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cuba virgen cobre por Hachero

El 1 de febrero de 1959 Fidel Castro escapó indemne del primero de los más de seiscientos atentados que sufrirá en su vida. Un soldado de las derrotadas fuerzas de Fulgencio Batista arrojó una granada en mitad de una procesión de devotos que se dirigía a pie desde Santiago de Cuba para agradecer a la Virgen de la Caridad su apoyo a la revolución. La estampa no deja de tener su interés: Fidel Castro procesionando para dar gracias a la Virgen por el éxito de la revolución, aunque la realidad es más prosaica: el terrorista, José Duany, pretendía hacerse con un coche patrulla pero se le cayó la granada y explotó sin que llegara a divisar jamás al jefe de los revolucionarios, del que no llego a averiguar si procesionaba realmente o no… La virgen del Cobre, o de la Caridad, tiene tal presencia en la vida de Cuba que quiso estar presente, ella también, en el momento más importante de la Cuba moderna y ser escenario del primer atentado que, oficialmente, sufría Fidel Castro…

‘Mi madre era creyente fervorosa, rezaba todos los días, siempre encendía velas a la virgen, a los santos, les pedía, les rogaba, en todas circunstancias, hacía promesas por cualquier familiar enfermo, por cualquier situación difícil, y no sólo hacía promesas sino que las cumplía. Una promesa podía ser visitar el Santuario de la Caridad y encender una vela, entregar una ayuda determinada, y eso sí era muy frecuente…’. No son palabras de un devoto sino del mismo Fidel Castro al teólogo brasileño Frei Betto, una prueba más de que los revolucionarios tenían una relación en muchos casos íntima con la venerada talla cubana. (Conversaciones con Frei Betto, página 104, puedes ver la conversación pinchando aquí)

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La Virgen del Cobre es también la Virgen de la Caridad y la Virgen de los Pobres y la Virgen de los Mambises y, por si fuera poco, Oshun en el panteón Yoruba

La Virgen de la Caridad es un símbolo tan potente en Cuba que inspiró a los barbudos pero también a los independentistas mambises que lucharon contra los españoles en el siglo XIX, un símbolo de ‘cubanía’ a cuyos pies se han arrodillado papas y jefes de estado, atletas de reconocido prestigio y gentes de toda condición, su carisma es tan grande que los cubanos del exilio tienen su propia talla, sacada de Cuba de incógnito y venerada en una ermita erigida en Miami mirando frontalmente a la isla, un referente que une a negros y blancos, a gentes de dinero y pobres de solemnidad, a los seguidores de Cristo y a los yorubas seguidores de los Orishas…

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Llego a El Cobre en un coche de alquiler y lo primero que encuentro es una celebración de santería en la plaza de la ciudad: los tambores resuenan estridentes y frenéticos, una mujer se contorsiona en círculos, otra le pasa una piedra por el cuerpo, todo indica que se procede a una limpieza de espíritu. Nada más lejos de la fe cristiana, pienso mientras tengo que desdecirme: cada 8 de septiembre miles de cubanos peregrinan a la ermita de la virgen del Cobre para rendirle homenaje, una fecha que coincide con el día de Oshun, la diosa del amor y la belleza en el panteón Yoruba, aunque Oshun es algo más y también le pega la coquetería, la sensualidad y la sexualidad femenina, amén de la fertilidad, algo que tal vez rechine en los oídos de Roma pero que confiere a la virgencita un plus que pega más con la imagen de patrona de una isla tan sensual como de hecho es Cuba.

‘La religión en Cuba, como todo lo demás, es disparatada y burlona’, me cuenta Ketty Castillo, periodista, escritora y una profunda conocedora de la realidad cubana. ‘El sincretismo entre la religión católica y las religiones africanas ha convertido a santos y vírgenes en deidades voluptuosas, cachondonas, traviesas, iracundas, muy humanas, en definitiva. En realidad, la religión predominante es la yoruba, procedente de las religiones africanas, pero sincretizada. Hasta los que dicen que no creen van a consultarse con el babalao...’. Una mezcla de religiones en la que los extremos se escondían para no perderse y en la que la barrera entre ambas creencias quedó solapada en un laberinto de sentimientos. ‘En este sentido, la Virgen de la Caridad del Cobre en el sincretismo es Oshun, la diosa del amor, la dueña de las ríos, manantiales y todas las aguas dulces, la misma que bailaba con su cuerpo cubierto de miel para atraer a los hombres. Muy promiscua, vaya…’

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Historia de la Virgen de la Caridad

Juan Moreno tenía diez años cuando encontró flotando en el mar una talla religiosa con forma de mujer que portaba una tablilla con una misteriosa leyenda: ‘Yo soy la virgen de la Caridad’. Juan no iba solo: le acompañaban dos amigos, esclavos como él, sólo que Juan Moreno era negro y los otros dos indios, probablemente taínos. Pero Juan tenía algo más: una portentosa memoria. Tan es así que 75 años después fue capaz de describir minuciosamente aquel hallazgo de sus tiempos pretéritos ante toda una autoridad eclesiástica, en concreto ante el cura rector de Minas de Santiago del Prado, que quiso averiguar qué se escondía detrás de ese culto a una imagen del que hablaba ya media isla. Juan, que tenía ya 85 años, se declaró esclavo negro, lo que nos da pie a imaginar que el hombre que iba a cambiar la historia espiritual de la isla había llevado una vida de privaciones y órdenes, y que las autoridades eclesiásticas no podían evitar la propagación del culto pero sí al menos ponerle cara a su autor. Y a Juan Moreno no le falló la memoria.

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Juan declaró que él y sus amigos navegaban en una canoa en busca de sal cuando vieron ‘una cosa blanca sobre la espuma del agua’ y, niños que eran, se acercaron atraídos por la curiosidad, no fuera a ser un pájaro. Ya más cerca, dice Juan, los pequeños bromearon que parecía una niña pero su asombro se incrementó cuando niña no pero sí estatuita de mujer con un niño en brazos, ‘y siendo sus vestiduras de ropaje se admiraron que no estaban mojadas’. El hallazgo se extendió, las autoridades de las Minas levantaron un pequeño altar, deseosos de adorar lo primero que pasara por la zona, al altar se le añadió una lámpara de cobre, al cobre devoción y a la devoción la extraña historia de Rodrigo, otro de los niños, de que la talla desaparecía por la noche pero volvía por las mañanas con los vestidos mojados. El padre Bonilla, un franciscano al cargo de las almas del lugar, supo que algo gordo se cocinaba en aquella figurita y ordenó ponerle un altar como Dios manda en la iglesia del lugar, y no en un rincón de una casa cualquiera. Pero como la fama de la virgencita crecía, el cura ordenó algo más: que le construyeran una ermita. Y cuando semejante orden estuvo dada, tres misteriosas luces brillaron durante tres noches en una loma que terminó siendo, casi que por aclamación popular, el hogar de tan devota figura. El boca a boca hizo el resto y la fama de milagrera se extendió por la región, atrayendo devotos de la cercana Santiago de Cuba pero también de la lejana Bayamón.

Durante siglos la historia de Juan Moreno parecía una leyenda y el mismo Juan una fábula pero el historiador cubano Leví Marrero consiguió encontrar en 1973 entre los legajos del Archivo de Indias, en Sevilla, la carta firmada por notario público en la que se relataba la aventura de Moreno.

Si pinchas aquí está el relato de Juan Moreno.

 

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La virgen de la Caridad, que entre los mineros era la virgen del Cobre, rápidamente se hizo famosa entre los cubanos por varios motivos: eso de que fueran tres niños esclavos los que la hallaron entusiasmó a amplias capas de la sociedad, que la rebautizaron como ‘la virgen de los pobres’. En 1868 acudió a la ermita Carlos Manuel de Céspedes, el líder de los mambises, los independentistas cubanos que luchaban contra la corona de España, una visita y una devoción que le añadieron un título más a la virgen de la Caridad, del Cobre, de los pobres Cubanos: virgen de los Mambises, o virgen Mambisa. El general Antonio Maceo dijo que la virgen luchó a su lado en Manigua y la figura de la virgencita se fue ampliando hasta pasar de los pobres mineros del oriente de la isla a madre de la emergente nación cubana. La fama fue tan a más que en 1916 el papa Benedicto XV la nombró Patrona de Cuba, a instancias de los veteranos de la guerra de la independencia contra España, y en 1998 el papa Juan Pablo II la revistió, en su viaje a la isla, de la Santa dignidad del Vaticano, que quiere decir que recibe el refrendo de las autoridades eclesiásticas para Siempre y Jamás. Una relación, eso sí, que en los últimos años, pese a la devoción que muchos revolucionarios sentían por ella, se enfrió hasta la congelación por la tradicional desconfianza que sentían los dirigentes de la curia por los movimientos revolucionarios.

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La devoción por la figura del cobre es tan grande que apenas hay personalidad en la isla que no le haya rendido devoción alguna que otra vez: Javier Sotomayor es uno de los atletas cubanos más reconocidos internacionalmente

De la íntima relación de algunos miembros del clero con los barbudos dan fe hechos que a día de hoy pueden resultar desconcertantes. Corría el año de 1958 cuando Raúl Castro estrechó la mano en Sierra Maestra de Eliseo Castaño, paúl de Santiago de Cuba y capellán al fin y al cabo. Raúl había solicitado un sacerdote para que atendiera a sus hombres, dice Ignacio Uría en su libro Iglesia y Revolución en Cuba: pincha aquí. Eliseo era un sacerdote que volvió maravillado del orden y honestidad de los sublevados, según explicó en su regreso a un colectivo, el religioso, que contaba con figuras como el fraile franciscano vasco Ignacio Biain, que denunciaba la injusta realidad de la sociedad cubana desde la revista que dirigía, La Quincena. Biain se convirtió en uno de los más firmes defensores de Fidel Castro tras la revolución y la jerarquía eclesiástica, triste y contrariada, lo retiró de la revista y le prohibió predicar. En la memoria de todos estaba la intervención del obispo de Santiago, Monseñor Enrique Pérez Serantes para proteger la vida de los barbudos asaltantes del cuartel de Moncada, sobre todo de la firmeza con la que defendió al propio Fidel. Entre los guerrilleros se encontraban sacerdotes como Guillermo Sardiñas, conocido como ‘el padre de la sotana verde olivo’ y considerado el primer cura guerrillero de Latinoamérica…

Sin embargo, el apoyo de parte del clero cubano no encontró el mismo entusiasmo en las élites eclesiásticas y, en algún momento, la cosa se torció. Las autoridades católicas desconfiaban de aquellos tipejos que abogaban por sacudir el orden establecido y que se proponían expropiar las propiedades de los ricos para repartirlos entre los más pobres. ‘La religión católica’, continúa Ketty Castillo, ‘al principio de la Revolución tuvo un enfrentamiento muy fuerte porque se posicionó abiertamente contra el proceso revolucionario, apoyando y dando cobijo en las iglesias a los autores de atentados’. Sobre la relación de la revolución cubana y la iglesia católica, centrado en el culto a la virgen del Cobre, despeja muchas dudas este estudio del antropólogo mexicano Félix Báez-Jorge, ‘La Virgen de la Caridad del Cobre y la historiografía cubana (Dogmatismos y silencios en torno al poder y la nación’.

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Dos hechos confirmaron que la distancia entre las autoridades católicas y los barbudos sería cada vez mayor. Por un lado, la operación Peter Pan, por la que el gobierno norteamericano, en connivencia con las autoridades católicas y los cubanos en el exilio, ‘orquestaron una campaña difundiendo el bulo de que el comunismo iba a quitar la patria potestad a los padres y que los niños serían enviados a Rusia para su adoctrinamiento’, comenta Ketty Castillo. ‘Ante este temor, miles de padres enviaron a sus hijos a los EE.UU’, confiando además que la revolución duraría unos meses pero el régimen permaneció, los vuelos comerciales entre los Estados Unidos y Cuba se suspendieron y muchos de los niños terminaron siendo dados en adopción, ‘y nunca más volvieron a ver a sus padres…’. El número de niños se estima en unos 14.000, muchos esperaron durante meses que llegaran sus padres para reunirse con ellos, pero no llegó nadie. La segunda acción católica tuvo mucho que ver con Juan Moreno y El Cobre: los anticastristas consiguieron, en una fecha tan temprana como 1961, sacar exiliada (ella también) una imagen de la virgen de la Caridad que se guardaba en la parroquia de Guanabo, en La Habana, después de haber sido sustraída y oculta en la embajada de Italia, para que los cubanos de Miami pudieran rezarle a su añorada patrona. La imagen de la virgen fue de campamento de exiliados en campamento de exiliados por toda la Florida hasta que en 1967 se construyó una ermita a la Caridad en el exilio. Tanta es la devoción que el arzobispo de Miami ordenó la fundación de una cofradía de la virgen de la Caridad en la Florida…

‘A raíz de esos acontecimientos’, continúa Ketty Castillo, ‘el Estado cubano rompió relaciones con la iglesia y prohibió a los militantes comunistas que practicaran la religión católica, o lo que es lo mismo, si eras católico practicante, no podías ser militante comunista’. Sin embargo, nunca se cerraron iglesias y el culto religioso, bien fuera católico, evangelista, judío o mormón, siempre se toleró. ‘Existe libertad religiosa, en definitiva, y volviendo a las religiones de origen africano, hay muchos militantes comunistas que la practican. A mí, que soy atea por la gracia de dios, el sincretismo y todo lo relacionado con las religiones africanas, que se da en muchos países de America Latina, me parece fascinante: eso de echarle ron a los santos cada vez que se abre una botella, para que no se enfaden, o decirle a un santo: como no me concedas esto o aquello te tengo a pan y agua y no te vuelvo a poner ni ron, ni fruta ni pasteles… es sublime…’.

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El santuario se encuentra en el punto más alto del cerro de Maboa, a 27 kilómetros de Santiago de Cuba, y a unos kilómetros de El Cobre, una construcción de principios del siglo XX que no asombra para nada a un vecino del sur de España y que podría imaginarse el edificio en cualquier municipio andaluz. La antigua ermita se había derrumbado en 1906 a resultas de la actividad propia de una mina: explosiones y excavaciones. Eso sí, el interior es otra cosa. Bajo el camarín de la virgen se encuentra la capilla de los milagros, donde los creyentes depositan todo tipo de ofrendas: hay joyas de oro, piedras preciosas, llaveros y llaves, cartas manuscritas, cadenas, ropa, muñecos, medallas olímpicas, bates y guantes y pelotas de beisbol. Entre los exvotos que se acumulan en las paredes, las urnas y las repisas deben de encontrarse los que entregó la madre de Fidel Castro mientras su hijo luchaba en Sierra Maestra. En el interior del templo las devotas venden imágenes en miniatura de la virgen, una figura de lo más kitch encapsulada en una burbuja de cristal sostenida por un remedo del altar original cubierto de restos de mineral de las explotaciones. De hecho: cobre en virutas…

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