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En una estrecha franja de tierra del Cuerno de África, a orillas del mar Rojo, existe, sin existir, un pequeño país. Existe porque tiene lo que se le supone que debe tener un país: una constitución y un gobierno, una moneda propia, un terreno acotado, una población que se siente nación, una bandera con tres franjas (a saber: verde, blanco y rojo), un ejército y recursos naturales. Pero al tiempo no existe porque ningún otro país ha tenido la delicadeza de reconocerlos como nación. Su caso es único porque existen otros países que no existen pero pueden discutírtelo. Por ejemplo, Transnistria, Abjasia, Kosovo o el Nagorno Karabagh también son naciones que he visitado y que no existen pero algunos terceros países se han apiadado y les reconocen como entes internacionales. Sobre todo los rusos, que manejan a algunas de estas entelequias como si fueran marionetas. Así que, por eso mismo, existen a medias. Pero el caso del que hablo es distinto: si acaso es equiparable al Kurdistán Iraquí, aunque la diferencia es crucial: en este último caso el gobierno de Bagdad hace la vista gorda y les permite que actúen como nación, sin serlo, y que tengan por ejemplo relaciones internacionales con otros países que sí existen. Todo eso resulta lejano en el Cuerno de África. Tan lejano como injusto, por cierto.

La bandera nacional, verde, blanca y roja, está muy presente entre los somalilandíes

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El país que existe sin existir y que todos desprecian se llama Somalilandia y se ubica en el interior de una nación fallida en la que reina la anarquía, la violencia, el extremismo religioso y la piratería. Somalia. Una nación que sí existe y que todos reconocen pero que, al tiempo, nadie visita porque el riesgo de morir es demasiado grande y las imágenes de su interior se asemejan más que nada al infierno de Dante. ¡¡Pero eso ocurre en el país que todos reconocen mientras que el país que nadie reconoce es miserablemente pobre pero seguro y, a su manera, ordenado!!

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Consigo el visado para entrar en Somalilandia en Adis Abeba, la capital de Etiopía, en un pareado con olor a nuevo que hace las veces de embajada internacional. El chalet es un ir y venir de gente. Y eso que apenas hay nada. En una mesa pegada a una pared un cartelito indica que eso es la sección de visados. Relleno tres páginas de datos y pago un visado somalí a precio de oro: casi 80 euros. Dos mujeres juguetean un rato con el pasaporte, se lo llevan, lo traen, entran en un despacho, se pierden, aparecen de nuevo y me lo entregan sin ceremonia. Su visado. Decido entrar por tierra, montando una sucesión de autobuses etíopes que se desmoronan por el camino, que sufren controles policiales resueltos violentamente a bastonazos, amontonado entre maletas, mochilas y cajas de khat. El funcionario encargado del puesto fronterizo etíope me avisa: no podrá volver por tierra. No hay problema, le digo, tengo billete de avión de vuelta. El funcionario me insiste: no podrá volver por tierra. Le insisto ante su insistencia pero me encuentro otra insistencia más. Por fin comprendo: me habla en francés y retrasa mi sello de salida porque quiere practicar. Reinicia el ordenador, me pide poner todos y cada uno de los dedos en un lector de huellas, examina mi pasaporte del derecho y del revés. Una vez fuera, no lo escondo: siento aprensión.

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La frontera, como los controles de carretera, se limita a una cuerda atada a dos palos

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Somalia no deja de ser Somalia, por mucho que esta región se haya alzado como independiente. La frontera en sí es ridícula: una cuerda atada a dos palos. La salto cargado de la mochila y la bolsa de la cámara y me enfrento a un caos polvoriento y caluroso. Decenas de camiones esperan sabe Dios qué cosa, cargados con todo tipo de mercancías (probablemente contrabando ilegal porque Somalilandia invade Etiopía de aparatos electrónicos, pantallas de TV, productos chinos, indios y material de todo a un euro que levantan pasiones en el interior de la antigua Abisinia). La enorme cola de camiones continúa por la última ciudad etíope, Wajaale, una sucesión a su vez de casas desvencijadas, edificios indefinibles, sedes de organizaciones internacionales y hoteles sospechosos. Y polvo caluroso. Mucho polvo caluroso. Un ajetreo de gentes que vienen y van, mujeres muy cubiertas, muchachos que te empujan y gritan. El desierto somalí, además, presenta basura voladora y pequeños tornados de arena en el horizonte producidos por las corrientes de aire caliente en permanente movimiento.

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El camino desde Harar ha sido largo y tortuoso, un paisaje semidesértico moteado de cuando en cuando por grandes campamentos de desplazados por la gran sequía que azota el Cuerno de África. Sus tiendas coloristas, hechas de plásticos, cartones, latas y, sobre todo, trozos de ropa pueblan valles y laderas y crean universos paralelos de botellitas de plástico, basura igualmente colorida, niños que corren descalzos entre chumberas y piedras afiladas. Y, sobre todo, me adelantan los campos de refugiados y de desplazados que veré al otro lado de la frontera.

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‘Bienvenido a Somalilandia’, reza el cartel de bienvenida a unos metros de la frontera. Entrar en territorio que uno presume inhóspito siempre impresiona pero este tiene además un aire a Mad Max que echa para atrás. El desierto se abre a unos metros, el calor te aplasta, los buscavidas de la frontera me tiran del brazo para meterme en coches que supongo son taxis, trozos de vehículos adornan la entrada al desierto, los coches que circulan va a toda pastilla. El puesto fronterizo somalilandés no está cerca, precisamente: hay que ir en vehículo. No hay más remedio que inclinarse por alguna de las ofertas, con la firme convicción de que me engañarán con el precio. Pero todo pasa y también el primer trago somalí. Camino a la capital, Hargeisa, el desierto se abre con toda su crudeza y desolación. Hace tres años que no cae una gota y en algunas regiones ha muerto el 80% de la fauna.

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Los ríos de Somalilandia están secos

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Mueren hasta los camellos. Las aldeas que se abren a los lados de la carretera ofrecen un paisaje que parece la continuación del desierto: caminos polvorientos, lechos secos de ríos en barbecho, un niño pastorea unas cabras, gentes a las sombras de árboles y colmados sin colmar. La entrada en Hargesia, la capital del estado que existe sin existir, es similar pero con la salvedad de que es una ciudad mucho más extensa y poblada.

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Hargeisa es la capital de Somalilandia

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Al fondo de la ciudad se levantan dos montes que los locales conocen como ‘los senos de Hargeisa’….

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Los campos de refugiados por las guerras y de desplazados por la sequía están por todas partes en Hargeisa

El hotel Imperial, donde me alojo, ha conocido tiempos mejores. El staff olvida proporcionar toallas y papel higiénico. En el acogedor jardín restaurante los gatos forman pandillas insistentes capaces de robarte el plato en complicadas estrategias mininas. Y eso que el establecimiento está en pleno barrio presidencial, junto a la residencia oficial del señor presidente y rodeado de ministerios. Los hombres de negocios deambulan por el jardín con aspecto preocupado, el vendedor de periódicos ofrece las noticias del día en un panfleto de cuatro páginas fotocopiado en una impresora de baja calidad. Los soldados vigilan medio dormidos desde la sombra de los árboles y a las dos de la tarde la actividad se ralentiza porque no hay quien camine bajo el aplastante calor. Es la hora de mascar khat y dejar que pase el sol del mediodía…

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