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Emat vive en una tienda de campaña del campo de refugiados de Horsham, al norte de Irak, una tienda tapizada de alfombras y sin apenas más mobiliario que un colchón y un par de maletas recogidas en un rincón. Pero Emat tiene un portátil, un router por satélite y un smartphone. ‘Hay que estar informado de todo’, sonríe pícaro, ‘y así aprovecho para buscar trabajo porque nunca se sabe…’. Emat abandonó Mosul cuando se hizo evidente que los yihadistas del Estado Islámico, ‘dígales mejor Da’esh’ (algo para ser pisado, en árabe), se habían instalado con intención de quedarse mucho tiempo. ‘Discuto con ellos’, me dice, ‘por internet, discuto con ellos por internet’, y entiendo entonces que Emat los reta por chats y se tiran los trastos a la cabeza. A su lado está su íntimo amigo, un amigo sin nombre y sin rostro, aunque sí tiene profesión: es bombero. ‘He sido bombero durante veintitrés años’, me dice, ‘he ayudado a mucha gente, a musulmanes, a cristianos, a yazidíes, pero ahora todo eso no vale de nada, y además no puedo ayudar a los que se quedaron’, se lamenta, ‘pero no quiero decirle mi nombre ni que me haga una foto porque le tengo tanto miedo a Facebook o twitter como a los de Da’esh: ellos ven internet, pueden localizarte e ir a por ti, están siempre pendientes y yo les tengo mucho miedo’. Amet no parece temerles y se conecta a internet con su inmaculado router blanco, que contrasta con el pedregal en el que se levanta el campamento. ‘Si los encuentro…’

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Emat tiene motivos para odiarlos: los yihadistas del Da’esh le han trocado una vida cómoda por una miserable existencia. ‘En Mosul yo era funcionario del estado iraquí, tenía una casa grande, de doscientos cincuenta metros cuadrados, con un gran salón, jardín, un buen coche, buenos muebles’, recuerda nostálgico, ‘pero cuando el Da’esh se aproximó a Mosul el ejército recibió la orden de abandonar la ciudad y cuatro horas antes de que entraran los yihadistas ya no había ni un solo soldado’. Los barbudos, recuerda el anónimo bombero, pronto se multiplicaron y comenzaron a imponer sus normas. ‘Las mujeres no son nada, los cigarrillos están prohibidos y si te cogen fumando te arriesgas a una paliza, la música no está permitida, las cinco oraciones del día son obligatorias y si te pillan por la calle te arriesgas a una paliza, o a algo peor, e imagine usted una gran ciudad que tenga que cerrar comercios y oficinas cinco veces al día…’, ‘son como los talibanes’, le interrumpe Emat, ‘sólo cambia el nombre…’. Emat y su amigo el bombero son árabes sunitas y a pesar de la escasez de agua pronto aparecen teteras con té hirviendo. ‘Cuando nos levantamos aquel día los vimos ya patrullando por las calles y esperamos una semana a ver si cambiaba la situación pero todo seguía igual’. Entonces huyeron de la ciudad: ‘al principio pensamos que la huida sería temporal porque Mosul es una gran ciudad y uno no puede imaginarse que el ejército permitirá ese escarnio mucho tiempo’, pero el tiempo pasa y comienzan a perder la esperanza. ‘El problema’, dice Emat, es que el Kurdistán iraquí es seguro y todos queremos venir aquí: si dejaran las puertas abiertas vendría todo Irak’. Como ellos. ‘Pasé cinco días durmiendo en el suelo ante un check point de los peshmergas kurdos porque no querían que entráramos: al final se apiadaron y nos dejaron pasar’. El bombero se indigna. ‘Yo ganaba 1300 dólares, tenía una buena posición, y mi trabajo era ayudar, pero vestido de uniforme y considerándome agente… me dio miedo de que me ejecutaran y yo también huí…’ Le pregunto a Emat por su casa. ‘Ahora viven yihadistas dentro, me lo han dicho algunos vecinos que siguen en la zona…’

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Emat se conecta a internet. ‘Los soldados iraquíes se cagan cuando ven a los barbudos’, dice sonriente, ‘los norteamericanos siempre han jugado con los árabes, no podemos confiar en ellos, pero al menos tienen un ejército potente y pueden hacer algo: pero de los iraquíes, permítame reírme…’ El ejército norteamericano es su última esperanza, una esperanza en la que no confían demasiado. ‘Si hubieran hecho algo cuando esos barbudos eran pocos’, comenta, ‘esto no habría crecido tanto pero ahora son miles…’ El anónimo bombero ni se acerca al laptop, no vaya a captar su imagen la cámara. ‘Me da miedo todo’, admite, ‘los cristianos al menos tienen familia fuera del país y la esperanza de reunirse alguna vez con ellos, pero nosotros… nosotros no tenemos a nadie’. ‘Sí tenemos’, le dice Emat. ‘Nos queda internet…’