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Cuando cae la noche en Harar las hienas salvajes cruzan la pradera, se internan entre acequias y cultivos de khat, rodean los primeros grupos de viviendas, suben una cuesta jalonada de mandíbulas bovinas y entran en los barrios residenciales. Y allí pasean indiferentes, entre mujeres cargadas con tinajas, niños ensimismados en sus juegos, incluso veo un gato que husmea despreocupado. Las hienas pasan a mi lado como si yo no existiera y noto que se me eriza la piel. Son hienas salvajes, unos carroñeros trituradores de huesos que también atacan presas mayores como ñus, antílopes, jirafas o incluso humanos. Las mandíbulas de ese animal que deambula ante mis narices tienen la mordida más fuerte de los mamíferos carnívoros, nada menos que tres toneladas por centímetro cuadrado, y aunque tengan fama de carroñeros se alimentan tanto de cadáveres como de presas vivas. Sus mandíbulas trituran y pulverizan huesos de cualquier animal y debido a eso precisamente su leche es la más rica en calcio de los depredadores.

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Por esta colina de mandíbulas y cornamentas aparecen las hienas al caer la noche

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Ahirardin se acerca entonces con un cubo lleno de despojos, grita un extraño nombre con un chillido que hiela la sangre y el brillo de los ojos de la bestia ilumina la oscuridad. ‘Ya lo hizo mi padre y antes que él, mi abuelo’, me dice serio mientras calcula la distancia a la que se encuentra la hiena. El animal se encarama sobre un contenedor de basura, rebusca entre los restos, pisa una bolsa llena de hojas de khat, le da exactamente igual que me acerque a tomarle una foto. Con flash, claro, porque la oscuridad es casi total.

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Al fondo, en el callejón, brillan los ojillos de la bestia

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Allá a lo lejos brilla tenue y mate una farola. Me acerco con evidente temor. Recuerden: una bestia devoradora de bestias. La hiena me ignora, sigue rebuscando entre la basura. Ahirardin grita su nombre de nuevo: el animal baja ceremonioso para recoger su premio. Un trozo de carne. ‘Antes eran hombres como tú o como yo’, le contaron al escritor Tahir Sha en su visita a Harar, ‘pero estaban todos enamorados de la hija del Emir y cada noche intentaban trepar por la muralla para entrar en su habitación del palacio’. Al Emir se le calentaron los cascos y los convirtió en perros rabiosos. Sin embargo las hienas no son perros, aunque compartan algunos comportamientos con ellos (como cazar con la boca y no con las patas) pero también tienen cosillas de gatos: se acicalan constantemente y marcan su territorio con olores. A Tahir Sha le aseguraron que estas hienas guardaban nada menos que el oro de las minas del rey Salomón y que alguna aparecía de cuando en cuando con un pendiente dorado. ¡Quién sabe! ¡Más bien las imagino con cuchillo y tenedor asistiendo al ágape!

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Si matas a una hiena, nacerán diez más, me dice un muchacho eritreo sentado a mi lado, ‘así que si se llevan a un niño no podemos hacer nada porque sería peor’. La hiena merodea envuelta de oscuridad, su característica chepa iluminada débilmente por la tenue luz de la farola, parece un peluche inocente que camina estresado por terreno extraño. Pero esa chepa tiene una capacidad muscular que prepara el cuello para hincar los dientes con la fuerza de una locomotora. En cualquier otro lugar uno correría como un orate para poner a salvo la vida. No hay que irse demasiado lejos para escuchar historias terribles de estas mismas bestias que atacan ganado, que se atreven incluso con los vehículos que atraviesan sus territorios, que raptan niños para devorarlos. Pero en Harar hay carta blanca: tanto que incluso tienen un blog. Las hienas y los seres humanos se respetan, se cruzan, se miran despreocupados. Les falta saludarse. Y eso hace Ahirardin. Del cubo saca tiras de carne a medio pudrir, las coloca en un palito y les da de comer de boca a boca. El animal lo rodea tímido, roza sus hombros, se aleja y vuelve, por segundos pierde vergüenza, el bicho que en la penumbra parece un simpático peluche se convierte en una bestia amorfa y jorobada que genera pesadillas cuando saca la dentadura al estilo Alien.

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‘Les atrae esa montaña de huesos de ahí atrás’, me dice el muchacho eritreo, ‘son los restos de la carnicería cristiana’, me aclara. Y ahí parece que radica el origen de esta extraña simbiosis entre las hienas y los seres humanos. Dicen las crónicas que Nur Ibn Mujahid, el emir de Harar, quién sabe si el mismo que convirtió en hienas a los pretendientes de su bella hija, ordenó levantar una muralla alrededor de la ciudad para evitar la invasión de los ejércitos cristianos. Las paredes aislaron la ciudad durante siglos pero apenas unos días después de levantadas las primeras hienas se colaron atraídas por el terrible olor a carne podrida de las carnicerías. Dicen que solucionaron un problema que no sabían como solventar y que hasta les hicieron unas pequeñas entradas en las murallas para facilitarles el acceso. Recuerdo entonces la colina de mandíbulas a tiro de piedra de donde estoy. Miles de huesos de ganado descuartizado. Dos muchachos bajan a trompicones, el olor es hediondo, sobre todo hay mandíbulas de vacas. Veo dientes por doquier.

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Pero hay quien dice que no. Que la tradición de alimentar hienas comenzó no más de tres o cuatro generaciones atrás, cuando una terrible sequía puso en peligro al ganado y decidieron alimentar al principal enemigo para evitar males mayores. La tradición ha pasado de padres a hijos y hoy varias familias de la ciudad mantienen con orgullo su condición de ‘hombres hiena’. ‘Si me donara cien birrs’, me dice Ahirardin, ‘ya tengo solucionada la comida de la semana’, y le alargo un billete que al cambio son cuatro euros. ‘¿Es un espectáculo para turistas?’, le pregunto mientras busco en vano algún extranjero. ‘Si vienen, bienvenidos, pero aparecen muy de cuando en cuando y yo las alimento todos los días’.

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Claro que el espectáculo es goloso y algunos listillos se han organizado para ofrecer tours a los pocos extranjeros que se aventuran por aquí. ‘Las hienas nunca entran en la ciudad’, me miente un supuesto guía para venderme un paseo fuera del pueblo, ‘tienen miedo de la gente porque la ciudad ha crecido mucho’, sigue mintiendo el bellaco, ‘por eso es mejor que alquile un vehículo y vayamos al campo a verlas’. Y es cierto que también deambulan por el campo, en los alrededores de la ciudad, pero no es menos cierto que entran en la misma, no en el corazón amurallado como hacían antes, pero sí en los barrios periféricos. Como en el que estoy.

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De pronto, otra hiena más. Hairardin las llama a voces, cada una por su nombre, en una extraña mezcla de inglés y oromo. En todo caso, ininteligible. Una muchacha a mi lado se sienta y las alimenta con la boca. Un hombre casi alarga la mano para acariciarlas. Las hienas vienen y van, hacen grupo con el gatito, desaparecen en la negrura y vuelven a aparecer. En la Ashura, el sagrado día islámico que tanto celebran los chiítas, las hienas tienen un papel preponderante porque del modo que engullan la comida dependerá la calidad de las cosechas de todo el año. Hoy engullen bien, los palitos saltan de las bocas de los muchachos como impulsados por muelles. Podemos estar tranquilos. Hoy tampoco raptarán a ningún niño para devorarlo en su madriguera de las praderas.

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