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Está por todas partes. Si en vida soñó alguna vez con lograr el don de la ubicuidad o en la Omnipresencia, cosa que dudo, lo consiguió tras su muerte. En pocos sitios puedes encontrar que un superhéroe popular vista la blanca sotana de un Papa pero ahí está, enfrentándose al mal, caracterizado por una andrógina presencia irreal, con melena rojiza al viento y capaz de generar una cascada de sangre con sus sucios colmillos hundidos en el antebrazo del héroe más católico después de Jesucristo. En Polonia Karol Jozef Wojtyla, comúnmente conocido como Juan Pablo II, se asoma desde las paredes del metro, te otea desde la posición dominante que le confieren las miles de estatuas que siembran el país, te observa sonriente en las exposiciones de fotos, de cuadros, en los templos, pareciera que una vez asumida su presencia sientes sus ojos clavados en el cogote y no hay lugar donde puedas esconderte ni siquiera para un pecado venial porque él, o Él, el Papa difunto, el SuperKarol de los lóbregos túneles polacos, está siempre ahí.

el Papa Juan Pablo II por Hachero

Karol Wojtyła no fue solamente Papa: fue todo lo que uno puede pensar que se puede ser. Por ejemplo, está considerado como un importante filósofo personalista, formado en el tomismo, que es la corriente filosófica que toma sus fuentes de Santo Tomás de Aquino, un autor a cuya obra dio una vuelta de tuerca para desarrollar una ética antropológica personalista, según la Enciclopedia filosófica. En sus tiempos mozos, el luego Papa fue un experto jugador de ajedrez, una carrera que quedó truncada con la invasión nazi y la posterior soviética. Trabajó en una cantera, en un laboratorio químico, fue actor a las órdenes de un célebre autor polaco, la Gestapo lo tuvo en búsqueda y captura y finalmente se ordenó cura, donde hizo carrera. Era un tipo brillante, inteligente, y aplicaba sus conocimientos de ajedrecista al mundo, y al espíritu, para enfrentarse a sus rivales en unas larguísimas partidas repletas de movimientos arriesgados. La sotana de cura le quedó pronto pequeña y se enfundó la de Vicario, más tarde la de Obispo, Arzobispo, Cardenal y finalmente Papa.

El Papa Juan Pablo II por Hachero

El Papa a las puertas del puente de madera más largo del Báltico, en la ciudad balneario de Sopot

Un Papa de Polonia, y eso no es cualquier cosa porque el polaco es el nacional de un país sometido a las permanentes humillaciones que le confieren sus poderosos vecinos, ahora lo invadían los alemanes por el oeste, ahora lo invadían los rusos por el este, ahora lo invadían los alemanes más píos con el extravagante nombre de los Caballeros Teutónicos por el oeste, ahora lo invadían los tártaros por el este, ahora los nazis por el oeste, ahora los soviéticos por el este. Un devenir cíclico digno de Heráclito pero que les ha llevado a recibir tantas bofetadas que cualquier victoria, cualquier personaje que elevara el espíritu nacional pasaba directamente a la categoría de Superhéroe, como ya lo son Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido por su nombre inglés, Joseph Conrad, o el pianista Frederick Chopin, cuyos Nocturnos resuenan en cada restaurante de bien….

El Papa Juan Pablo II por Hachero

Estatua de Juan Pablo II en Ostroda, al norte de Polonia

El Papa además conocía el hartazgo que sus paisanos tenían por el régimen soviético y el 2 de junio de 1979 voló desde el Vaticano a Varsovia para inaugurar uno de sus más imborrables improntas: la de besar el suelo del país. En este caso era su país, Polonia, una nación en la que nació pero que no tenía relaciones con el país que ahora dirigía, el Vaticano, una extraña coincidencia que desvelaba lo que era un secreto a voces: el país con un sentimiento más fervientemente católico de Europa apenas se llevaba con lo que no era sino su fuente de inspiración y centro de su querida iglesia. Y todo por esos gerifaltes que dirigían el país siguiendo las premisas que les llegaban de Moscú y enredándose en una corrupta e ineficaz burocracia que limaba las pías almas de los más cristianos de la esfera rusa. ¡¡El acabóse!!, pensaban todos sus paisanos entre vodka y vodka, aunque pocos con el coraje de decirlo en público. En la memoria colectiva aún morían una y otra vez los 80 obreros de los astilleros de Gdansk, asesinados sin contemplaciones por fuerzas antidisturbios en una huelga que llegó a tocar las narices de Moscú. De aquellos heroicos obreros tan sólo uno se atrevía a abrir la boca de cuando en cuando, un señor con grandes bigotes llamado Lech Walesa que comenzó su carrera al Olimpo polaco como un combativo electricista en paro y luego llegó a presidente con Juan Pablo como su inspiración…

Juan Pablo II y Lech Walesa

Juan Pablo II y Lech Walesa rodeados de las mismísimas fuerzas vivas

Tras la visita de Juan Pablo II, los reivindicativos obreros de Gdansk, y su bigotudo líder al frente, volvieron a las huelgas, a la épica de la lucha obrera, a las multitudes solidarias que tomaban heladas plazas bajo la nieve. Se sentían impulsados por ese Karol que ahora vivía en el Vaticano y así lo dijo Walesa a la prensa que quiso escucharlo: ‘un enviado del cielo, un papa polaco’, dijo, un Papa que ‘fortaleció en nosotros la esperanza’. Así que el antiguo ajedrecista diseñó un golpe que retumbara por toda la sociedad polaca y por el imperio de hielo que Moscú había trenzado cuan Penélope con escarcha. Su visita a Polonia comenzó a resquebrajar ese hielo mientras que, al tiempo, su personalidad adoptó un halo de superhéroe que volaba con su capa blanca para solucionar los más complicados entuertos. Si le disparaba un turco, el enemigo tradicional del cristianismo en la Europa Oriental, el Papa polaco cicatrizaba su herida en un santiamén, si la naturaleza le ponía un obstáculo en forma de molesto Parkinson el Papa polaco multiplicaba sus viajes por todo el mundo y lo mismo aparecía en Colombia, o en las Filipinas, lo mismo besaba el suelo aliado de los católicos españoles que el menos afín de Israel o el tradicionalmente hostil de Cuba. Con cada uno de sus 104 viajes el mito creció, sobre todo entre sus paisanos, que lo veían ya como la solución a las estrecheces que vivían y, sobre todo, un repulsivo a la crisis identitaria de un país estrujado entre dos gigantes.

El Papa Juan Pablo II por Hachero

Estatua de Juan Pablo II en Elblag, al norte de Polonia

Hoy su aldea natal es un lugar de peregrinación (sobre todo de peregrinos españoles como estos) y su imagen está por doquier. El Papa reparte bendiciones en una estatua de bronce, el Papa saluda a una oculta multitud desde el fondo de un lienzo, el Papa sonríe plácidamente en un altorrelieve, el Papa te vigila en las alturas, el Papa te inspira como líder nacional, espiritual, como un enviado de Dios, como el último reducto del espíritu polaco. El Papa Juan Pablo sigue ahí, mirándote, y tú, que paseas por las calles de Polonia, no sabes muy bien qué pensar ni si el Papa te observará también en la intimidad de tu alcoba.

Juan Pablo II por Hachero

Juan Pablo II en Gdansk