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Cuando el príncipe Parameswara cruzó los tenebrosos mares huyendo del enemigo que pretendía asesinarlo no podía imaginar que su rostro permanecería para siempre y jamás en la fachada de una casa junto a un canal. Tampoco Juan Alfonso de Albuquerque, capitán portugués al mando de un joven Magallanes, sospechó nunca que su conquista sería recordada en tonos pastel, y qué decir de los soldados japoneses que invadieron la península, de los asustados reclutas británicos o de aquel día de 1963 en que todo un pueblo estalló en vítores porque Naciones Unidas reconocía un nuevo país llamado Malasia.

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Y sin embargo, ahí están, todos, juntos y hasta revueltos, bordeando un río llamado Melaka y dando esplendor a un barrio llamado Little Amsterdam, para orgullo de los locales y curiosidad de los visitantes.

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En la Pequeña Amsterdam de Melaka consta la historia del país, para que a nadie se le olvide. Little Amsterdam tiene un canal, que tal vez sea el motivo de este ampuloso nombre, y unas casitas bajas de los tiempos de la colonia holandesa, que a buen seguro completa ya para siempre su sobrenombre.

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Porque, dice la historia, en el siglo XIII el príncipe Parameswara huyó de su isla de Sumatra natal para fundar esta ciudad de Melaka y escapar de una muerte segura. El príncipe escogió la localización de lo que hoy es Melaka por la extraña razón de que a su perro le dio por perseguir un ciervo enano, o ciervo ratón de agua, o antilope almizclero.

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Tras este príncipe, que era hindú pero al tiempo musulmán, vinieron los chinos, con el legendario almirante Zheng al frente, que convirtió a los descendientes del príncipe de los azmilcleros en súbdito de facto de la dinastía Ming. Y a los chinos, apenas un siglo después, les pisaron la tierra los portugueses, en su eterna y sedienta búsqueda de especias y ciudades de oro y joyas, y siguiendo su rastro se pisaron los talones holandeses y británicos.

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Su posición, la de la ciudad de Melaka, en el estrecho de su mismo nombre, le brindó un éxito seguro, y casi que a día de hoy sigue teniendo en su mano el paso de gran parte de la mercadería mundial, sobre todo de la china. Pero todo pasa y en el siglo XVII los conquistadores de tantos imperios, los europeos en suma, comenzaron a perder interés en esta estratégica ciudad, después de tanta sangre derramada y de tanto bamboleo en el poder, y cayeron en la cuenta de que más al sur la cosa estaba igual de estratégica pero menos disputada: fue el momento entonces de Singapur, para los británicos, de Yakarta para los holandeses, de aferrarse a Timor Oriental, los portugueses . Y la ciudad quedó en un limbo romántico, de locales mestizos que cocinaban platos lusitanos y construían viviendas holandesas mientras se comunicaban en inglés y acogían a chinos e hindúes para repoblar lo que dejaron vacío los anteriores.

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Con el germen del estado malayo en formación, aún deberían venir grandes desastres para los locales: las tropas japonesas invadiendo toda la fachada pacífica del continente asiático, destrozando a las mal preparadas tropas británicas acantonadas en la región, el nacimiento de las guerrillas comunistas (que tanto se estilaron en el sudeste asiático) para aprovechar la coyuntura y golpear con dureza a los colonialistas, la independencia de 1963, la pérdida de Singapur dos años después y los años del despegue económico, despegue con muchas dudas, del gobierno de Mahathir Mohammed.

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Todo está aquí, en estas paredes, los soldados británicos acantonados con sus bayonetas caladas y temblando de miedo ante el empuje japonés, los grandes buques de los portugueses sorprendiendo a los locales que los miraban absortos, los elefantes que tan importantes han sido en el desarrollo de los primeros malayos, todos sobresaliendo de balcones, horadados por ventanas, con enormes granos en forma de aires acondicionados, dibujos que brillan bajo el aplastante sol del sudeste asiático… Breve descripción de la historia malaya en inglés.

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La idea es tan reciente como 2010 y el resultado resulta, cuando menos, curioso y agradable en una ciudad con otras iniciativas más desconcertantes, como estos rickshaws (pincha aquí). Un paseo histórico por un barrio recuperado del abandono, un suspiro de canal holandés y una buena manera de unir el arte callejero, tan denostado en medio mundo, con el embellecimiento de una ciudad. El proyecto de las pinturas, más bien graffities, se conoce como Proyecto artístico del río Melaka, Projekarm en malayo, y se trató de una iniciativa del gobierno local para rescatar del olvido una zona degradada en una ciudad que se expande en lo turístico desde hace casi dos décadas. Y no sólo con historia: graffities más al uso también recibieron la bendición local para que el barrio luzca más variado.

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Toda una lección de historia que permanece, desde dos mil diez, en las paredes del barrio que mencioné al principio, Little Amsterdam, ese remedo de Dutch con río a modo de canal holandés. ¿Por qué no pintamos las fachadas de las casas, de los hoteles, de las tiendas?, se dijeron. ¿Por qué no?, se contestaron. La zona se conoce también como Jalan Kampung Hulu, y el recorrido abarca desde el mercado central hasta el río Klang, una zona que en apenas un mes pasó del olvido al mundo multicolor. Pincha aquí para conocer algo más del proyecto.  Y pincha aquí para ver cómo se ejecutó. En este artículo dice que fue París su inspirador, cuando vieron que los franceses eran capaces de hacer una playa en la ribera del Sena. Si los franceses son capaces de construir una playa, ¿por qué no podemos nosotros reconstruir un barrio?

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La idea cuajó bien en una ciudad que rebosa estudios de pintura y artistas que dejan su impronta en cualquier parte de la ciudad. Claro que el proyecto no podía dejarse en manos de cualquiera. Los graffities debían de ser ilustrativos, de calidad y que agradaran al paseante. No en vano el río Melaka, que también se conoce como Bandar Hilir, es un espacio nuevo en la ciudad puesto al servicio de los touroperadores que surcan ahora sus aguas llevando guiris desde su interior a la desembocadura. Los artistas vinieron de Singapur, Tailandia, Indonesia, Filipinas, Hong Kong, Suecia e Italia, además de locales, artistas callejeros que enarbolaron la bandera del arte callejero como arte con mayúsculas como contrapunto al gamberrismo que muchos denuncian. Para saber más sobre los murales entra aquí.

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Y así, entre el 1 de febrero y el 22 de febrero de 2010 el barrio pasó de ser tristón y gris a rebosar color e historia (aunque no todo sea historia). Fue la culminación de un proyecto que comenzó en 2001 y que le había costado al gobierno local nada menos que 65 millones de dólares entre dragado del río, limpiar cañerías e impulsar los cruceros fluviales. En 2008 la propia UNESCO reconoció el esfuerzo otorgándole el codiciado título de Patrimonio de la Humanidad. Hoy los graffities confieren a la Little Amsterdam un aspecto distinto, desenfadado, un agradable paseo, diferente. El graffiti como arte protegido por un gobierno local.

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