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En un bar de la piazzeta Nilo de Nápoles guardan una lágrima y un mechón de pelo de Dios. Lo mantienen solemnes en un altar colgado de la pared. Es más que un altar: es una capilla. En el centro, como decía, un cabello milagroso del mismísimo Dios. A su derecha, encapsulado en un botecito de cristal en algo que parece un sagrario, una lágrima napolitana del propio Dios. Alrededor del cabello milagroso fotos de los santos más queridos en Nápoles: Santa Patricia, San Giuseppe Moscati, la virgen del Rosario de Pompeya. El papa Francisco preside el santuario y Miguel Ángel ha borrado a Adán de su célebre lienzo de la Creación para que Dios se dé vida a sí mismo. Transmutado, eso sí. Transmutado en el Dios que le ha quitado la posición en la ciudad de Nápoles. Diego Armando Maradona.

En Nápoles el Diego está por todas partes: es como un inmenso museo al aire libre donde se alternan capillas callejeras, fotos de vírgenes, iglesia tras iglesia, Diego tras Diego. Maradona sirve de reclamo en las puertas de los comercios, rivaliza con los santos y las madonnas, le ha ganado definitivamente la partida a la otra estrella local, Sofía Loren. Curioso, pienso entonces, que las dos grandes figuras de Nápoles hayan nacido lejos de la ciudad, el Diego en Lanús, cerca de Buenos Aires, en Argentina, la Loren en Roma, la ciudad rival de Nápoles. Tan curioso como que Nápoles sea conocida por un plato prerromano que ha convertido en suyo, por la extorsión como modo de vida y que su atractivo turístico más universal sea una ciudad congelada en el tiempo a los pies de un volcán. Si el Vesubio enterrara la ciudad actual no quiero pensar en la cara de los arqueólogos del futuro cuando descubran un pelo enmarcado. Su dueño asegura que se lo arrebató sin que se diera cuenta mientras viajaba detrás suya en un avión.

Las estrechas calles del casco histórico de Nápoles recuerdan al visitante que el cristianismo arraigó en la ciudad para siempre, que Maradona superó a Jesucristo en devoción y que, como corresponde a todo ying, también tiene su yang, un yang que curiosamente es también argentino. Se llama Gonzalo Higuaín. Su traspaso a uno de los rivales más odiados, la Juventus de Turín, le convirtió para siempre en persona non grata y su efigie campea en los mercadillos tanto como la de Maradona. Pero si la del Pibe se equipara a Dios, Higuaín es un Judas, un burro, un traidor. Hasta el Diego se declaró dolido

Dios se apareció por primera vez en Nápoles el 5 de julio de 1984 ante una masa de setenta y cinco mil enfervorecidos aficionados que coreaban su nombre en el estadio San Paolo de la ciudad. El Diego, que ya había rozado el olimpo en su breve estancia en Barcelona, se encontró un equipo que luchaba por no descender, unas instalaciones que le recordaron a las que conocía de la segunda división argentina, una ciudad deprimida en lo económico y una sociedad dividida entre matones que derrochaban en lujos lo que obtenían con extorsión y supervivientes que elevaban sus ojos al santoral buscando consuelo. Maradona se sintió como en casa y los napolitanos, camorristas o no, encontraron el consuelo que el cielo les prometía sólo tras la muerte.

‘Quisiera convertirme en el ídolo de los pibes pobres de Nápoles porque son como yo cuando vivía en Buenos Aires’. Maradona ya afilaba su mensaje populista en aquel entonces. El argentino también huía de una suerte de infierno en vida porque su etapa en Barcelona intercaló jugadas geniales con una terrible lesión, una larga convalecencia por hepatitis, una incipiente adicción a la cocaína y una monumental trifulca con todo un equipo (el Athletic de Bilbao) con imágenes que pasaron al imaginario colectivo. Por no hablar de una ruina económica tan grande que venía prácticamente con lo puesto. El mejor jugador de fútbol del mundo no tenía dónde caerse muerto…

Desde el primer día su presencia trastocó la vida de la ciudad hasta el punto de que tres policías le abrían paso con sus motos a donde fuera porque la gente se arremolinaba a su paso: daba igual que fuera a un entrenamiento que a comprar un belén: decenas de motos le seguían el rastro sólo por el gusto de verlo. Tres años después de su presentación el Nápoles ganaba el scudetto, el primero de su historia, y la copa de la UEFA en una racha magnífica del Pibe argentino, que se había hecho con el mundial de México 86 un año antes. Nadie en la ciudad, ni tan siquiera San Genaro, se atrevía a disputarle su puesto en el cielo.

Y si alguien debiera estar a la derecha de alguien sería Dios del Diego. A la derecha de Maradona, convertido ahora en el sucesor de Dios, Jesucristo y todas las santidades que han sido y serán. ‘Conseguir el primer scudetto para el Nápoles fue una victoria incomparable, distinta incluso al título del mundo porque al Nápoles lo hicimos desde abajo’, dijo Maradona mientras su cara se multiplicaba por el quartieri spagnoli, por la via Toledo, por la piazza Garibaldi, por los barrios deprimidos de Secondogliano, Scampia, Piscinola, Sanitá…

Nápoles volvía a mirar a los ojos a las ricas ciudades del norte, a los clubes ricos como la Juve de Platini, la Lazio de Laudrup, el inter de Rummenigge, el rico norte que se reía permanentemente de los pobres y paletos vecinos del sur. San Genaro licuaba su sangre con permiso del nuevo Dios, la ropa tendida de cada balcón susurraba su nombre, Nápoles ya no era conocida por sus pizzas, por su camorra ni por el iracundo volcán que enterraba ciudades. Dicen que hasta un cuarto de todos los niños nacidos en la ciudad en ese periodo se llaman Diego y que más de uno llevaba el nombre de un padre que a la vez era un dios… Cuando el Nápoles ganó su segundo scudetto, allá por 1990, una pandilla de muchachos fue al cementerio y colgó una pancarta: ‘abuelos, no sabéis lo que os habéis perdido’, pero al día siguiente la pancarta había sido sustituida por otra: ‘¿quién os lo ha dicho…?

La presencia de Dios siempre es grata a los devotos y no hay devotos más devotos en esta ciudad esquizofrénica que los peores pecadores. Así que Maradona no tuvo otra ocurrencia que fotografiarse sumergido en una gran bañera dorada con los hermanos Giuliano, los jefes de la Camorra en el barrio de Forcella, pedirle cocaína para uso personal a Salvatore Lo Russo, uno de los máximos jefes de la Camorra y ahora colaborador de la justicia. Maradona reconoció que trataba con ellos para procurarse seguridad y que ‘nadie tocara a sus hijas’ aunque algún mafioso incluso aseguró que el argentino perdió una liga aposta por intereses de apuestas de la Camorra (y por cocaína…). Maradona avisaba a su restaurante favorito, Le Fragole, del día que iba para que el dueño cerrara las puertas antes y poder disfrutar así de una cena en familia. Compraba la ropa desde un coche cualquiera, anotando lo que veía y enviando luego a su esposa, Claudia, para que encargarlo. Todos los días varias decenas de personas aguardaban pacientes bajo su casa de Via Scipione Capece 5 con la esperanza de que se asomara al balcón o les firmara un autógrafo: nunca ocurrió… Las anécdotas de Maradona en Nápoles son infinitas…

Desde las grandes marcas a los tenderetes de los vendedores callejeros, la presencia de Maradona trae buena suerte y carisma al negocio

El idilio de Maradona con Nápoles se torció en el mundial de Italia de 1990. Las semifinales depararon un extraño partido: Italia contra Argentina. Por si fuera poco, en Nápoles. Y Maradona bajó del cielo para pedir a los napolitanos que le apoyaran. Contra su propia selección. ‘Durante 364 días al año sois considerados extranjeros en vuestro propio país y hoy deben hacer lo que os dicen para apoyar al equipo nacional. Yo no’, terminó el Pelusa, ‘yo soy napolitano 365 días al año’. Dios había tropezado porque intentó utilizar en beneficio de su selección el desprecio que el resto del país siente hacia Nápoles. No era la primera vez. ¡Cuántas veces había animado a su afición comparándola con lo que llamaba el rico norte!. La afición se dividió entre los que apoyaban a su selección y los tifosi que animaban a Maradona. ‘Maradona, Nápoles te ama pero Italia es nuestro país’, rezaba un cartel en el estadio.

Con todo y eso, Argentina se impuso en el marcador y pasó a la gran final. Pero allí le esperaba la afición romana, dispuesta a silbar el himno del que había derrotado a su escuadra y se atrevió a dividir a la afición italiana. Argentina perdió contra Alemania, Maradona perdió contra los tifosi, Dios se hizo carne. Carne bocazas. Su estrella comenzó a decaer: el 17 de marzo de 1991 y justo después de disputar un partido contra el Bari se supo que Dios era demasiado parecido a sus tifosi. Dios esnifaba cocaína. Después de siete años, 259 partidos, 115 goles y cinco torneos importantes (dos ligas, una copa y una supercopa de Italia y una de la UEFA), Diego Armando Maradona bajaba de su pedestal y se exponía a su particular gólgota. En este caso, como corresponde a todo un dios: un calvario universal.

Hoy, todo aquello (que no es poco: su larga lengua, sus devaneos con la mafia, su adicción a la cocaína, sus tremendas fiestas, sus ADN unido para siempre con el napolitano en hijos reconocidos o no) se le ha perdonado. El número 10 se retiró del equipo para siempre y jamás. Maradona volvió recientemente a Nápoles para regalarse un baño de masas de cuarenta mil personas, una cogorza inolvidable  y la ciudadanía honoraria de una ciudad que es su ciudad. Dicen que sueña con entrenar a su exequipo, dicen también que la Hacienda italiana lo espera por ciertas deudas impagadas, dicen incluso que a veces se presenta en Nápoles de incógnito para recordar el trozo de tierra donde se sintió Dios. De ser así tal vez se haya arrodillado alguna que otra vez ante su propio altar y rezado una plegaria. Quién sabe. Dios tiene estas cosas.