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‘En la ciudad huele a muerto’, me dice Eptisan, ‘he hablado por teléfono con algunos vecinos que no pudieron huir del Da’esh y nos dicen que mi calle huele a muerto porque los yihadistas no recogen los cadáveres’. No resulta fácil conocer a un chabakí, sobre todo porque viven repartidos entre Mosul y un puñado de aldeas al norte de Irak, en las montañas de Sinjar, en la remota región de Nínive, que me trae recuerdos de las clases de historia, de Babilonia y de Mesopotamia. Por eso cuando mi amigo Wael me los señala, ‘mira, chabaquíes’, los observo como el que ha ido al museo. Sus historias son tan tremendas como las de todos los que han huido de esta absurda guerra, y la frase de Eptisan, ‘mi calle huele a muerto’ lo atestigua, pero a los relatos increíbles se une, en mi caso, el aliciente de contemplar cara a cara a gente de un pueblo del que sólo he leído referencias lejanas.

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No se sabe muy bien cuántos individuos compone esta misteriosa minoría y las cifras bailan entre los sesenta mil y los doscientos cincuenta mil. En todo caso, su hogar está muy delimitado a un puñado de sesenta aldeas al norte de Irak, aldeas con nombres como Ali Rash, Khazna, Yangidja y Tallara, aldeas que hoy están en manos de los despiadados yihadistas del Estado Islámico, ISIS, de donde han expulsado a decenas de miles. ‘Los vimos venir desde lejos’, me cuenta Nur Hisian, una hermosa adolescente de doce años, ‘y nos subimos a la segunda planta de nuestra casa, mamá estaba aterrorizada porque los pershmergas habían huido y no había nadie para detener su avance…’

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Nur, la chabaquí que huyó del norte de Irak

Los chabakíes, que suelen vivir junto a yazidíes y cristianos, se prepararon para lo peor. Abderrahman tiene once años y recuerda que la mayoría de los yazidíes huyó a las montañas porque los yihadistas ‘venían con mucha gente y con sus banderas negras, y estaban como locos buscando yazidíes y chiítas, ellos sí les plantaban cara porque sabían que querían matarlos, pero al final los mataban de todos modos porque se resistían’. Vienen de Kokjali, dice, y asistieron a la destrucción de la mezquita, desde la que un grupo de resistentes plantó cara a los yihadistas. No quedó ninguno de los defensores y los chabaquíes que pudieron, huyeron con lo puesto.

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Nadie sabe a ciencia cierta quiénes son estos chabaquíes. Ellos afirman proceder del norte de Irán y aseguran que sus antepasados eran los soldados del sha Ismail I, un azerí que reunificó Irán y extendió el chiísmo por la región, aunque también se dice que el tal Ismail era un importante poeta sufí en secreto y que por eso esta gente mezcla conceptos chiítas con otros más propios del misticismo sufí. Para terminar de enredar la madeja los iraquíes se dividen entre los que los consideran kurdos persas y los que creen que no son más que turcos de la Anatolia. El caso es que los chabaquíes han sido poco menos que casta inferior durante siglos, considerados los más pobres entre los pobres, hablantes de un extraño idioma que mezcla árabe con turco, persa y kurdo y despreciados por sus vecinos. Aunque los yazidíes han alcanzado algo más de fama por aquello de que en sus ritos parecían adorar al demonio, los chabaquíes tienen también una religión de lo más heterogénea.

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Su interpretación del Corán es más literal que la que trata de imponer la Sharía y aunque esto pueda darles apariencia de musulmanes, sus creencias mezclan islam y cristianismo. Por ejemplo, permiten la confesión pública, como los cristianos, y beben alcohol, lo que les crea serios problemas con sus vecinos y mucho más con los disparatados yihadistas del Estado Islámico, que los ven como herejes. Además, no construyen mezquitas sino unos edificios que llaman Khanqah y que sirven para reuniones espirituales. Por si fuera poco, su libro sagrado no es el Corán ni la Biblia sino el Kitab al Managib, o Libro de los Actos Ejemplares, o Byruk, que para liarlo todo aún más está escrito en lengua turca. Un libro que interpreta un líder al que llaman Baba y al que apoya una cohorte de religiosos que sirven como mediadores con el poder divino. A pesar de este cocktail, los chabaquíes están dentro del islam y se dividen en tres tendencias, dos de ellas chiítas y una última sunita. Siempre han vivido mezclados con yazidíes y cristianos, y tal vez de esa convivencia vengan unas tradiciones que parecen prestadas según el momento.

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Desde su posición, en lo más bajo de la sociedad, los chabakíes han luchado por emerger y sobreponerse a su fatal destino pero sus peculiaridades, el entorno y los reveses de la historia no ayudan mucho. El partido Baas, de Sadam Hussein, quiso arabizarlos y que olvidaran su lengua (ellos entonces dijeron que se consideraban más kurdos que árabes pero que no eran ni lo uno ni lo otro), los radicales islámicos siempre los han visto con malos ojos y ahora los orates del Estado Islámico se empeñan en destruir cualquier vestigio de su cultura, sobre todo después de que hayan invadido sesenta aldeas shabak y hayan ejecutado a unos dos mil chabaquíes o expulsado a sus habitantes.

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Aprovecho para preguntarles por los yazidíes, otra minoría que huyó de los barbudos sin que a estas alturas tengamos muy claro lo que ocurrió con ellos. ‘Los yazidíes huyeron a las montañas pero por el camino les atacaban y ya no sé quiénes, si eran los de ISIS, el ejército de Irak o los EEUU’. Eptisan Ahmed Daoud es una mujer de armas tomar, vive en una impersonal tienda de campaña en una larga hilera de impersonales tiendas de campaña contra las que se recortan, al fondo, altos edificios de apartamentos que indican la prosperidad que vive el Kurdsitán iraquí estos días. Pero Eptisan ve la prosperidad ajena como eso: prosperidad ajena porque no tiene salario ni ningún ingreso, tan sólo cinco niños, alguno muy enfermo, y muchas quejas: ‘me piden dinero para medicinas pero no tengo nada’, ‘apenas hay ONGs que nos presten ayuda’, ‘sólo he conseguido un paquete de leche en los últimos días’. Y a pesar del drama, sonríe mientras relata hechos espeluznantes: ‘no sé si han minado mi casa, tengo miedo y no sé si podré volver algún día, esa gente está loca, matan a cuchillo, decapitan, eso no es islam’, el grupo de mujeres chabaquíes se incrementa y forman un corro, desgranan sus miserias, semiocultas tras sus velos, ‘llamo por teléfono a los vecinos que se han quedado y están en estado de pánico, dicen que las calles huelen a muerto porque matan a muchos y no los recogen, mi calle está llena de cadáveres’, otra mujer la interrumpe: ‘mi marido murió por una bomba de ISIS cuando volvía del trabajo…’. Un drama de siglos, el de los chabaquíes, shabak people, que parecen condenados a emular a Sísifo para siempre y jamás, huyendo permanentemente de expulsiones, de asesinatos, de ataques étnicos y religiosos. Me despido con pesar: el de haber conocido a una minoría esquiva, presente tan sólo en el norte de Irak, hundida en el pozo de la tragedia.

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