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Abdel quiere enseñarme un vídeo en su móvil. ‘Es fuerte’, me avisa mientras pulsa el play. En la pantalla un control de yihadistas del Estado Islámico detiene a tres grandes camiones en la autopista que une Bagdad con el norte de Irak. Un barbudo reúne a los tres camioneros, les interroga sobre religión, cuestiona que sean sunitas y les afea que quieran engañarlo. Los tres hombres tiemblan, enseñan unos documentos al borde de la desintegración, juran ser suníes y no chiítas, responden torpemente a las preguntas. El examen termina y los tres camioneros han suspendido así que los llevan a la cuneta y les disparan en la cabeza. Luego queman los camiones. ¿Estos son los vídeos que se pasa aquí la gente?, le pregunto. Abdel encoge los hombros y sonríe con sonrisa triste. ‘También está en el youtube’, me contesta.

‘Esta es nuestra vida’, dice Abdel, ‘desde que nací he visto guerra, muertos, desolación’. Abdel lo dice con pesar pero también con cierta naturalidad. Realmente Abdel no se llama Abdel pero no me atrevería a dar su verdadero nombre porque el simple hecho de contar su historia ya pone en riesgo su vida. Los jóvenes de Irak se intercambian vídeos horrorosos, vídeos que harían vomitar a cualquiera, los miran con repulsión y cambian para ver otros. Son vídeos que no llegan a occidente y que ponen los pelos de punta. Pienso en los jóvenes occidentales, intercambiando vídeos porno, vídeos de risas, vídeos de inventos caseros, de ocurrencias. ‘Es triste, sí’, reconoce Abdel, ‘pero son los vídeos que aquí graba la gente por la calle’. En otro vídeo un barbudo del Estado Islámico muestra a una multitud una cabeza recién degollada. Es una cabeza igualmente barbuda, con una gran melena de pelo sucio. El yihadista adoctrina al gentío, golpea el despojo, grita. Pero de pronto, de entre la multitud, sale una mujer: es la madre de la cabeza y le grita al joven indignadísima: ‘es mi hijo y es de los vuestros’. El barbudo menea la cabeza con pesar, mira la cabeza y la multitud se disuelve. ‘Ahora mire este’, me dice mientras cambia de pantalla. Dos hombres vestidos con chilaba tiemblan ante un cúmulo de cuerpos, sobre un gran charco de sangre. ‘Estos sí que son sunitas’, me explica Abdel, ‘pero los enmascarados ahora son chiítas’. A su alrededor un grupo de hombres armados les gritan, les acusan de formar parte del Estado Islámico, les golpean, les dan patadas. Uno de los desgraciados, un anciano, se mantiene firme y serio pero el otro hombre llora. Finalmente descargan sus metralletas y la pirámide de cuerpos inertes se incrementa. Abdel se indigna: ‘tan sólo eran civiles…’.

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‘Papá’, preguntó en una ocasión Abdel a su padre intrigado por esos términos que escuchaba en el colegio pero que no lograba identificar, ‘¿nosotros somos sunitas o chiítas?’ Abdel recuerda nítidamente cómo su padre se levantó del asiento, llegó a su lado y le propinó un sonoro bofetón. ‘Somos iraquíes’, le espetó serio, ‘recuerda: somos iraquíes’. Abdel rememora con nostalgia su duda religiosa, el bofetón de su padre y los tiempos de Sadam Hussein. Nacido en Bagdad, en el seno de una familia media, Abdel recuerda de su infancia que con apenas tres años cambiaba de casa frecuentemente porque su padre, que era oficial en el ejército de Sadam Hussein, luchaba contra Irán en los terribles ocho años de aquel conflicto. Abdel lo recuerda como un mundo de juegos, el mundo de la infancia, y cuando coincidimos con los refugiados Abdel se desvive en mimos con los niños. ‘Me veo a mí mismo cambiando de sitio permanentemente’. Claro que hay una diferencia: estos son expulsados, Abdel era hijo de un militar. Pero aún así tiene más puntos de coincidencia que yo, que nací en Huelva. ‘Mi madre lo llevaba fatal, la recuerdo siempre triste’, dice Abdel. Con ese inicio vital, la vida de Abdel, y de los iraquíes en general, fue una cuesta abajo sin frenos. ‘En aquella época podías hacer muchas cosas: ir al colegio, o a la universidad, ir al trabajo, cualquier cosa… siempre que no te metieras en política’. Curioso, me digo, porque es lo mismo que me decía mi padre de los tiempos de Franco. ‘Se vivía bien, lo único que no podías hacer es meterte en política’. ¿Sadam como Franco?

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Claro que todo es susceptible de comparación. Mejor Sadam que un país incendiado y salpicado de coches bomba. Mejor con Sadam que con barbudos yihadistas que decapitan al primero que pillan por la calle. Mejor con Sadam que sin un gobierno claro, con la anarquía como líder. Mejor con Sadam siempre que no fueras disidente, kurdo, opositor, claro. ‘En esa época no había diferencias entre sunitas y chiítias, entre cristianos o yazidíes, ni siquiera sabía que mi familia era sunita’. La guerra Irán Irak, con ser horrible y dejar el país lleno de tumbas, viudas y huérfanos, no fue lo peor. ‘Las cosas empeoraron con la guerra del golfo y contra los Estados Unidos’, dice Abdel, comenzó el bloqueo ‘y durante ocho años nadie vio una pepsi o una coca cola, ni siquiera plátanos: cuando vi el primero ya era un adolescente y flipé…’. Pero las cosas aún podían empeorar y para Abdel el inicio del infierno no fue la guerra contra Irán, la guerra contra los Estados Unidos ni el bloqueo internacional. ‘A partir de 2003 todo fue mucho peor’. Trato de imaginar un escenario más dantesco que lo explicado hasta aquí. En vano. ‘Irak se convirtió en la anarquía’, define Abdel la situación, ‘atentados con pistoleros, secuestros, coches bombas, asesinatos selectivos y colectivos, extorsión, todo ello aderezado con frecuentes cortes de electricidad y desempleo’. Sus estudios en la universidad se alargaron porque llegar a clase era todo una odisea. ‘Mi padre me regaló un cochecito pero siempre me topaba con disparos, un coche que acababa de explotar, algún muerto… Una vez me di de frente con un tiroteo entre sunitas y chiítas, tuve que esperar a que acabaran de pelear y me tiré al suelo para evitar los tiros, estuve treinta minutos con la cara pegada al asfalto y cuando me levanté estaba rodeado de muertos, pero no sabía quiénes eran ni por qué habían muerto… Llegué tres horas tarde al examen y tuve que volver a hacerlo en verano… y eso que me lo sabía muy bien…’ Abdel estudiaba ingeniero de comunicaciones y la carrera fue otra odisea. ‘Cuando comenzaba el calor tenía que estudiar a la luz de unas velas en el cuarto de baño, el sitio más fresco, metía en la bañera cubos de hielo y me quedaba horas en soledad, estudiando…’.

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Desde 2003, las calles arden en Irak. ‘¡Cuántas veces me han robado el móvil, una vez incluso me dispararon una ráfaga de metralleta porque me resistí y terminé dándoselo porque, ¿vale la pena morir por un simple teléfono?’. Abdel parece haber vivido varias vidas y que todas le hayan causado cicatrices indelebles en lo más profundo de su espíritu pero sin tocar su educación. ‘Mis padres me educaron para no hacer daño, para ser amable, servicial, para tener siempre una sonrisa en los labios’. Pero, ¿cómo sonreír en Irak, en esa Irak de 2003? ‘En mi pandilla éramos cinco amigos, cinco colegas que siempre estábamos juntos, que jugábamos desde pequeños, que crecimos al tiempo: ahora sólo queda vivo uno que emigró a los Estados Unidos y yo, que estoy aquí’. Aquí es el norte de Irak, en zona segura, zona de kurdos, un territorio que se desarrolla de modo autónomo frente a Bagdad. ‘A uno de mis amigos tuve que recogerlo después de un coche bomba: no quedó nada reconocible, sólo trozos’. Y con todo, no fue el único. Otro amigo murió del mismo modo, pero al menos su cuerpo era un cuerpo, y otro más, que falleció por disparos, tuvo también un entierro digno. En la pantalla del televisor el FC Barcelona se esfuerza por ganar a un equipo menor. ‘Pues te fastidias’, me dice Abdel, un madridista acérrimo. Aprovecha entonces una interrupción del encuentro para mostrarme más fotos en su teléfono móvil: un amigo militar que lucha contra el Estado Islámico en primera línea, el hombre mira a la cámara con gesto serio. ‘Parece convencido de que va a morir’, me dice Abdel como leyéndome el pensamiento. Luego aparece un hombre enyesado de pies a cabeza, con semblante alegre, está en una cama de hospital, ‘es policía, le explotó una bomba de ISIS’, me dice Abdel mientras pega una profunda calada a la narguile con doble manzana que humea a su lado.

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‘Yo era uno de los encargados de las unidades móviles para hacer enlaces en directo con cadenas de todo el mundo desde Irak’. Trabajo entonces no le faltaba, pienso. ‘Soy ingeniero de comunicaciones, era técnico para directos de diversas cadenas, desde la BBC World a Al Jazeera, de la NBC a la CNN’, aunque tuvo que dejarlo porque Al Qaeda envió una carta a sus padres: un vecino lo había visto en una unidad móvil y el chisme se propagó por la ciudad hasta que llegó a oídos de los terroristas. Elija usted, le decía la carta, o deja el trabajo o matamos a su familia. Durante tres años vivió escondido, no pudo ni verlos y ahora trabaja en un hotel al norte de Irak, en una zona que se comporta de modo autónomo y que ve a los árabes como el enemigo. Él es el enemigo, el árabe de Bagdad, el hijo de un oficial del ejército de Sadam, los que supuestamente gasearon a los kurdos en Halabja y pueblos de alrededor, el que oprimió al pueblo kurdo durante décadas. Ahora se busca la vida lejos del trasiego de los directos y de las unidades móviles, una vida que pasa a través de sus relatos y de las fotos de su móvil con una irresistible nostalgia, la vida que soñó y que alcanzó y que perdió por culpa de los radicales que han convertido su país en un infierno. Emigra, le digo. ‘¿Para qué? ¿Para llevar una miserable vida de refugiado en un país occidental?’. Abdel tiene orgullo, tiene memoria, tiene mil imágenes en las retinas y se niega a arrastrarse en una sociedad desconocida que sospecha tiene mucho que ver con lo que le ocurre a los suyos. ‘Al fin y al cabo el dinero viene de allí’, dice convencido, ‘ya sea directamente o a través de los wahabitas…’

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