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 A las puertas de un contenedor, frente a una fila de ropa goteante que tardará en secarse porque las corrientes de aire son frías y malsanas, me observan tres sillas. Yo también las observo. ¿Quién las ha pintado? ¿Y por qué? ¿Y qué significan esos dibujos? ‘Son las sillas de la familia de Ziad, el policía’, comenta un abuelo que deambula errático y meditabundo. ‘Lo pone ahí: ¿ve? Po-li-cía’, dice con cierta guasa el abuelo. Pues es cierto: po-lic. Y a mi lado un gigantón lo confirma: ‘son mis sillas’.

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Ziad Khalid es un gigantón con una sonrisa tan triste como su mirada. Tras su bigote unos ojos inquietos no pierden detalle de su alrededor y me miran con mirada triste. A su lado está su esposa, Afaf Nafa, con una mirada no menos triste y con unos ojos también acuosos. ‘Soy oficial de la policía’, me dice Ziad mientras toma entre sus brazos con una llamativa delicadeza a su sobrino, ‘y le voy a contar qué me ocurrió’. Su mujer no puede más y se va con un deje dramático a su improvisado hogar, un contenedor situado en el interior de un edificio a medio construir en Ankawa, al norte de Erbil, en el Kurdistán iraquí. ‘Hacíamos guardia en un control de carretera a las afueras de Qaraqosh junto a los peshmergas cuando nos avisaron de que venían los del Da’esh (el Estado Islámico)’. Serían las dos y media de la madrugada cuando los kurdos recibieron una llamada de teléfono: abandonen el lugar. ‘Ni siquiera pidieron apoyo en forma de fuego aéreo o algo así: a las tres de la mañana los yihadistas habían conquistado el check point…’.

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A su espalda las sillas tienen un toque exótico, son sillas de comedor, de salón de casa, de estancia familiar, dan sensación de formalidad, de noche especial, de visita de primos lejanos. Pero están sucias y pintarrejeadas en árabe. En un contexto desabrido y deprimente, con abuelos que se acuclillan en las esquinas para rumiar su pena, el suelo de cemento sin pulir, mujeres que cargan bidones de agua y niños que se aburren siempre en medio de corrientes asesinas, las sillas parecen una presencia de otro mundo. ‘Es lo único que salvamos’, dice furibunda Afaf, que vuelve del interior del contenedor. ‘Nos morimos’, dice con lágrimas en los ojos, ‘mi marido necesita medicinas especiales porque está muy enfermo y aquí no hay nada, mi hijo tiene asma y aquí no hay ni inhaladores y la humedad y el frío son asesinos, nos morimos y no le importa a nadie’, vuelve a gritar enfadada y se va. Ziad nos mira con mirada triste y se excusa: ‘discúlpela, éramos clase media, teníamos una vida muy normal y nunca hemos pasado por nada parecido, es difícil de explicar lo que se siente, la impotencia, el miedo, estamos hundidos, no tenemos ni pasaportes…’ En la planta superior un abuelo barre el suelo mientras nos observa triste él también. El edificio a medio construir y repleto de refugiados cristianos que han huido del Daesh es una esponja que absorbe tristeza.

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‘Los de ISIS tiraban desde lejos y una bomba cayó en un edificio cercano a nuestra posición y mató a una mujer y tres niños así que sin el apoyo kurdo y con el aliento de los yihadistas tan cerca, abandonamos la posición nosotros también…’ A partir de ahí, la historia de siempre: precipitada recogida de bienes, maletas a toda prisa, llena el coche, las llaves, los niños, dónde has puesto el dinero, demasiado tarde y arranca porque los yihadistas ya están acercándose. ¿Quién en su sano juicio se lleva unas sillas? Formaban parte del todo, claro, las sillas, la mesita, la ropa sin doblar, aquel cuadro que no quiero dejar atrás. De Qaraqosh a Duhok, de Duhok a Erbil. Dos huidas por los pelos en apenas un mes. Y de todo, tan sólo las sillas siguen ahí, observando cómo las observo mientras Ziad derrama unas lágrimas que lucen extrañas en un hombretón de su porte.