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Ya no hay cruces en Nínive. Las pocas que permanecen en pie están en Erbil, en Ankawa, en Dohuk, algunas están hechas con palos, otras con gomillas, las hay que sólo son dos dedos cruzados y están también las que enseñorean las iglesias que tuvieron la suerte de erigirse en territorio seguro. No importa dónde se hayan refugiado los cristianos, siempre hay cruces: a las puertas del centro comercial a medio construir de Ankawa, donde se refugian muchos cientos de desplazados, te recibe una cruz que oscila con las corrientes, los refugiados mismos hacen el símbolo de la cruz, una virgen por aquí, un rosario por allá. El cristianismo de la región no tiene nada que ver con el que conozco, con el que he crecido, con el que he compartido toda mi vida: aquí la cruz es un orgullo. Tal vez por eso los barbudos yihadistas del Estado Islámico las han destruido todas, sistemáticamente, con rabia y odio, los cristianos han desaparecido del norte de Irak, donde esta religión pervive desde el siglo I, y la comunidad internacional escucha con oídos sordos una palabra que da miedo: genocidio. Curiosa palabra: genocidio, acabar con un gen, con un pueblo, una religión, incluso acabar con una idea política.

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En Europa, a ciertos temas, se suele reaccionar tarde y mal: se reaccionó con ira al genocidio rwandés cuando ya casi no había tutsis para matar. Se reaccionó con curiosidad al genocidio de Timor Oriental cuando apenas había timorenses que asesinar. Se reacciona con desconocimiento al genocidio del pueblo armenio a manos de los otomanos a principios del siglo XX, o al ‘Porraimos’, el genocidio gitano a manos de los nazis, se reacciona con indiferencia al genocidio indígena de Guatemala, al de los pueblos caucásicos, como los chechenos, a manos de Stalin, nadie recuerda los circasianos muertos a manos de los rusos, y qué decir de los genocidios antiguos, los de los caribes, los taínos, los arawak… Resulta cuanto menos curioso que el drama palestino sea capaz de generar tanta solidaridad, merecida sin duda alguna y producto de unos genios de la comunicación internacional, pero da cierto pesar que el resto apenas alcance el mínimo necesario para generar, al menos, indignación en las masas. Los cristianos mueren por miles en el norte de Irak y de Siria pero esta tragedia no provoca reacción alguna (más allá del Vaticano y de comunidades religiosas). Incluso he recibido algún mensaje de anónimos lectores del blog que me conminan a dedicarme a ‘algo más productivo’ que defender ‘a esta gente’. Pero ‘esta gente’ tiene un peso muy importante en la historia, son los primeros cristianos, hablan siríaco, o arameo, la lengua que se hablaba en la zona hace dos mil años, sus tradiciones son milenarias y si desfilaran por alguna avenida española el público los tomaría por ‘moros’ porque su aspecto físico no varía demasiado del resto de pueblos de la región. Sin embargo, su drama no encuentra eco. Y mucho menos lo que sufren: genocidio.

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Pasqale Warda fue ministra en Irak y asegura rotunda que ‘los cristianos sufren un genocidio en Irak’. Lo dice también el profesor Raad Salam, doctor en filología árabe y en estudios islámicos: ‘lo que sufren los cristianos de Irak es un genocidio’. El Vaticano avisa: ‘hay que detener el genocidio de cristianos y de otras minorías que tiene lugar en Siria e Irak’. Por primera vez en la historia no hay cristianos en Mosul: están en Erbil, en Ainkawa, en Dohuk, en territorio kurdo, protegidos por los pershmergas y por las fuerzas internacionales. Hay cristianos tumbados en los arcenes, en los jardines, ocupando patios de iglesias, edificios abandonados, centros comerciales a medio construir, deambulando por las calles, hay cristianos desesperados porque les han arrebatado todo, hasta la posibilidad de huir con familiares a otros países, un drama que se acrecienta cuando te aseguran que tienen dobles y hasta triples nacionalidades, que cuentan con visados para entrar en Europa, cartas verdes para huir a los Estados Unidos, permisos y salvoconductos que quedaron atrás, en sus casas y hogares, dejados precipitadamente porque se trataba de recoger unos papeles o salvar la vida. La palabra genocidio comienza a imponerse en los medios de todo el mundo, desde USA Today  a Le Monde, una palabra que se emplea con miedo, con cuentagotas, pero que no deja de esconder un holocausto de proporciones gigantescas, un genocidio que va más allá de los cristianos y que afecta también a los yazidíes y a los chabakíes, un genocidio lento y atroz, silencioso e ignorado, una catástrofe sin apenas publicidad ni público interesado. Un genocidio perfecto: el sueño de cualquier genocida. Un genocidio silencioso.

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