Este post se ha leíd6603veces

Otavalo por Hachero

Los indígenas de San Luis de Otavalo son tan de estampa que el ayuntamiento de la ciudad prohíbe a los peluqueros cortar las trenzas de los menores de edad sin el consentimiento de sus padres. No es broma, pincha aquí para ver la noticia. Dicen las crónicas que los jóvenes indígenas del siglo XXI preferían peinados modernos, imitando quién sabe si a Cristiano Ronaldo o a Justin Bieber, que los viejos del lugar temblaban al imaginar a un quichua punki, o hippy, o rasta, o tal vez rocker. No es un tema baladí, debieron de pensar las mentes pensantes de la ciudad, porque el 60% de los vecinos son indígenas de postal, indígenas que salieron en trompa de su valle ancestral para desaparramarse por medio mundo, una catarata de indígenas que uno puede asombrarse de que haya tantos en el Retiro de Madrid como en la ile de France sin que su número parezca descender en su hogar ancestral. El pelo es sagrado en la cosmogonía de los otavalos, el nombre de los indígenas del que deriva el nombre de esta ciudad al norte de Ecuador, muy cerca ya de Colombia.

Otavalo por Hachero

Pasear por sus calles y plazas es lo más parecido a zambullirse en un documental de la National Geographic (o de la BBC), los otavalos están por todas partes, serpenteando coloridamente por sus calles coloniales, entre restos del mercado y columnas desconchadas. Porque si algo caracteriza a este pueblo, eso es su vestimenta. Ellas lucen una enorme cantidad de collares dorados, llamados Gualcas, unas sartas que deben de ser amarillas porque el maíz y la riqueza tienen este color, una colorida muestra identitaria que se enrosca por sus cuellos hasta formar una sensación de agobio parecida a los de las mujeres jirafa de Tailandia.

Otavalo por Hachero

Pero, y por si no fueran las cuentas lo suficientemente llamativas, las indígenas además visten apuestas sus camisas bordadas, siempre blancas y con final en los tobillos, una manta de algodón enorme que da dos vueltas al cuerpo, con los bordes atractivamente bordados con hilos multicolores y que ellas llaman Anaco Blanco para distinguirlo del Anaco Negro, que superponen al anterior y que adornan con historiografías de árboles, pachamama y mares, vestimentas ya excesivas pero que no conforman ni la mitad porque le sigue lo que llaman Mama Chumbi, una gran faja a fin de cuentas que les da seguridad y fuerza y sobre la que se superpone la Chumbi, que puede medir hasta tres metros y que necesita otras seis o siete vueltas sobre la Mama Chumbi para que el cuerpo recupere cierta forma femenina.

Otavalo por Hachero

Otavalo por Hachero

Y ni aún así habremos terminado. La Fachalina es el paño, bien blanco bien negro, que va sobre la camisa y que se sostiene con prendedores de cobre o plata, y no olvidemos la Huma Watarina, una prenda de lana de color negro con franjas blancas que representa la dualidad de la cosmovisión andina y que lo mismo sirve para enfrentar la noche al día que el hombre a la mujer, amén de mitigar el gran frío de estas tierras montañosas porque, desvelémoslo, no deja de ser una gran manta. Y si las gualcas son imprescindibles, no olvidemos las Orejeras, que pueden constar lo mismo de una moneda de plata que de un crucifijo, y que no los veremos de diario porque, plata al fin y al cabo, se reserva para las fiestas. La cinta para el cabello y el sombrero, que impusieron los conquistadores españoles, coronan la vestimenta de unas mujeres que deben de acabar exhaustas con tanta capa textil.

Otavalo por Hachero

Los hombres tienen costumbres algo menos churriguerescas en sus modas, y las camisas, pantalones, alpargatas y ponchos son suficientes para encarar la calle sin miedos pero volvemos a la trenza, siempre la trenza, que en los otavalos tiene tanta importancia como para involucrar a los peluqueros. Antiguamente el otavalo dejaba crecer el pelo por delante y por detrás de la cabeza atándose un hilo para que no les nublara la vista, un hermoso concepto de la greña que se cambió por el más prosaico de la trenza a la espalda. Los otavalos, que en el fondo son unos guasones, llegan a asegurar que la trenza es ‘un sexto sentido que permite una comunicación más fluida con el medio ambiente…’. ‘Sin trenza uno se queda sin brújula’, comentan en esta noticia. Para conocer mejor a los otavalos, pincha aquí.

Otavalo por Hachero

Otavalo por Hachero

La ciudad avanza imperturbable hacia su quinto milenio, que no es poco, desde que el infame Sebastián Moyano la fundara allá por el año 1534, dos años después de que este conquistador andaluz sufriera su punto más bajo: mató un burro de un golpetazo, que ya es decir, y huyó a las tierras descubiertas poco antes para terminar su vida convertido en un monstruo que lo mismo demostraba un genio militar derrotando a los ejércitos incas que una crueldad sin límites con los pueblos conquistados. El actual asentamiento se levanta sobre el enclave que el sanguinario vencedor de Atahualpa eligió, como ya hizo con Cali, Pasto, Popayán o Guayaquil en su loca búsqueda de Eldorado. El núcleo de Otavalo creció rápidamente porque estos indígenas, no sólo otavalos sino también poritacos, guancas, guamaraconas y kayambis, eran muy prolíficos y hacendosos elaborando artesanías y cultivando sus tierras así que pronto fueron captados por la corona de España.

Otavalo por Hachero

Sin embargo los indígenas con los que me cruzo deben de ser el resultado de la selección de las especies porque, y dicen las crónicas, en los últimos quinientos años han sufrido de todo: primero los invadieron los incas, que dejaron muy diezmada su población. Más tarde Belalcázar y sus colegas, que no se andaban con sutilezas, dejaron a los núcleos de indígenas medio acabados. Finalmente llegaron los invasores invisibles: la viruela, el sarampión. Por si fuera poco, Belalcázar se llevó a más de cuatro mil vecinos para su loca búsqueda de Eldorado, la mayoría de los cuales no volvió a poner un pie en sus frías tierras. Y aún así, las comunidades de Otavalo siguieron produciendo tal cantidad de bienes que su nombre era sinónimo de riqueza y de impuestos. Tanto que el propio Simón Bolívar, en su gesta liberadora, pasó por sus tierras en 1829 y le concedió el título de ciudad, en lugar de la simple villa que era entonces (y que me atrevo a decir sigue siendo hoy).

 

Otavalo por Hachero

El mercado de las artesanías está hoy gris y frío. Las grandes mantas bordadas con paisajes imposibles tiemblan sacudidas por las ráfagas de viento. El día grande es el sábado, como pasa en todas partes, pero cualquier mañana basta para hacerse una idea de la cantidad de manufacturas que comercia la región. Alfombras, ponchos, pantalones de mil colores, sombreros, verdura que parece brotar de las esquinas, helados, collares, mangos, chancho asado, pieles recién curtidas. Un universo de color tan firmemente arraigado a sus ancestrales costumbres que me asombro de no encontrar un puestecillo dedicado a la seña de identidad por excelencia. La trenza.

 Otavalo por Hachero