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santería por Hachero

La santería está presente en las calles de La Habana, aquí el callejón de Hamel…

La señora Lucía me mira a la cara y parece transmutarse. Jadea, gime, da brazadas, sus ojos, con un estrabismo evidente, bizquean aún más y, finalmente, parece desplomarse en el sillón mientras sentencia: ‘en tu familia alguien murió ahogado’. Me hace gracia la escena porque La Habana no deja de sorprenderme siempre. La señora Lucía me había alquilado una habitación, la suya, con una descomunal cama rodeada de objetos de santería: un enorme tarro de cristal lleno de agua y en cuyo interior flotaba errática una muñeca que parecía una niña ahogada, un cenicero con colillas de puro, inciensarios, botecitos de perfume, todo ello regado con hordas de cucarachas que pululaban por el techo y, de cuando en cuando, se precipitaban en caída libre sobre mi aterrorizada persona. La señora Lucía yacía ahora repantingada en su sofá, los ojos desorbitados y sus manos abanicándose, un sofoco que parecía abarcar todo su cuerpo.

Santería por Hachero

La señora Lucía y su ahijado, Leo, ataviado con collares de santería

La señora Lucía tenía razón porque mis dos abuelos murieron ahogados, uno en un río, el otro en un ataque de asma, cosas de la vida. La señora Lucía se levantó entonces, milagrosamente repuesta, y me dijo: ‘tú tienes muy mala suerte con tus relaciones’, y lo decía mientras asentía ostentosamente, ‘tus novias te duran poco y eso tiene una explicación’, y agitaba también los brazos mientras sonreía misteriosamente, ‘a tu lado hay una muelta que te espanta los amores porque ella misma está enamorada de ti’. Miré nervioso a mi alrededor esperando tal vez que la muelta se materializara y resultara ser una voluptuosa mulata del oriente cubano pero no acerté a ver nada más que las paredes de la casa palacio del hogar de la señora Lucía. Una casa palacio despiezada y repartida entre un número tan grande de vecinos tras la Revolución que sus propietarios originales no la reconocerían nunca, por cierto. ‘Ella está ahí, no puedes verla’, me advertía la santera, ‘pero te sigue a todas partes y no dejará jamás que fructifique una relación’. Debió de advertir un gesto de angustia porque inmediatamente me ofreció la solución: una limpieza de espíritu me devolvería la paz conyugal que tanto ansiaba, según ella, y sería por fin un alma centrada y no descarriada.

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No lejos de su casa, en plena calle Cuba de la Habana centro, dos santeras novicias parlotean animadamente. Están vestidas con sucesivas capas de ropa blanca en busca del blanco impoluto aunque el conjunto en general deja un poco que desear. Me dan la espalda cuando me acerco con una cámara de video y se relajan cuando la bajo. ‘Tenemos que estar un año vestidas así’, dice una de ellas, ‘y ya llevamos once meses’. A puntito, les digo, ‘a puntito’, me dicen, y una de ella cuchichea con la otra: ‘se cree que no sabemos que nos está grabando pero lo sabemos, sólo que vamos a hacer como si no lo supiéramos para que no sepa que lo sabemos’. Apago la cámara confundido por la perorata y escucho su explicación. La ropa debe de ser blanca en su totalidad, desde los bloomers, que es la ropa interior, hasta las enaguas, que aquí se llaman sayuelas, pasando por el sujetador, el corpiño, la blusa, un turbante y chal. Este color, dicen, permite un intercambio energético activo y la energía positiva que reciba el cuerpo será absorbida sin problemas y la negativa que produzca saldrá sin traba alguna.
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 Dice la estadística que entre el 70% y el 80% de la población cubana realiza algún tipo de práctica religiosa afrocubana, desde la Santería propiamente dicha hasta otras prácticas menores, como el Palo Monte o los Abakuas. En casa de una amiga de La Habana abrimos una botella de ron: ella se levanta y se va a un rincón donde echa un chorrito por el suelo. ‘Para los orishas’, dice muy seria mientras me sirve un trago en un vaso. En un bar de Santiago de Cuba un camarero anota la comanda mientras me analiza para concluir: ‘usted es Changó’, el camarero es santero cuando acaba la jornada y se explica, ‘usted es dinamita’. Las creencias medio yorubas medio católicas están por todas partes y en Cuba es imposible huir de ellas. Tenga cuidado con ellas, pueden llegar a obsesionarle si cree que su descreimiento tiene algún riesgo. ‘No creo’, se dice uno, ‘¿molestará mi falta de fe a los orishas?’, se sorprende uno pensando, ‘¿cómo creer que molestaré a esta ficción?’, me decía mientras cambiaba una media de tres veces diarias la rueda pinchada del coche de alquiler, asediado por la fiebre, bajo una lluvia persistente, sentado en un charco. ¿Tendrá algo que ver el collar del tal Changó que cuelga de mi muñeca? ‘Llévelo bien si no quiere enfadar al Orisha’, me aconsejó el santero santiagueño antes de salir, ‘eso quiere decir que se lo cuelgue al cuello’, ¿al cuello? ¡pero si es enorme!, ‘no, al cuello, en la mano le provocará todo tipo de males’. Angustiado por los males que me infringía un espíritu en el que no creía arrojé el collar por la ventanilla del auto mientras atravesaba Camagüey y la mala suerte se fue tras las coloridas cuentas que rebotaban por la acera.

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La santería tiene sus raíces en la tribu Yoruba, pueblos de las riberas del Níger que fueron arrancados de sus tierras para servir como mano de obra esclava en las plantaciones caribeñas. Los yoruba vivieron un infierno en vida que en ciertas partes aún dura hoy, y no hay más que ir a Haití para comprobarlo. Pero hicieron que los sacerdotes que trataban de evangelizarlos lo vivieran también y para sobrevivir a las oleadas de adoctrinamiento y cruces y evangelios decidieron camuflarse entre santos y vírgenes. Ahora Santa Bárbara, la que truena, es Changó, que soy yo según aquel santero de Santiago, Yemayá es la Virgen de Regla, como diosa de la maternidad, y Oshún es la Virgen de la Caridad del Cobre, la dueña del amor, la sexualidad y el oro. Son muchos más, y el santoral tiene para ellos otro nombre: son los Orishas, deidades que gobiernan el mundo desde sus tejemanejes y que sólo se inclinan ante Olodumare, que es el dios universal, y Ashé, que es su energía expandida hacia el mundo. Para conocer más de esta peculiar religión: pincha aquí. Aquí un babalawo cubano que se ofrece por internet.