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Tumbada en una cuneta, recostada de modo incómodo sobre un sucio cojín, una abuela reposa. Parece enferma, quién sabe si duerme, se escucha un murmullo. Su rostro está contraído, no sé si sufre, tal vez sea una demente porque, ¿quién en su sano juicio se tumba en una cuneta así? Pero el murmullo no sale de entre sus labios, su boca está cerrada, pienso que el gesto de dolor parece encontrar placidez gracias al sonido. En sus manos algo que parece un transistor. Un transistor de abuela, de las de siempre, un transistor como el que tenía mi propia abuela. El murmullo sale de ahí. Es una voz monótona, una voz que no encuentra el momento de hacer inflexiones. La voz se hace audible pero y0 no entiendo lo que dice. La abuela parece enferma, parece triste, parece abandonada, y da pena verla ahí tirada, en una cuneta de una carretera del pueblo de Ainkawa, al norte de Erbil, en el Kurdistán iraquí.

‘Es siríaco’, me traduce mi amigo Wael, ‘el idioma de los cristianos’. El siríaco es la lengua de los cristianos de Iraq, del sureste de Turquía y del noreste de Siria. Apenas medio millón de personas hablan un idioma de tres mil años de antigüedad. La lengua de Cristo, dicen todos por aquí con rotundo orgullo. ‘Está escuchando la Biblia’, continúa Aiwal, ‘la abuela está escuchando la Biblia’. Antes de la guerra de 2003, que costó el país y la vida a Sadam Hussein, en Iraq vivía un millón y medio de cristianos. Hoy ya no superan los cuatrocientos mil, aunque quien dice que son menos de la mitad: doscientos mil. Desde 2003 han destruido sesenta iglesias y asesinado a más de siete mil en un flagrante caso de limpieza étnica, o más bien de genocidio, que no es sino un nuevo episodio en un proceso que comenzó décadas atrás y que ha despoblado el país de cristianos (y de judíos). La abuela encuentra consuelo a su éxodo escuchando la Biblia en un idioma que es arameo y que, dicen, usaba Cristo. Dormita escuchando versículos, ha comido patatas y ha bebido un zumo de naranja que le ha dado una organización humanitaria francesa en el interior del centro comercial que hace ahora las veces de centro de refugiados en Ainkawa y que se levanta justo enfrente. Probablemente viva ahí. Con otros cientos de cristianos que se hacinan en un edificio en obras, a medio construir, con otros miles de cristianos que se reparten por toda la ciudad, con otras decenas de miles que deambulan por el norte de Irak esperando que el Estado Islámico se repliegue y les devuelva sus casas.

El Señor es mi pastor, sentencia el transistor, con Él nada me falta…

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