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Tutankamon era un tipo contrahecho, con un pie torcido, caderas más que anchas y posiblemente problemas de entendimiento. Nadie lo diría al contemplar su máscara funeraria, probablemente la más bella hecha jamás: cincelada en oro, con incrustaciones de obsidiana, lapislázuli, turquesa, cornalina y vidrio. Su brillo es asombroso, su rostro irradia luz, la combinación de colores de las piedras semipreciosas es sobria pero al tiempo confiere vida al rostro del faraón. Es increíble el grado de perfección alcanzado tres mil quinientos años atrás y que su autor sea hoy un absoluto desconocido. Más increíble parece que el cadáver, su protagonista, fuera en vida una persona tan achacosa y débil, probablemente al estilo de algunos de los antiguos Austria como Carlos II el Hechizado: sus padres tal vez fueron hermanos y la explosión hormonal de una sangre tan endogámica le debieron crear algo más que una figura renqueante.

El cartel de la pared del museo arqueológico de El Cairo lo dice bien claro: las fotos están prohibidas. Así que tengo un acicate para sacar la cámara. La máscara es hipnótica, no sólo irradia luz y brillo: irradia poder. ¿Qué no debió sentir Howard Carter cuando la encontró en el Valle de los Reyes, en una tumba con una denominación tan anodina como KV62? Esta obra de arte que brilla ante mis narices está considerada la pieza egipcia más famosa del mundo, la representación que simboliza el poder de una civilización tan conocida por todos nosotros que tal vez precisamente por ello se nos escapa su magnitud. En mi ciudad, Cádiz, se enorgullecen al recordar que sus primeros cimientos se levantaron tres mil años atrás: ¡en esa época no recordaban ya en Egipto los inicios de su civilización y la tumba que ahora miro tenía ya quinientos años!. Busco un rincón desde el que tomar alguna foto aprovechando que el vigilante está semitumbado sobre una vitrina jugueteando con su teléfono móvil…

La máscara estaba incrustada en el rostro de Tutankamon y en su parte trasera está cincelada una fórmula mágica que confiere protección al occiso. Una obra tan perfecta que cuesta pensar que el sarcófago, que está expuesto un par de metros detrás de la máscara, era de segunda mano. Dice la historia que la famosa momia estaba en un ataúd dentro de otro ataúd dentro de un tercer ataúd y que los tres estaban en un sarcófago de piedra rectangular. Los tres ataúdes eran antropomórficos aunque el del medio tenía rasgos distintos. Los egiptólogos creen que no era para el famoso faraón sino para un misterioso Neferneferuaton cuyo nombre está inscrito en la madera y en otros objetos encontrados en la tumba. Tal vez para equilibrar este cutrerío en tan alto monarca, el ataúd que rodeaba al cuerpo mide 1.88 metros y no es de madera sino de finas tiras de oro con un peso de algo más de 110 kilos, lo que lo convierte en el ataúd más caro del mundo… Tutankamón es una mina de curiosidades, cotilleos y secretillos

Con todo, lo más curioso son las autopsias que le han realizado famosos investigadores como Albert Zink, del Instituto de Momias, o esta otra Zahi Hawass , que nos arrojan el aspecto físico del legendario Tutankamon: tenía un pie equinovaro, las caderas tremendamente anchas, los dientes prominentes a modo de conejo, y una enfermedad de los huesos que debía producirle un terrible dolor al caminar, lo que tal vez explique los ciento treinta bastones encontrados en su tumba. No es para menos: su padre fue Akenatón y su madre una de sus hermanas.

El mito no soporta bien ver a un Tutankamon barrigudo y cojo y menos aún saber que pudo morir a los diecinueve años de malaria tras sufrir una infección en su pie deforme y no en un accidente manejando un carro de guerra en una competición. Tutankamon fue enterrado entonces a toda prisa en una tumba pequeña, destinada a otro personaje, se le despidió como de tapadillo porque, a pesar de sus achaques, fue capaz de cambiar el culto al dios Atón (el dios Sol) por el de Amon (un dios oscuro relacionado con los demonios) con un simple cambio de nombre, de Tutanakaton a Tutankamon, lo que le granjeó la enemistad de la clase sacerdotal y su ostracismo. Un ostracismo que llevó pronto al olvido su reinado, su obra y hasta su propia tumba. Y sobre todo un olvido que le favoreció a efectos de leyenda porque, perdido en la memoria como estuvo, pronto lo olvidaron incluso los buscadores de tesoros reales. Y hoy, convertido en símbolo de grandeza, nadie recuerda que bajo la máscara había un pobre hombre atormentado por el dolor y por la nebulosa que le cruzaba el cerebro…