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Una larga fila de peregrinos se detiene ante una pared rojiza. Se arrodillan, la tocan, cierran los ojos, rezan. Están envueltos en togas blancas y sus ritos tienen algo de otras religiones. Los veo arrodillarse y tocar el suelo con sus frentes, los veo balancearse rítmicamente mientras murmuran sus oraciones. Temo que alguno intente atravesarme porque no me miran: parezco invisible. Es su modo de integrar al recién llegado: aquí apenas hay extranjeros, todos somos peregrinos.

La pared no tendría mucho misterio de no ser porque justo detrás se encuentra una de las maravillas de este planeta: Biet Ghiorgis, o la iglesia de San Jorge. Una de las once iglesias monolíticas de Lalibela, al norte de Etiopía. La iglesia desconcierta al más avisado: alguien ha vaciado una montaña de roca volcánica hacia abajo conservando un enorme trozo en el centro al que ha dado forma de iglesia con forma de cruz griega. Dicho así parece curioso pero ni siquiera hay un atisbo de lo que se siente al verlo.

Si le ponemos cifras nos resulta que alguien vació una montaña con un enorme foso cuadrado de veinticinco metros de lado pero con el suficiente mimo como para dejar una mole también cuadrada de doce metros de lado por otros doce metros de alto en el centro de la sima. Siguiendo con las cifras, ese alguien retiró alrededor de 3.400 metros cúbicos de roca y otros 450 metros cúbicos que debió sobrar al dar forma al cubo central y vaciarlo para esculpir una iglesia en su interior. Sea como sea, la idea es peregrina, como las multitudes vestidas de blanco que tocan las paredes exteriores de la montaña, pero al tiempo es genial y desconcertante.

¿A quién se le ocurrió semejante proyecto? La historia dice que fue el rey Gebre Mesqel Lalibela el autor intelectual de semejante disparate y que la inspiración le vino del mismo Dios a través de un sueño delirante tras ser envenenado por su hermano en el que dice que paseó por el mismisimo Jerusalem. Pero se dicen más cosas: que el propio rey se puso manos a la obra y la construyó en un periquete gracias a un ejército de ángeles que Dios le envió (qué menos después de inspirarle una idea tan complicada). La leyenda, tal vez dando marcha atrás ante un hecho tan desconcertante, reconoce que también hubo mano de obra humana, pero sólo de día. Los ángeles, incansables ellos, trabajaban de noche.

Lo desconcertante es que no es la única. Hay diez más, aunque la imagen de Biet Ghiorgis se ha convertido en todo un icono mundial. La sensación es similar a la que sentí en Meteora pero Lalibela supera a los griegos por una amplia goleada. Los monasterios helenos que coronan picos imposibles y que parecen la continuación natural de la piedra parecen pecata minuta frente a esta obra de ingeniería inverosímil. Si acaso es más parecido a la Petra de los nabateos pero en lugar de tallar montañas las han vaciado para tallarlas después.

Cada martillazo de la excavación sigue impreso por los siglos de los siglos

Gebre Mesquel Lalibela fue un monarca de la dinastía Zagüe que la iglesia ortodoxa etíope considera santo. Qué menos. Su apodo, Lalibela, significa ‘las abejas reconocen su soberanía’ y tendrá sentido en su tierra pero en la mía suena un dislate como la copa de un pino. La tradición aclara el extraño mote: cuando nació el señor Gebre un enjambre de abejas rodeó al bebé sin hacerle daño. El presagio tenía su fuerza porque el joven Gebre tuvo que huir al exilio y escapó de varias muertes a manos de familiares que pretendían el trono antes de conseguir el ansiado título de emperador. El bueno de Gebre reinó durante cuarenta años, de finales del siglo XI a principios del XII, y la tradición asegura que en ese tiempo se construyeron todos los templos. El sueño de Gebre debió de sonar a subidón de ácido porque no sólo creyó haber visto Jerusalén y traer la idea de reproducirlo en sus montañas para que sus súbditos no tuvieran que peregrinar a tan lejano lugar sino que repartió nombres bíblicos entre las iglesias y rebautizó el río que cruza la ciudad con el más apropiado de Jordán. La huella del emperador fue tan profunda que el antiguo nombre de la ciudad, Roha, cambió al del presagio, Lalibela.

Desde que el ejército de ángeles puesto a disposición de Gebre Mesquel levantó las iglesias, o más bien las hundió, en el siglo XI, el cielo se refleja en la tierra. Los sueños del monarca revelaron el aspecto del cielo, dicen las Actas de Lalibela, un manuscrito del siglo XV donde se deja constancia del origen histórico mítico y legendario del lugar. Los historiadores, tan alejados ellos de esos cuentos fantásticos, consideran que las iglesias se hicieron en un periodo amplio de tiempo, probablemente entre los siglos VII y XIII, y también que la de San Jorge fue la última. La otra historia, probablemente la cierta, asegura que esta iglesia fue construida tras su muerte como memorial al rey santo. Por ser el benjamín de los templos empiezo por ella esta serie. En el interior del templo un religioso vigila atento que no llegue ni a tocar la cortina del sancta sanctorum. Se supone que dentro está el Arca de la Alianza. Sí, el de Indiana Jones. Pero no puede verse. El sitio es demasiado sagrado. Alargo la mano como el que no quiere la cosa y el adormilado sacerdote salta como un tigre: ni se le ocurra. El interior rezuma paz, calma, luces filtradas que se colorean del rojo de las paredes, pinturas tan naives como antiguas, trastos colocados siguiendo un orden desconocido.

Paseo por el hueco que separa la pared de la iglesia mientras pienso que ese hueco también era montaña y que no es un simple túnel natural, ni una obra monumental esculpida en una pared, como Petra. No. Es mucho más. Hablo de vaciar una montaña hacia abajo. Biet Ghiorgis está separada del resto de las iglesias, aunque está comunicada con túneles que sólo conocen los locales. En la pared de roca se abren dos ventanas. Apoyadas en el alféizar una escoba y un paraguas. Todo resulta llamativo en este complejo pero sobre todo detalles como esos. Porque es un monumento vivo. En el interior de la iglesia un sacerdote espera a sus feligreses armado con una complicada cruz de plata tallada al estilo ortodoxo etíope. Un andamio recuerda que el paso del tiempo tiende a deteriorarlo todo, incluso los sueños del rey Lalibela, y que la UNESCO mima esta joya con obras de mantenimiento. Las otras iglesias incluso tienen montera para evitar que las inclemencias meteorológicas erosionen los edificios.

Una abuela recita salmos a pocos centímetros de la pared del templo. Dos abuelas más bajan con dificultad los escalones que conducen al interior. Encaramados sobre un andamio que asegura la pared norte dos albañiles me miran divertidos. ¡¡No sólo es un monumento vivo!! ¡¡También soy una atracción porque los extranjeros llegan aquí con cuentagotas!! Dice el gran viajero Tahir Sha que este complejo de monumentos está a la altura de las pirámides, de Petra, del Partenón. ¡Pero casi sin turistas! Lalibela tiene un aire rural, de pueblo perdido, apartado, remoto. Poco durará, me temo, porque la ruta 2, la abominable carretera que comunica este paraíso miltoniano con el resto de Etiopía, está en obras: los chinos. Pronto será una moderna autopista surcada por coches (chinos) cargados de turistas de medio mundo (pero sobre todo chinos). Y no es que no haya extranjeros: los hay porque el lugar lo amerita. Pero no me hagan comparar la afluencia en el norte de Etiopía con Venecia, con Atenas, con Barcelona. La mayoría llega por avión porque Lalibela, eso sí, tiene un aeropuerto de juguete que comunica con Addis Abeba. Un lugar tan exótico que no faltan reportajes que indiquen los mejores modos de llegar. En todo caso un lugar único y sin aglomeraciones que aun puede visitarse sin hacer colas de insensible turistas.