo….

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