Este post se ha leíd6299veces

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

A las puertas del templo taoísta de Wong Tai Sin, en Hong Kong, los adivinadores ocupan pequeños despachos iluminados por una molesta luz fluorescente. Escojo uno al azar y me toca en suerte, nunca mejor dicho, una vidente entrada en años y en kilos. Parece disfrutar de su aburrimiento cuando la sobresalta mi entrada en un local tan impersonal que la puedo imaginar rellenando formularios para seguros de defunciones. Me pide sentarme y acto seguido me atrapa la mano con cara de iluminada. La palpa, la observa, sigue las líneas con un dedo índice que me resulta especialmente puntiagudo, me mira atenta, aprieta la palma y concluye: ‘usted tiene buena fortuna’. Para tan acertado análisis no necesito vidente, pienso mientras sitúa su dos manos sobre la mía y me dice: ‘blanda, eso es que usted tiene dinero’. Me parece algo simple la relación y me digo que tal vez deba hacer algo más de ejercicio antes de que otra pitonisa me llame gordo en mis narices.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

‘Su fortuna aumentará muchísimo antes de diez años’, masculla mientras sus ojos recorren mi erizada piel, ‘y para entonces usted ya trabajará solo, sin jefes, será todo para usted’. La fortuna parece su único argumento cuando me espeta con toda franqueza: ‘sólo hay un problema’. La miro expectante mientras desgrana un supuesto dolor abdominal que me tortura, y del que no conozco eco alguno, y una evidente contractura en la espalda que supongo se me dibuja en el rostro. ‘Su dinero no durará mucho si continúa dejando que su mujer lo gaste a manos llenas’. Dudo entre soltar una sonora carcajada o indagar algo más en este interesante detalle. Opto por lo segundo. ‘Si su no pone freno a su mujer, se quedará sin dinero, amigo’, me responde enarcando las cejas y en un inglés con un pitido lejano que no alcanzo a reconocer. Se me ocurre que es mi mujer respondiendo a la adivinadora y que me pitan los oídos pero descarto semejante memez. La vidente termina augurándome una larga vida, placentera en el amor y feliz con mis criaturas, pero el aspecto económico ha dominado toda la sesión.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Decía el gran Tiziano Terzani que el arte de la adivinación está teñido indisolublemente de las inquietudes culturales del vidente.  Terzani era un italiano que dejó su trabajo como ejecutivo de la Olivetti para dedicarse al periodismo con mayúsculas, que cambió Italia por Bangkok y que dedicó el resto de su vida a perseguir la verdad y el amor. Terzani fue, además, el oponente ético de una de las más grandes periodistas italianas, Oriana Fallaci, dedicada en los últimos años de su vida a difundir un mensaje lleno de rabia y de ira, un mensaje de odio al ‘Otro’, de muros levantados y dedos amenazadores. Pero si menciono a Terzani es por otro motivo: por su libro ‘Un adivino me dijo’, un divertido relato de cómo una anécdota se convirtió en un apasionante viaje por los adivinadores de toda Asia. Supuestamente tras recibir la advertencia de un nigromante, ‘no vueles durante un año porque el avión se caerá’, Terzani decide emprender un extraño viaje por todo Asia pero… por tierra. En un continente con unas distancias tan enormes, la ocurrencia de Terzani no podía ser compatible con un trabajo, el de periodista, que necesita la inmediatez como arma. Ni corto ni perezoso, Terzani habló con sus publicaciones y les dijo: durante un año no me llamen, sólo viajaré por tierra. Por si fuera poco, el helicóptero de su sustituto se estrelló en Vietnam y dejó al hombre maltrecho y medio roto. Terzani decidió investigar entonces qué se esconde tras el arte de la adivinación y viajó para ello a los centros mágicos de media Asia.

 Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Dejo la aventura del italiano para el que quiera leerla pero me quedo con su observación más relevante: todas las sesiones que tuvo estuvieron tamizadas por la cultura del vidente. De los chinos, en concreto, concluía que tenían cierta obsesión por el bienestar económico y que la mayoría de los clientes pretendían saber cómo les iría la economía en el futuro. En otros lugares prima lo espiritual, el amor, la familia, el sexo. Pero para los chinos todo esto resulta secundario. Si te va bien en lo económico, el resto irá bien por narices. Imagino entonces a una larga fila de chinos satisfechos porque la vidente, mi vidente, les ha advertido de la larga mano de sus mujeres y de lo corta que resulta cualquier alegría monetaria.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Fuera, los visitantes del templo lanzan al suelo unos palitos numerados. Están de rodillas sobre algo que me parecen reposapies mullidos, permanecen con la espalda recta y derecha, tienen los ojos cerrados, meditan con un cubilete en las manos. De pronto lo agitan fuerte y con un complicado ejercicio de manos lanzan al suelo uno solo de los palillos, que son nada menos que cien.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Hace falta cierta habilidad porque si caen dos habrá que repetir: el destino es solo uno, y no doble ni trino, y así habrá sido durante los milenios que tiene ya este arte adivinatorio. Son los palillos de la suerte, conocidos también como kau cim, unos palitos parecidos a los del arroz pero con uno de los bordes coloreado de rojo y con un pequeño número. Dicen que primero hay que hacer la pregunta mentalmente al cielo, luego se toma el cubilete y se agita el vaso hasta que caiga uno. Ese palillo tiene un número, como decía, que se corresponde a un poema ya predeterminado en un libro que puede adquirirse en casi que cualquier parte, aunque deberá ser interpretado por el adivinador de turno o, algo menos frecuente, por el mismo interesado.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

La necesidad de conocer lo oculto me depara sorpresas como la lectura del rostro y no puedo dejar de asombrarme con aquella señora sentada en una silla frente a otra vidente que le soba sin pudor las narices, las arrugas de los ojos, las comisuras de los labios. En Colombia conviví algún tiempo con Albertuco, un ser extraordinario que controlaba el mundo desde su silla de ruedas con el único dedo que una polio temprana le había dejado útil. Alberto también leía las cartas, y las manos, y los rostros, y lo que le echaran, pero su apetito iba más lejos y leía tanto los posos del café como los círculos concéntricos del agua: en ocasiones se le acumulaban los clientes porque, supongo, la necesidad de encontrar respuestas es más fuerte que esa alarmita que nos avisa de que estamos traspasando la línea roja de la vergüenza.

chamanes bogotá Hachero

Chamanes en Bogotá

Precisamente en Bogotá, en Colombia, me acerqué una vez al templo del Indio Amazónico, un monumento kitsch en el que se mezclan figuritas de gordos budas con imágenes de José Gregorio Hernández (el santo venezolano) y el Divino Niño, todo aderezado con pieles de animales de la selva, botellas de misterioso contenido, pósters dedicados a la quiromancia, al tarot, cruces de todo tipo (desde la andrasa egipcia a la latina de toda la vida), herraduras de la suerte y cristos iluminados. En un pequeño habitáculo me recibió la india amazónica que atendía en el momento. De india tenía bien poco y su acento me recordó más bien al paisa de la región de Antioquia. Me echó las cartas con desgana, me dijo que se veía de lejos que yo conocía mundo y que intuía un viaje cercano. Me habló de la suerte en el amor mientras me guiñaba un ojo y anunció con cierto bombo que las chicas me perseguirían por los siglos de los siglos. Hizo un rápido recorrido por una salud que me definía como achacosa pero fuerte en su raíz y pasó por encima del tema dinero para volver a zambullirse en la suerte de un conquistador que arrasaba en garitos de moda. No dejó atrás la suerte, la suerte de la de verdad, la suerte en el juego, la suerte en amores, la suerte en una vida que me va a sonreír. Acto seguido alzó la mano y habló como el del chiste: ‘son diez mil’. En el extraño templo del Indio Amazónico se abre un auditorio en el que el mismísimo Indio Amazónico imparte conferencias, ‘aunque no sé cuándo volverá porque ahorita mismo está en los Estados Unidos, concretamente en su templo de New York’, me indica mi tarotista mientras cuenta los billetes.

chamanes bogotá por Hachero

Chamanes en Bogotá

El Indio Amazónico ha amasado una magna fortuna y reparte su tiempo entre fieles repartidos a lo largo de todo el continente, pero tiene especial predilección por los de Los Ángeles y Nueva York. Por si alguien necesita urgentemente sus servicios, el Indio tiene web: http://indioamazonico.com/web/index.php y puede ¡¡echarte las cartas on line!! . En la popular avenida de Caracas el Indio Amazónico levantó el principio de un emporio que evoca a su querida selva, a la que regresa una vez al año desde su hogar neoyorquino para recoger flores y plantas mágicas. El tipo en cuestión se llama Mirachura Chindoy Mutumbajoy y sus virtudes generan tantas dudas en medios de comunicación serios, como el New York Times (que duda entre esoterismo o estafa) a una adoración sin límites por parte de sus admiradores. De hecho es una celebridad de tal calibre que incluso ha patentado una especie de desodorante en spray con el que atraer la buena suerte en el juego. Y, por supuesto, un amplio elenco de posibilidades para retozar con gusto y alegría: Vigorit, para aquellos que flaquean, Super Sex, para los que sueñan con la pasión, o consejos como ‘Cuando la potencia sexual quiere aumentar, al indio amazónico debe consultar’. Acudiendo a la observación de Tiziano Terzani, el colombiano, que es un pueblo fogoso, fija más su atención en las relaciones interpersonales (el sexo, así entre nosotros), lo que hace que tanto clientes como profesionales orienten sus peticiones y respuestas a este campo.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero

Curioso, me digo mientras pago a la vidente china que me ha llamado manos gordas en este desconcertante rincón de Hong Kong. Los rascacielos rodean casi por completo al templo, del que se elevan finas nubecillas de humo procedentes de las ruedas de incienso que al tiempo son ofrendas con buen olor. En Hong Kong los rascacielos siguen creciendo como setas tras una lluvia campera pero en los portales de las casas humean ofrendas votivas y los templos de agoreros milenarios están llenos de devotos que buscan respuestas que la bonanza económica no ofrece. Claro que las preguntas y las soluciones pasan, sin poder evitarlo, por esa misma economía.

Templo de Wong Tai Sin por Hachero