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corazón en la Guarida del Lobo, por Hachero

En el tronco de un árbol reluce flamante un corazón dibujado a punta de navaja. El corazón enmarca dos iniciales apenas reconocibles ya y el entorno, frío y gris, repleto de fantasmas y ecos de órdenes terribles, parece protestar por esta prueba de amor. Lo miro atento, intento descubrir qué clase de enamorado se entretiene en tallar una muestra de cariño en un lugar con tan malas vibraciones. Porque unos metros más allá aún resisten en pie la casa de Hermann Goering, el lugarteniente de Hitler, y más allá se adivina, entre brumas, el poderoso bunker del propio Fürher. El terreno está tapizado de hojas otoñales, procedentes del por otra parte tétrico y hermoso bosque de fresnos y arces, si afinas el oído aún parecen resonar los Heil de las tropas alemanas. ¿Es el corazón acaso una prueba de que el amor triunfa o más bien de que los turistas son un cáncer que desnaturaliza con sus manazas cualquier cosa que toquen? De todos modos no parece el sitio más idóneo para recordar el amor porque, y según Traudl Junge, la secretaria personal del Führer, el tiempo aquí es tan desapacible que el propio Hitler renunciaba a pasear a su querida mascota, el perrito Blondi, que quedaba en manos de un sargento para sus tareas más escatológicas mientras el amo permanecía al resguardo, en su bunker.

Wolfschanze por Hachero

Llego a Wolfschanze temprano una fría mañana de noviembre, el suelo cubierto de hojas rojizas, conduciendo un desvencijado Ford Fiesta desde la cercana ciudad de Ketrzyn, la Rastemburg alemana, donde misteriosamente en la década de los años cuarenta ningún vecino cayó en la cuenta de que apenas a cinco kilómetros de la ciudad se levantaba este entramado de bunkers en el que vivió el propio Hitler durante casi tres años. Y si ellos no supieron verlo, imaginen a los aliados, buscando como locos al escurridizo líder de la locura aria. Es más: casi que cuesta al visitante de hoy comprender qué es eso que ve, invadidos los restos por la naturaleza al modo de la selva del Yucatán en las ruinas mayas o de la jungla camboyana en Angkor Wat.

yo en el bunker de hitler, por Hachero

Llego a Wofschanze una gélida mañana de noviembre

La fría mañana ayuda a sentirse aún más solo, la niebla levita entre los troncos de los arces, se enreda en los fresnos, juguetea con las altas y desnudas copas de las hayas. El suelo cruje en ocasiones, resbala en otras, la humedad reina con una altanería tan grande que su sirviente el musgo se enseñorea de todo lo que sobresale del suelo. ¿Es un tronco o un trozo de pared? ¿Es una estalactita o un hierro retorcido? Aquello parece un montículo natural que sobresale del terreno pero una pintura amarilla anuncia que estamos ante un colosal búnker que ha explotado desde su interior.

Aquí estaba el barracón de las conferencias donde Hitler sufrió el atentado

Restos de la sala de conferencias donde Hitler sufrió un atentado

Wolfschanze por Hachero

bunkers de la Guarida del Lobo, por Hachero

¿Cemento? ¿Hormigón? ¿Árboles?

Las gruesas paredes han aguantado la deflagración pero el techo se ha levantado como un sombrerito para caer tan sólo unos centímetros más allá. Los restos de los ochenta edificios, cincuenta de ellos bunkers, son reconocibles a ratos, camuflados entre la maleza, guiado el visitante por un rudimentario plano que venden en la recepción, marcados los lugares más emblemáticos con gruesos números que sirven de orientación. Aquí vivió el Fürher, allá su guardia personal, esta era su casita del té, aquello el bunker de Bormann, el de Jodl, el de Keitel.

Bunker de invitados en Wolfschanze, por Hachero

Búnker de invitados en La Guarida del Lobo, por Hachero

El búnker de invitados da una idea de la dimensión de techos y paredes

El tétrico y sombrío bosque de Görlitz era el principal recurso de los vecinos de la zona para hacer sus picnics y excursiones hasta que en el otoño de 1940 un nutrido grupo de soldados alemanes ocupó la zona y construyó el que sería el mayor secreto de la Segunda Guerra Mundial: la Guarida del Lobo, Wolfschanze, así en mayúsculas para los estudiosos, el lugar donde habitó el demonio, así en minúsculos para rusos, judíos, izquierdistas, gitanos, polacos y demás víctimas de Hitler. A lo largo de dos kilómetros y medio la Organización Todt (OT) levantó un complejo tan inexpugnable que aún hoy resiste el paso del tiempo, la voladura de los nazis y de los soviéticos, y la inexorable incursión de la naturaleza. La OT estaba formada por la crema de los ingenieros del ejército alemán y empleó entre dos mil y tres mil prisioneros para levantar una cadena de bunkers y edificios civiles que permaneció en secreto durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. La OT tenía mano de obra de sobra para levantar este complejo y mil más: los cálculos más conservadores hablan de un millón y medio de esclavos para sus operaciones, amén de otro tanto de obreros legales. Al frente de la OT se encontraba Fritz Todt (pincha aquí), de quien cogió el nombre, un brillante ingeniero enamorado de la doctrina nazi y responsable último del amplio dédalo de autopistas de la Alemania de los años treinta. En su nómina otros nombres que suenan bastante más, como Ferdinand Porsche, el creador de los míticos vehículos deportivos.

bunker de Wolfschanze, por Hachero

Bunker de Hitler en La Guarida del Lobo, por Hachero

bunker de Hitler

La paradoja de Todt fue que su gran obra de Wolfschanze, la guarida del lobo, fue también su tumba. El 8 de febrero de 1942 Fritz discutió agriamente con el propio Führer porque consideraba que la guerra en Rusia estaba irremediablemente perdida y Alemania se encaminaba a un desastre de grandes proporciones. Las palabras debieron de ser de órdago y aún resuenan por el tétrico bosque. Un altercado que le produjo un estado tal de depresión y agotamiento que resultó evidente a sus compañeros. Horas después, Todt subió a un avión que no pudo ascender más de 30 metros antes de explotar con toda su tripulación a bordo, un accidente que nunca pudo investigarse porque el propio Hitler detuvo cualquier intento de encontrar las causas del siniestro.

bunker de hitler en la Guarida del Lobo, por Hachero

Interior del bunker de Hitler en la Guarida del Lobo

Wolfschanze por Hachero

A finales de 1944 Hitler se sabía ya perdido, tras el fracaso de Stalingrado y el contraataque soviético y decidió abandonar el complejo el 20 de noviembre. Antes de irse del que había sido su húmedo hogar durante casi tres años ordenó destruirlo por completo y los artificieros nazis se esforzaron a fondo. Colocaron explosivos en los bunkers principales, sobre todo los que habían dado cobijo a los gerifaltes nazis, pero la OT había hecho un trabajo tan excelente que las instalaciones apenas sufrieron daños. Cuando el ejército soviético encontró el cuartel general se quedó tan de piedra como los mismos bunkers pero decidieron también volarlo: para nada, como mucho alguna pared derrumbada, alguna cubierta movidita, más grietas.

Monumento en Wolfschanze, por Hachero

El monumento recuerda a los militares polacos heridos y muertos durante los diez años que duró el desminado… ¡¡diez años quitando minas!!

Monumento a los desminador que desminaron Wolfschanze, por Hachero

Un monumento recuerda a los desminadores polacos que fallecieron mientras retiraban las más de 54.000 minas que sembraron los alemanes

En uno de los bunkers usaron hasta ocho toneladas de TNT y el edificio, en su soberbia, levantó caballerosamente su techo para volver a colocarlo en el mismo lugar. Eso sí, los alemanes habían plantado 56.000 minas en el recinto y tanto rusos como polacos estuvieron doce años desminando la zona. ‘No salga de la zona’, avisa antipático el recepcionista, ‘ya sabe: bum bum’. Un monumento recuerda a los artificieros polacos que murieron en el desminado, un trabajo que debió ser de tan agotador como frustrante.

Bunker de Bormann en la Guarida del Lobo, por Hachero