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El día que Tumaco pidió paz apenas fueron quinientas personas. Parecían más porque gritaban mucho y marchaban en fila india de a dos, desfilando con una larguísima bandera blanca, les abría paso el coche de los bomberos locales, policías uniformados de a dos en moto y un vehículo con un megáfono defectuoso que se tragaba la mitad de las consignas. ¿Qué es lo que…? Preguntaba el madrileño padre José Luis con un final abrupto. ¡Queremos paz!, gritaban los manifestantes más cercanos, los que no necesitaban el altavoz. Los conductores del caótico tráfico de Tumaco torcieron el gesto, hubo muecas de hartazgo y las innumerables motos que dificultan, y facilitan, la vida de los tumaqueños aprovechaban cualquier resquicio para adelantar a los dolientes. Unos dolientes que esperaban más de sus vecinos y que habían levantado un improvisado camposanto de cruces con nombres junto al río, nombres de dolientes que ya no están porque se los llevó una ráfaga de metralleta, un disparo certero, una bomba, un navajazo…

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Y eso que en esta población del Pacífico colombiano todos son dolientes: las víctimas por el conflicto se cuentan por miles en una población de apenas doscientos mil. El que no ha muerto a manos de los guerrilleros lo ha hecho a manos de los paramilitares, o del ejército, o de los narcotraficantes, o de las pandillas de desadaptados juveniles. Durante mucho tiempo Tumaco ha sido sinónimo de crímenes en Colombia, y aún hoy guarda ese estigma. Por eso marchan los manifestantes, sobre todo víctimas del conflicto pero también estudiantes, feligreses de la diócesis local y miembros de los diferentes cuerpos asociativos locales. ‘Aquí estamos gentes que han votado Sí, gentes que han votado No y gentes que no han votado’, me cuenta José Luis, el cura que impulsa la marcha. ‘Todos juntos porque lo queremos es paz y que no vuelvan los tiempos oscuros de las muertes diarias…’

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Un grupo folclórico canta un arrullo, que no es más que un canto repetitivo y casi hipnótico que a través de la voz de la cantante traslada a la masa a una suerte de trance místico y colectivo. ‘Vamos a sacar al pueblo adelante’, dice una poderosa voz negra que representa a todos los negros de la región: más del noventa por ciento. Y portando una miríada de banderitas blancas la comitiva avanzaba por entre los cariacontecidos conductores. Quién sabe si ese señor que frunce el ceño en su moto no ha sufrido una o varias muertes en su familia, entre sus conocidos, en su entorno: la estadística dice que sí, que todos en esta ciudad conocen a alguna víctima por muerte violenta.

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Los vecinos miran desde sus casas. ¿Ustedes no han sufrido ninguna pérdida durante el conflicto? ‘Muchas’, me dicen, ‘pero salir, mijito, pa qué….?’

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Paola me lo dice: ‘a mi tío lo abrieron y le sacaron las entrañas’. Rodrigo me lo cuenta: ‘quién no recuerda la furgoneta blanca de los paramilitares, a la que llamábamos el tigre, saliendo a buscar objetivos y todos metiéndose en casa’. Una señora anónima se queja: ‘a mí me han matado a dos hijos’. Aún así los vecinos salen de sus casas y asoman las narices para ver ese bullicio, casas por debajo del concepto ‘humilde’, las mujeres sentadas en los porches, los hombres apoyados en las paredes, los niños divertidos desde las ventanas de los colegios. Abajo, gritos: por la paz, por la reconciliación, por un acuerdo con las guerrillas, por el perdón. Pero también por un sentimiento de hartazgo: ‘basta de aburrimiento, queremos alegría’.

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Avanza la protesta dando tirones hasta que cae la noche, a plomo como ocurre siempre en el trópico, y de repente se va la luz. Más gritos porque el fluido eléctrico no es imprescindible para la protesta, aunque sinceramente ayuda a no caer en los numerosos huecos que ofrecen las calles tumaqueñas. Avanzaba el cortejo a oscuras, cada vez más numeroso, alumbrado por los faros del coche de bomberos, por los teléfonos móviles de los estudiantes que iban a la cabeza, y por los pocos comercios que disponen de generador. Porque la luz se va a veces y puede tardar hasta veintiséis días en volver, como ocurrió hace no tanto tiempo, lo que generó que los apáticos vecinos de la ciudad se levantaran indignados y protestaran airados ante el tradicional y habitual abandono por parte de las autoridades centrales.

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La comitiva, como decía, pareció crecer en la oscuridad y ocupaba ya la calle ondeando banderas blancas que apenas podían adivinarse en la noche pero que se intuían como luciérnagas a medio fundir. Y así desfiló hasta alcanzar su punto más comprometido, el más emotivo: la comisaría de la policía local.

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Y la negra noche se iluminó entonces de velas, velitas y velones, el señor comandante salió amable pero circunspecto a leer un comunicado de agradecimiento ante una masa iluminada por más velas, velitas y velones. Porque aquí mismo explotó la última gran bomba urbana del conflicto, disimulada malvadamente por un comando de las FARC en una moto que terminó con la vida de once personas, sobre todo civiles. Por no hablar de los heridos, que fueron más de setenta, me cuentan, y de los que no se habla para no incrementar el número de muertos.

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‘Pero yo conozco uno que cuenta como herido y murió meses después: a ver quién actualiza las informaciones de los noticieros’, me dice un señor con una vela en las manos. Nada raro, me digo al día siguiente mientras camino por las populosas calles de Tumaco por entre la activa muchedumbre que desborda e inunda cada esquina, cada cuadra y cada rincón, que llena los comercios y da alegría al lugar. Parecieran enfermos de alguna fiebre tropical que les obligara a deambular frenéticos, calle arriba y calle abajo, entre motos, carritos de fritangas y objetos indeterminados dispuestos aleatoriamente sabrá Dios por qué. Y sólo cabe una conclusión: quien colocó la bomba tuvo muy mala leche porque sabía que el mayor daño lo cargarían los peatones.

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Y leen entonces los nombres de los muertos, de los heridos, de los policías, de los civiles, y en la oscuridad se iluminan rostros serios, teléfonos móviles en alto, policías que lo graban todo en cámaras de cinta. Y el grupo folclórico recupera el protagonismo con un estremecedor arrullo que penetra hipnótico en la multitud con su deje africano. ‘Colombia, qué te duele’, pregunta la poderosa voz y me traslada a una selva africana. ‘Ha habido un dolor’, le responde el coro de voces negras mientras retumban los tambores. ‘En dónde te duele patria’, insiste la cantante. ‘Aquí en el corazón’. Lloran algunos, bailan frenéticos otros, yo dudo entre una cosa y otra, el canto lo envuelve todo y contiene las ganas de la multitud por concluir la jornada. La marcha continúa hasta el parque de San Judas, donde sólo llegan los incondicionales. Tumaco sale a la calle por la paz y lo hará más veces, avisan. Porque queremos paz, insisten mientras reclaman que el estado busque otro acuerdo con la guerrilla. Y lo piden sin sin respaldo y sin ayudas, sólo por la paz. ‘Por favor’, pide la organización desde el escenario. ‘Somos vecinos sin muchos recursos para estas cosas: devuelvan los banderines, los necesitamos para próximos eventos…’

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