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Junto a un horno de barro una mujer se arrodilla con un cubo en sus manos. Me mira, nos mira, se sonroja y comenta: ‘mientras está caliente el horno nos sirve para secar ropa’. La vida es difícil en un campo de refugiados, donde un coro de suspiros rompe la noche, donde las historias deprimentes y depresivas compiten en crueldad, donde los recuerdos se cuelan en unas mentes que apenas tienen más tiempo que para pensar en cómo llenar estómagos y evitar el frío. ‘Yo vengo de Sinjar’, me dice la buena señora a través de Wael, mi amigo y traductor, ‘pero no quiero que me fotografíe el rostro porque los yihadistas del Da’esh pueden reconocerme y vendrán a buscarme’. El miedo de los desplazados por el Estado Islámico a que reconozcan sus caras, a que los localicen por Facebook, a que la pesadilla regrese me parece de lo más llamativo pero está muy extendido.

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‘Yo soy kurda’, dice, ‘y llevo ya tres años sin marido desde que se mató en un accidente de tráfico porque él era militar del ejército iraquí’. La anónima mujer sin rostro saca la ropa del fondo del horno de adobe y nos la muestra: está seca. ‘Ahora haré pan’. Me admira que ese montículo colocado en mitad de un polvoriento camino en medio de un campo de refugiados perdido en el norte de Irak tenga tantos usos.

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‘Da’esh llegó avisando por megafonía’, dice, ‘y nada más entrar en Sinjar se llevaron a muchas mujeres y mataron también a muchos hombres’. La anónima panadera recuerda con cara de horror ‘niños asesinados por los yihadistas, aviones sirios bombardeando los edificios que los peshmergas habían abandonado y ahora servían de cuarteles a los Da’esh (o Estado Islámico)’. ¿Aviones sirios atacando territorio iraquí? ¿Está segura?, le pregunto a la anónima panadera: ‘sin duda’, me dice, y recuerdo entonces que las chabaquíes que conocí poco antes aseguraban lo mismo: los aviones eran sirios. ‘La mayoría de mis vecinos huyó a las montañas pero nosotros salimos antes y seguimos la dirección opuesta’, una suerte que les permitió atravesar Mosul y llegar al Kurdistán iraquí, zona segura. Ahora pasa los días entre el grifo y el horno, con parada obligatoria en la tienda de lona que le proporcionó Acnur. En un barreño reposan las bolas de masa que se convertirán en el típico pan plano árabe. La ropa ya está seca. El horno suelta una bocanada de humo. La vida sigue en este sinsentido.

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