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El 13 de febrero de 1906 el presidente del consejo de ministros del gobierno de España, Segismundo Moret, que había nacido en Cádiz, firmó la Real Orden de Derribo de la Muralla Norte de su ciudad natal. Su empeño fue tan grande que se enfrentó al ministro de la Guerra, Agustín Luque, al que conminó a firmar la Real Orden o dimitir de su cargo. El público gaditano estalló entonces en alegría y apenas un mes después, el 3 de marzo, los balcones de la ciudad aparecieron engalanados con colgaduras, colchas, tapices y hasta cortinas sobre las que se colocaron retratos del ministro, Segismundo Moret, y hasta del alcalde del momento, Cayetano del Toro.

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Los gaditanos parecían sentirse constreñidos en los límites de una muralla que les asfixiaba, unos muros que debían caer destrozados por las picas para que el levante renovara el viciado aire de la ciudad. Y eso que aún hoy, y desde el aire, Cádiz parece una ciudad amurallada, a pesar de haber perdido su mayor parte, una ciudad fortificada para resistir a las mareas, al viento de levante y a los ataques de piratas y corsarios.

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Así que  el 3 de marzo de 1906, el propio ministro Moret, acompañado del señor alcalde y de una alegre y colorida multitud, se encaminó subido en coche de caballos con cochero vestido de librea para dar el primer y simbólico golpe de piqueta. La estampa se completó con la banda de música municipal amenizando el emocionante momento con marchas triunfales que sólo ahogó el unánime aplauso del gentío allí congregado. Se derribó entonces el sector comprendido entre el baluarte de San Antonio y el baluarte de Los Negros, en los alrededores de un ayuntamiento de la ciudad que se asoma incrédulo en algunas de las instantáneas de la época que circulan por internet. Juan Manuel Suárez Japón, en su libro ‘Derribo de las murallas de Cádiz, crónica de una transformación’, da buena cuenta de un proceso transformador que a pesar de los pesares ofreció nuevas oportunidades a la ciudad.

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El clamor popular de que las murallas cortaban el desarrollo de la ciudad comenzó a extenderse en las últimas décadas del siglo XIX. Una época tan remota en el tiempo como cercano en la economía, porque ya deambulaban hordas de desempleados buscando algo que hacer, ya las elites intuían que Cádiz tenía unas posibilidades fuera de toda duda, ya los vecinos estaban convencidos de que la región saldría del pozo oscuro en el que se encontraba sabe Dios por qué motivo injusto. Y la pagaron con las murallas, donde se concentró la responsabilidad por el retraso.

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Murallas de Puerta Tierra

Las murallas de Puerta Tierra no se derribaron sino que se les practicaron dos grandes huecos para facilitar el tráfico rodado

La fiebre, todo hay que decirlo, no fue exclusiva de Cádiz: todo el país se lanzó a derribar murallas, generalmente con más éxito, sobre todo porque detrás de las muros se abrían campos de labor, jardines, huertas y terrenos susceptibles de urbanizar. En Cádiz sólo se abría el mar y el recuerdo de los galeones zarpando rumbo a América. Los sevillanos y barceloneses también habían optado por esa solución, la de derribar murallas viejas, árboles que impedían ver el bosque, muros que impedían ver la ciudad, aunque los gaditanos no pensaron que esas murallas eran la ciudad en sí porque cercaban completamente el perímetro de Cádiz.

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Tras el ataque inglés de 1596, el preludio de la toma de Gibraltar, los gaditanos idearon un sistema de murallas y contramurallas que dificultara al máximo los desafíos corsarios. Gracias al oro y la plata que entraban en la ciudad cuando se convirtió en puerta de entrada de las riquezas del Nuevo Mundo, en detrimento de Palos, y Moguer, el dinero no fue un problema. Cádiz se amuralló y en 1597 Felipe II decidió cerrar la ciudad completamente a base de murallas. La cosa fue a tanto que en 1727 se constituye la Real Junta de Fortificaciones, con dos miembros: la propia ciudad de Cádiz y la Corona. La gente estaba harta de murallas y muros, que se remontaban en algunos casos al medievo, cuando Cádiz ya era conocida por esas murallas que la protegían de piratas e invasiones.

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Hoy los británicos no atacan el puerto sino que llegan en tren o en los cruceros que atracan en el muelle: vista de la estación del tren y de los muelles de Cádiz desde la muralla de Puerta Tierra

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Quedan entonces para el recuerdo las descripciones de Francisco de Miranda, que murió en San Fernando, rendido ante la monumentalidad de una ciudad formada por gruesas murallas, quedan vestigios y ecos en las fortificaciones de Cartagena de Indias, en fuertes del sur de Chile, Perú y Ecuador, o en los muros del castillo del Morro de La Habana. Quedan ecos, como digo, pero la voz original perdió cuerdas vocales con su derribo, aunque los contemporáneos veían en la muralla no sólo un freno a la expansión urbanística de la ciudad (expansión hacia dónde es algo que parece que no tuvieron muy en cuenta: esta ciudad es casi una isla) sino un recuerdo hiriente a la historia de la ciudad y de la nación, la urbe que había dejado su impronta en la conquista de un continente y que ahora languidecía sin colonias, sin trabajo y sin horizonte. Más de un siglo después hay que añadir ‘y sin murallas’.

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Para más información:

Estudio de la UCA sobre las murallas de Cádiz: http://www.uca.es/recursos/doc/AUI/Recursos/Constitucion_1812/125018741_2082010104040.pdf

Más sobre las murallas: http://cosasdecadizcositasmias.blogspot.com.es/2012/01/las-murallitas-de-cadiz.html

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