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Melaknesh me invita a un café en su casa. La sigo interesado hasta el miserable cuartucho lleno de polvo y trastos donde una mujer se mueve entre sombras con un bebé agarrado al pecho. Es mi casa, dice la niña, y de entre las sombras sale otro pequeño con cara de guasón. Siéntese aquí que le preparo el café en un momentito.

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La niña barre entonces la entrada de su casa, recoge ramitas, hojas, trocitos de madera, una bolsa de plástico. Las amontona en el suelo y busca entonces una yesca: no sin dificultad consigue hacer fuego y entonces coloca sobre la llama un recipiente circular de metal. El plástico alborota el humo, el lugar se llena de niños.

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Melaknesh prepara el café más rudimentario que he tomado jamás. Tiene que hacerlo todo desde el principio. Dice la leyenda que los etíopes descubrieron el café hace siglos y de un modo como poco curioso. Kaldi era un pastor que tenía por delante todo el tiempo del mundo. Sus días eran tan largos como las carreras de sus cabras cerro arriba y cerro abajo. Y, como les ocurre a muchos pastores, detrás de Kaldi había algo más que un cabrero. Se escondía un hábil observador. Y observando observando cayó en la cuenta de que sus cabras corrían con más vigor y como locas, que parecían volar y alguna reía con risa de cabra, cuando comían los frutos rojos de un arbusto muy común en sus paseos. Dicen que el cabrero los probó también y se unió entonces a la loca danza de sus cabras, que lo veían correr cuan orate monte arriba y monte abajo y que nunca tenía sueño. Y entre los muchos que lo vieron se encontraba un monje que escuchó curioso su historia. Kaldi recogió algunos de esos frutos, los envolvió en las propias hojas del arbolito y se los llevó al monasterio para su estudio. Los monjes probaron el mejunje y creyeron obtener la piedra filosofal de todo devoto: el líquido que impedía dormirse y alargar las horas del rezo.

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Melaknesh desaparece nuevamente y vuelve a aparecer con un puñado de granos de café entre sus manos. Los deposita sobre el recipiente y espera a que se tuesten. Cuando les ve buen color los retira y llama a su hermana para que se ponga manos al mortero para machacarlos hasta que queden reducidos a polvo.

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No parece muy real la leyenda, sobre todo por el complicado de extracción de la la cafeína para que actúe en el organismo, pero así la contó Antoine Faustus Nairon,  un cristiano libanés maronita profesor de lenguas orientales y autor de uno de los primeros tratados dedicados al café: De saluberrima potione cahue seu café nuncipata discurscus, publicado en Roma en 1671. Etiopía es, de eso sí hay menos dudas, el origen del arbusto del café. Parece que también es cierto que el café viajó al Yemen, donde fue muy recibido por la comunidad sufí puesto que, como los monjes de la leyenda, podían pasar más horas rezando sin caer agotados. Y desde el Yemen se expandió por la península arábiga hasta perder el nombre y pasar a llamarse coffea arabiga, una de las dos especies que sirven para el consumo humano. La otra, llamada canephora, tiene menos arraigo, sobre todo en América, convertida en bloque a la religión de la arabiga.

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Nuevamente el polvo se ciñe, se espolvorea y la muchacha, una vez más, desaparece tras unas casitas cercanas. Pero vuelve y trae un cubo rojo con agua. La hierve en la misma cafetera mientras el mortero termina su función. El proceso es tan largo como entretenido y no dejo de preguntarme qué haría esta muchacha con una de esas cafeteras de cápsula que te hacen el café en menos de un minuto.

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Cuando el agua hierve, Melaknesh saca la jebena, esa cafetera etíope hecha de arcilla con dos boquillas, al estilo de nuestros estimados botijos. Por la apertura mayor introduce el grano machacado y esperamos unos minutos. Finalmente saca un puñado de sal y se lo echa satisfecha. Porque la sal en el café ayuda a reabajar el sabor fuerte . ¡Y a tomar café!

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