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tsunami banda aceh por hachero

La exposición de cuadros alojada en el Museo del tsunami reúne los clásicos elementos de la pintura naif pero con un añadido que sacude la columna vertebral del crítico más intolerante: cada escena ocurrió de veras aunque de un modo más trágico, cada pintor recrea una escena que vivió con angustia, cada personaje es el reflejo de una persona que vivió una película imborrable, muchos de esos modelos, tal vez incluso los imaginarios, murieron ahogados.

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¿Quién puede negarle unas lágrimas a esa madre que ve cómo su bebé se le aleja en un mar embravecido y cruel? ¿Quién puede permanecer sereno ante la mirada de esa mujer que ve ya sin fuerzas un barco en el horizonte? ¿Cómo criticar ese cuadro de colores estridentes y chillones que describe con la inocencia de un párvulo una ola que es más bien una montaña y que sepultó la vida de setenta y cinco mil personas sólo en esta ciudad? ¿Cómo describir sin rozar la locura esa mano que sobresale de un mar agitado? ¿Y si no es una mano sino un bosque de manos?

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Solemne en su fortaleza la mezquita Masjid Raya Baiturrahman ha cambiado su cuidado jardín por un tapiz de escombros y recuerdo entonces esas fotos que muestran un país de escombros, un país que parece otro, un país en ruina que no se corresponde al que está ahí afuera sino que parece, más que un país, una pesadilla reducida a cuadros y fotos y placas conmemorativas y fosas comunes y a noticias de la televisión.

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Pues parece que mi sensibilidad no es la misma que de la del grupo de escolares que se toman fotografías muertos de la risa y se cuelan en las mías en su loco deambular por la sala de exposiciones. Sentada en un cómodo canapé una chica con velo sí comparte mi pena y mira alrededor con aspecto de agobio. De pronto se levanta y se lanza un selfie, que tal vez sea su modo de superar la opresión de las pinturas.

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Han pasado diez años desde que el 26 de diciembre de 2004, a las 7.58, el mar se levantara como una pared de agua que era más bien un rascacielos enfurecido y se desplomase con suma rabia sobre una región somnolienta, castigada y miserable. La Gran Ola sigue presente en las mentes de los que la vivieron, o más bien de los que la sufrieron, mientras que los que aún no habían nacido escuchan las historias del tsunami con la misma devoción que los píos creyentes oyen las historias de Noé y su diluvio en la mezquita, o en la iglesia, o en la sinagoga, porque la Gran Ola ya es una leyenda, un mito, un cuadro, una fotografía, un barco sobre un tejado, un ciudad que ha pasado de la miseria del olvido a ser la envidia de todo un país porque el tsunami le trajo carreteras nuevas, edificios nuevos, política nueva, una visión nueva del mundo, amigos de medio planeta.

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La Gran Ola que todo lo limpia se llevó todo lo malo, se llevó a más de doscientos mil vecinos de esta región, se llevó todo lo bueno, a los seiscientos alumnos del colegio del barrio de Lampuuk, a todas las mujeres de la familia del recepcionista de mi  hotel, a la guerrilla fundamentalista del Gerakan Aceh Merdeka (GAM), se llevó el aislamiento y cambió el miedo al Otro por el miedo al mar. En los cuadros de los artistas locales la Gran Ola no se ha ido del todo. Sigue instalada en la memoria colectiva y así será para siempre, una ola que crecerá conforme pasen los años y los relatos y que formará parte del imaginario colectivo hasta perder la forma y la fama.

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Los más pequeños miran los cuadros, recuerdan las historias de sus padres, se dan codazos cómplices y se parten de la risa.

¿La Gran Ola? ¿Qué Gran Ola?

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