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yerevan por hachero

En el centro del Cáucaso sur existe un país que tiene mucho de la irreductible aldea de Asterix y Obelix. Se llama Armenia y, como alguien me dijo en la capital de la vecina Georgia, parece levantarse sobre una roca. La entrada en el país desde el norte resulta, a ojos de un profano, un tanto desapacible porque la frase martillea el cerebro y deforma la realidad hasta convertirla en más real de lo que es. ‘Es cierto’, me decía, ‘esto es una roca’. La carretera, que ya en Georgia dejaba mucho que desear, se convierte en Armenia en una vía que en mi país no sería más que una carretera secundaria, aunque en mi país tenemos de todo y no nos ha servido para mucho más que una ruina nacional de órdago. A diestra y siniestra de la vía se abren llanuras rocosas apenas cubiertas por un débil manto de yerba rala, llanuras breves que pronto se levantan en roca furiosa y gris que se eleva al cielo buscando huir de una geografía atormentada por la capa tectónica conocida como Euroasiática. De hecho, las montañas del Cáucaso son el resultado del empuje de la placa árabe contra la euroasiática, un juego de dominó que nos lleva hasta el mismísimo Himalaya y la placa india, de donde parten las tensiones que jalonan todo oriente medio de formaciones rocosas de bella factura y movimientos sísmicos que levantan montañas como las que veo, y que se pierden en el enorme macizo del Cáucaso.

 yerevan por hachero

Admiro con una mueca de disgusto esos picos pelados de roca viva, intensa y gris, yo, que soy de mar, y fuerzo la vista para observar la vida de las pocas familias que parecen habitar las únicas zonas habitables: las riberas de las corrientes, a las faldas de las montañas, protegidos de un clima desabrido por pequeños bosquecillos que parecen soportar estoicos la grandeza de las rocas. Y mientras pienso en cómo la placa tectónica árabe empuja a la euroasiática en su movimiento de dominó desde la lejana India observo a mis compañeros de viaje. Un tipejo fuma alegremente sin importarle la cara de intenso sufrimiento de una anciana con el rostro enmarcado en un pañuelo, una muchacha sostiene su teléfono móvil en alto mientras una horrible música discotequera resuena en el ambiente, el conductor parece enloquecido por estas curvas tan cerradas.

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Vecinos de Erevan

Y ahí afuera, Astérix y Obélix adquieren forma de cristianos antiguos, cristianos remotos, los primeros cristianos, y los imagino llamándose Asterishian y Obelikian, resistiendo contra los invasores rusos desde el norte, contra los turcos del imperio otomano desde el sur, contra los persas desde el este, mirando en el horizonte la imponente montaña de las Montañas, el monte Ararat, y siendo, ellos también, presa del movimiento tectónico social, el que empuja al ser humano a las grandes epopeyas, ahora mongoles que irrumpen en el corredor de la Anatolia, luego rusos empujados por los delirios de grandeza de sus Pedros y Nicolases, combatidos por los vecinos zoroástricos que antes adoraban el fuego y que ahora son algo así como turcos chiítas, y qué decir de los chiítas mayoritarios, los persas de la inmediata Irán… Si eso no es presión tectónica, pero tectónica social, que venga Dios y lo vea…

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Entro en Erevan por la ruta del norte y los primeros barrios tumban mi curiosidad por los suelos. Bloques funcionales de la arquitectura estalinista soviética, muy degradados por el paso del tiempo, me reciben grises y tristones, una sucesión de calles oscuras y tiznadas como de hollín, barrios realmente feos que ondulan sobre la atormentada geografía armenia y que no pueden evitar la agorera frase: ‘Armenia está construida sobre una roca…’. Una mansión con gusto a narcotraficante iletrado se enseñorea de aquella colina, unos niños juegan con unos jerseys que me parecen fuera de moda (yo, que vivo en el punto más remoto de las modas), incluso los vehículos son antiguos y parecen pruebas arqueológicas de la mecánica humana. La estación de autobuses tampoco ofrece una imagen mejor. Un abuelo me mira compasivo y trata de animarme: ‘allí está el monte Ararat’, comenta orgulloso, pero en el horizonte no se ve nada, tan sólo una neblina gris oscura que contrasta con la neblina gris clara que colorea el cielo. ‘Bueno, hoy no, tal vez mañana…’. Al borde del colapso tomo un taxi pero el precio me resulta elevadísimo incluso para Londres: ¿está seguro?, le digo al taxista, que me ofrece otro precio, diez veces inferior. Agotado por las siete horas de viaje hacinado en una furgoneta accedo por pura desesperación y le pago un precio que ya se ajusta a mi visión de la realidad (aunque sigo pensando que el taxista ha hecho la semana conmigo).

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No sé qué esperaba de Erevan, y de Armenia en general, aunque sí que lo que veo no se acerca a mis expectativas. El primer país cristiano, me decía, la nación que cautivó a mi compañero de empresa, José Antonio Gurriarán, autor de varios libros sobre el país y víctima de una bomba que le dejó secuelas en las piernas para toda la vida (y una persona muy comprometida con Armenia, mira su blog aquí), el país de nombres que suenan hoy míticos, como Ter Petrosian o Monte Melkonian y los guerrilleros de la terrible guerra del Nagorno Karabagh, la nación que sufrió un horripilante genocidio a manos de los turcos a principios del siglo XX. Había leído mucho sobre Armenia, demasiado tal vez, y ahora la realidad se imponía a mis pies: la entrada en Erevan es descorazonadora. Pero mi opinión cambiaría en unas horas.

Erevan resulta ser una ciudad vibrante, con avenidas salpicadas con comercios de alto standing, parques, muchos parques y estatuas, muchas más estatuas, una ciudad con pinta de recién sacada del paquete en según qué partes y con reminiscencias a arquitectura soviética en según qué otras. Mi objetivo principal estaba en una colina con nombre imposible para un latino, Tsitsernakabert, donde se ubica el museo del genocidio, un sitio estremecedor atravesado su ambiente invernal por una no menos estremecedora aria, pero Erevan ofrece mucho más. En mente mis objetivos pasaban por visitar el terrible Museo del Genocidio (aquí está la entrada en mi blog) en memoria de los cientos de miles de asesinados a manos de turcos y kurdos y conseguir un visado para el Nagorno Karabagh pero además disfrutaría, pensaba yo, de una ciudad que presumía, desde España, pintoresca y acogedora. También es cierto que no soy un buen turista y siempre acabo donde no debo: por eso si pincháis aquí os saldrá un blog con datos de los sitios más turísticos, por si queréis acercaros.

O este otro, de un colombiano viajero y muy minucioso en sus descripciones: http://blogdebanderas.com/2014/03/04/yerevan-armenia-la-capital-del-primer-pais-cristiano-del-mundo/

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Curiosamente su principal símbolo es inalcanzable. El monte Ararat, que me señalara en vano aquel abuelo a mi llegada, es casi que el mito sobre el que se cimenta la patria armenia, el lugar en el que Noé fondeó su famosa Arca cuando las aguas del diluvio universal comenzaron a descender. Hay quien dice, y esto lo saco del wikipedia, que en las primeras crónicas cristianas se aseguraba que Noé dijo ‘Yerevats’, que es algo así como ‘¡¡apareció!!’, refiriéndose a la tierra. Un mito como el que cimenta otras civilizaciones, aspiraciones casi que utópicas y que aspiran a conseguir territorios que están lejos y al tiempo cerca. Porque el monte Ararat está en territorio turco, aunque los días claros parezca que flote sobre la ciudad de Erevan. Y decir aquí turco es desenterrar un montón de malos recuerdos y una historia de dos países que se han desarrollado de espaldas, a pesar de que les separa sólo una línea en los mapas. Otra teoría asegura que Erevan proviene de un rey llamado Yervand IV (‘El último’) y que sería su legendario fundador, aunque los historiadores más serios aseguran que proviene de un castillo levantado por otro rey armenio, Argisthi I, allá por el siglo VIII, y que llamó Erebuni por el esfuerzo que le costó levantarlo (Erebuni significa Fortaleza de la Sangre). Por Erevan pasaron los persas aqueménidas, los medos y los escintios pero no fue hasta el año 301 que Erevan, y los armenios en general, llegaron a su momento cumbre: la iglesia de San Pedro y San Pablo, construida en el siglo quinto, fue el escenario de la declaración de Armenia como primer país cristiano del mundo, gracias a un tipo con un nombre simpático: San Gregorio El Iluminador, santo patrón de los armenios. No busquen la iglesia porque no existe ya: en 1931, en plena efervescencia soviética, las autoridades de la ciudad ordenaron demolerla para construir una sala de cine.

yerevan por Hachero

El monte Ararat está más cerca que lejos, o tal vez al revés

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Sea como fuere, los armenios llevan con orgullo ese dato, el de primer país cristiano del planeta, nada menos que ochenta años antes que el imperio romano. Un espejismo, en todo caso, que duró apenas un siglo porque en el 428 el territorio cayó en manos de los turcos sasánidas para pasar luego a manos árabes, bizantinas y selyúcidas, mongoles y hasta rusas, aunque siempre intentando mantener esa fe cristiana que es bandera y orgullo. El genocidio de principios del siglo XX, y sus previos de finales del XIX, no borraron a estos Asterix y Obelix del Cáucaso sino que los lanzaron a medio mundo, de manera que, como dije en el post dedicado al museo del genocidio, hay armenios en Moscú y en Marsella, en Nueva York y en Buenos Aires, en Alemania y en Estambul, al estilo del éxodo judío.

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La ciudad es armenia desde su fundación, pues, pero sería absurdo decir que siempre ha permanecido homogénea. Desde el balcón de mi ventana veo sobresalir una cúpula azul de entre la masa de edificios grises y sin apenas encanto. Es la conocida como Mezquita Azul, un templo que usaba la población azerí antes de la sovietización y que como consecuencia de la guerra del Nagorno Karabagh se quedó sin apenas fieles. Sin embargo, ahí está, testigo mudo de que Erevan es armenia pero también fue un kanato, tres siglos atrás, y en el siglo XIX los viajeros la describían como ciudad musulmana perteneciente al imperio otomano. Después del terrible genocidio de 1915, decenas de miles de armenios llegaron a la ciudad desde la Anatolia y más tarde otras decenas de miles desde Siria, Irak, Líbano y los Balcanes, también huyendo pero ya no de los Jóvenes Turcos sino de la descomposición del imperio otomano y de la segunda guerra mundial. Triste destino el de huir siempre de la violencia. La cosa es que hoy Erevan es armenia casi que al cien por cien y que algo tuvo que ver también la política del Kremlin de financiar el metro a las poblaciones con más de un millón de habitantes…

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Desde mi hotel se ve sobresalir la cúpula de la mezquita azul

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 Mi hotel está a las espaldas de la plaza de la República, el centro de la ciudad, con sus ministerios, su enorme espacio público y una fuente que cambia de luces con cada nota musical que rasga el principio de la noche armenia. Las calles están llenas, los cafés rebosan gente y las avenidas del centro de la ciudad no parecen del Cáucaso sino que tienen un nosequé  ibérico, con sus tiendas de ropa de moda, sus pizzerías y restaurantes, tanta gente por las calles. Charles Aznavour, el cantautor francés, tiene su propia plaza, semicircular y que se completa con su casa museo, allá arriba en una montaña, porque Aznavour era armenio, como tantos exiliados que triunfaron en el extranjero. Pero, aparte de ese gran espacio que uno imagina repleto de masas enfurecidas gritando lo mismo vivas a Lenin que derribando sus estatuas, el sitio me parece desabrido y hasta desagradable, parece que los vecinos apenas pasen por aquí si no es estrictamente necesario, o que seas un alto dirigente que se aloja en el Marriot, o tal vez que seas un ministro o vengas a tirarle un zapato. Sigo con mis pesquisas en busca de la embajada del Nagorno Karabagh pero nadie parece saber dónde está y la página web de internet me envía a una dirección que no existe…

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Y eso que pasear por Erevan resulta muy agradable y aquella primera sensación se evapora: de hecho parece que mis recuerdos sean de una ciudad distinta. Encuentro un gran parque frondoso y primaveral y veo novios escondidos tras unos matorrales, parecen jugar al escondite, la novia es toda una beldad y me mira alegre, me sonríe, hace un gesto extraño con los morritos y comienzo a ponerme nervioso hasta que localizo a un fotógrafo justo a mis espaldas: aún así le hago una foto yo también. Pronto me aburriré de hacerles fotos: hay bodas por doquier… ¡¡Pero hay fotógrafos!! Alguno sabrá, pienso, dónde está la esquiva embajada de Stepanakert. Pregunto y sus caras se transmutan en poema armenio: ni idea…

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El tiempo es agradable, aún no ha llegado la temporada de nieves que sumerge a la ciudad en un manto blanco y resbaladizo así que los vecinos se entretienen al aire libre aprovechando las últimas semanas de sol.

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Sus parques, sus jardines, la multitud de estatuas que recuerdan que esta es una ciudad de músicos y de artistas. Arno Babajanian continúa tocando estruendoso y ensimismado su enorme piano bajo la tenue luz de un farol mientras su enorme nariz apunta directamente al cielo (y sospecho que incluso ensarta a la luna), Alexander Spandiaryan parece pensar una aria mientras que la de Aram Khachaturian soporta estoico las protestas que cada día toman la explanada de la plaza de la ópera, verdadero centro de reuniones y mítines de la ciudad.

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Yerevan por Hachero

Vistas desde La Cascada

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Mención aparte merece la Cascada, una obra de un arquitecto llamado Alexander Tamanian, que también diseñó la Ópera, y de las que no sé muy bien qué pensar. Justo donde acaba la zona llana de la ciudad, Tamamian aprovechó la colina para construir una escalera de 118 metros escoltada por todo tipo de esculturas, desde conejos a señoras gordas al estilo de Botero. La escalera debía de ser todo un símbolo para los erevaníes pero resultaba extraña ahí tan sola así que un millonario norteamericano, pero de origen armenio, Gerard Cafesian, se lanzó a horadar la colina para acompañar la escalera con un museo construido a varios niveles. Tampoco sé qué pensar de la Ópera, un edificio circular y tocho, gris y que me trasmite tristeza y pesar, no me pregunten por qué: serán los grupos de jubilados con aspecto de no llegar a fin de mes que merodean por los jardines, o tal vez una protesta que de repente llena la explanada de lugareños con el puño en alto, o puede que me recuerde a esos barrios deprimentes de las ciudades soviéticas. El caso es que miro el edificio de la ópera y no termina de gustarme… Paro a un taxi y le ruego que me lleve a la embajada del Nagorno Karabagh, esté donde esté. ‘Ni idea’, me dice, y le muestro entonces la dirección que viene en internet. La examina y termina siguiendo mis pasos por la ciudad: aquí ya estuve, le digo, y ahí también, en ese cibercafé ya pregunté, le grito, y en aquella librería también… ‘Tal vez haya que comenzar de nuevo y pensar que la ciudad ha crecido con nombres que a veces se repiten’, me guiña un ojo el taxista mientras mete cuarta en un estrecho callejón.

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La Ópera desde La Cascada

Por fin consigo encontrar la embajada del Nagorno Karabagh (el taxista me agradece que se la haya enseñado, me dice, porque no tenía ni idea de que existiese) y los lentísimos funcionarios me preguntan si me pegan un estrepitoso visado en el pasaporte o me lo dan suelto. ‘Péguelo’, le dije confiado y la chica, tras echarme una mirada compasiva, me lo pega con cierta saña. ‘Muchas gracias’, dice, ‘ahora no podrá entrar nunca en Azerbaiyan…’ Eso es cierto, si las autoridades del país vecino encuentran ese visado puede encarcelarte sin contemplaciones. Sin embargo, y a pesar de todo, entré en Azerbaiyan, aunque con cierto truco porque sólo pisé la parte ocupada por el ejército armenio en la devastada ciudad de Agdam, pincha aquí para verlo. Hasta Stepanakert, capital del Nagorno, me quedaban larguísimas horas sentado en un taburete en el interior de una furgoneta atestada de personal que circulaba por una nueva versión de aquel ‘país levantado sobre una roca’. Erevan tiene otro aire cuando se conoce. De hecho, volvería otra vez. De hecho, volveré otra vez…

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