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La mañana del 18 de febrero de 2000 un paramilitar conocido como el Gallo recorrió las calles de El Salado buscando a la joven Nayibis Contreras. Iba como loco, recuerdan los que lo vieron, con una pistola en una mano y un puñal en la otra. Pateaba las puertas, golpeaba paredes, gritaba y maldecía. Finalmente la halló en una casa y la arrastró por los pelos hasta la plaza del pueblo. Allí estaban concentrados los vecinos de la localidad. En el suelo yacía el maestro Luis Pablo, apaleado, apuñalado, torturado y sin orejas: se las habían cortado. Después de todo eso, y digo después, lo mataron de un disparo. Nayibis lloraba mientras la golpeaban. A sus 16 años había cometido un grave delito: era la novia de Martín Caballero, el jefe del frente 37 de las FARC. Los paramilitares querían venganza. La colgaron de un árbol, frente a los murmullos ahogados de los vecinos, y la degollaron con las bayonetas de sus fusiles. Junto al Gallo, trescientos o cuatrocientos cincuenta paramilitares (dependiendo de las fuentes). El pequeño municipio de El Salado iba a sufrir la mayor matanza de la historia del paramilitarismo en Colombia. Leonardo José Redondo Torres lo recuerda muy bien. Tenía 15 años en ese momento y salió a la calle alarmado por los gritos. En su cerebro quedan impresos a sangre y fuego unos detalles más que otros. ‘Nos reunieron en la plaza e hicieron un sorteo: al que le tocaba, lo mataban, porque decían que éramos guerrilleros, que les dábamos información y colaboración’.

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La plaza hoy luce destartalada, aplastada bajo el inclemente sol, vacía. El pueblo entero luce así: destartalado, caluroso, vacío. La calle principal es una hondonada de tierra que parece el lecho de uno de esos ríos fantasma. ‘Cuando llueve ese surco se llena, el agua avanza a toda velocidad, una vez de madrugada tuve que salir corriendo y lo perdí todo’, me confirma Karen, una bogotana que vivió en el pueblo un año. Muchas casas siguen vacías desde el año 2000, el de la matanza. Las hay que están muy deterioradas por el paso del tiempo. Otras, en cambio, volvieron a ser habitadas. Tan sólo 400 familias volvieron a vivir en una ciudad que estuvo desierta por años.

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La matanza que espantó al mundo, no obstante, no empezó el 18 de febrero sino días atrás. Incluso meses atrás. Concretamente cuando unos guerrilleros de las FARC robaron 400 reses a una poderosa terrateniente llamada Enilse López, más conocida como La Gata. Una gata muy bien relacionada con la élite política de la región. Cuando supo que le habían birlado el ganado llamó a sus amigos de las Autodefensas y supuestamente les pidió un esfuerzo. Según algunas fuentes podría estar involucrado incluso Miguel Ángel Nule, a la sazón gobernador del departamento de Sucre, desviando la atención de la policía. Una sospecha con visos de realidad porque Nule, el gobernador, fue condenado a 28 años de prisión por su vinculación a otra masacre de campesinos, la de Macayepo. Los paramilitares, que ya tenían inquina a la población porque los guerrilleros del frente 37 de las FARC la usaban como base para descansar, avituallarse y hasta planear ataques a la policía, tomaron el encargo con agrado. Según la fiscalía la matanza fue ordenada por los capos del paramilitarismo y el narcotráfico Carlos Castaño, Jhon Esquivel, alias el Tigre, Salvatore Mancuso, Jorge 40 y el apoyo del capitán de corbeta de la Armada Héctor Martín Pita. Y al mando de aquellos hombres sedientos de sangre, Juancho Dique, capturado finalmente por el estado colombiano y gracias al cual conocemos la secuencia de hechos, y Rodrigo Cadena, un carnicero de Carmen de Bolívar que supuestamente murió asesinado en 2005.

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Algunos testigos decían que habían visto pasar cerca de El Salado guerrilleros trasladando las reses robadas y alguien pensó que las habían compartido con los vecinos. Poco después apareció un helicóptero que lanzó unos inquietantes panfletos: ‘Cómanse las gallinas y los carneros y gocen todo lo que puedan este año porque no van a disfrutar más’. En la región todos sabían que algo estaba a punto de ocurrir. Algo terrible. Y ocurrió. Desde la base de Infantería de Marina entregaron a Cadena, el carnicero, 5 desertores de la guerrilla para que los guiaran y señalaran a los colaboradores de los subversivos. El 16 de febrero los paramilitares avanzaron a pie, divididos en tres grupos para poder entrar por los tres accesos a la población. Tardaron casi dos días en llegar a El Salado, tiempo en el que asesinaron a 19 campesinos a cuchillo o ahorcándolos para no hacer ruido. También reunían el ganado que encontraban para cumplir el encargo. Los guerrilleros de las FARC se percataron de lo que se avecinaba pero los enemigos eran demasiados y traían apoyo aéreo así que avisaron a los vecinos. ‘Váyanse que los matan’.

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En El Salado se acumulaban campesinos de caseríos aislados que huían de las matanzas sin pensar que se encerraban en la peor de las trampas. La alarma se extendió por la región pero nadie pudo entrar porque la policía cerró las carreteras: ‘están minadas por los guerrilleros’, mintieron a la Cruz Roja y a los periodistas. Un helicóptero sobrevolaba la zona, dice Leonardo José, ‘y nos disparaba también’. Porque los paramilitares venían ‘caminando’, recuerda el joven, ‘pero los helicópteros los apoyaban, inclusive disparaban desde arriba y mataron inocentes’, insiste Leonardo recordando varias naves. ‘Los helicópteros del gobierno’, me insiste.

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El helicóptero lo pilotaba Andrés Angarita, un exoficial del ejército enrolado en las filas paramilitares. Uno de sus disparos destrozó el cuerpo de Libardo Trejos y bañó con su sangre a una pequeña de cinco años que desde ese día no ha vuelto a hablar. Mientras tanto, en la plaza del pueblo, los vecinos esperaban la muerte. Para empezar torturaron, asesinaron y desmembraron a nueve campesinos mientras un grupo de paramilitares sacaba instrumentos de música. Ese recuerdo acompañará para siempre a Leonardo José Redondo Torres. ‘Traían un grupo de vallenato, llevaban acordeón y cada vez que mataban a uno, celebraban’. Las torturas son difícilmente imaginables. Estrangulamiento, descuartizamiento, empalamiento. Motosierras, destornilladores, piedras, maderos. Una vez ejecutados los supuestos guerrilleros, el resto de víctimas fue elegida al azar. Unos porque temblaban, otro porque tenía retraso mental. La plaza se llenó de cadáveres mientras asomaban tambores, gaitas y acordeones, una orgía de sangre en la que se hacía fila para violar a las más jóvenes. Los testigos hablan de decapitaciones y hasta de un partido de fútbol con una cabeza por pelota. Una mesa en la cancha se convirtió en el escenario de las más terribles aberraciones criminales. Entre las violadas, una niña de 6 años y una mujer de 65.

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Leonardo evoca la masacre que vivió cuando tenía quince años, en la que perdió a su madre y a un hermano

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El recuerdo de Leonardo José, de 15 años en aquel momento, vuelve a lo incongruente. Una vez saqueadas las tiendas, los paramilitares subieron el volumen de sus equipos estéreos. Cuando cesaba la música, tocaban gaita, tambores y acordeón. ‘Los mataban ahorcándolos con cuerdas de cáñamo’, recuerda Leonardo, ‘hacían un nudo en la garganta y luego tiraban dos de cada extremo: así mataron a mi mamá, porque era madre comunitaria (pincha aquí para ver qué es eso), y a un hermano mío, que era profesor’, cuenta Leonardo, ‘a otros los mataban a machete, los hacían trocitos, a otros les cortaron las orejas, todo eso lo presencié yo, los sentaban en la cancha y ahí mismo los mataban’. El ensañamiento me conmueve. Pero no a Leonardo: sólo le causa extrañeza. ‘Después de muerto les metían cuchillo, cortaban orejas, cosas así, y según ellos porque colaboraban con la guerrilla, que porque los dejaban pasar por sus tierras, pero qué hace uno si viene un grupo armado y dice que va a pasar, ¿qué haría usted?’, pregunta, ‘si quieren pasar van a hacerlo, ellos armados y nosotros desarmados…’

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Hoy El Salado tiene un barrio nuevo donde se siente algo más de vida. Son 100 casas de nueva construcción, todas iguales: junto a una puerta descansa un abuelo sin camisa, los niños corren por las calles sin asfaltar, un cartel recuerda la importancia de no botar basuras, ‘no sean hijueputas’. Incluso la cancha es ahora un campo de fútbol nuevo de medidas reglamentarias con césped artificial que luce impoluto. Un equipo femenino entrena junto a una de las porterías y saluda entusiasta al foráneo. En la parte antigua de la ciudad una familia ha cortado una calle para celebrar una fiesta de cumpleaños: la música resuena por todo el pueblo. Una abuela vende plátanos a las puertas de su casa mientras su nieto juega en el suelo. En el interior de algunas viviendas el tabaco, principal fuente de riqueza de la zona, cuelga de los techos mientras se seca. Nadie diría que en este pueblo pasó lo que pasó. Que los mayores tengan recuerdos imposibles de borrar, que los jóvenes hayan crecido entre pesadillas.

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Seis días después de comenzada la masacre, se contaban 60 muertos, aunque los locales hablan de 86 y sin contar los desaparecidos: la fiscalía habla de más de 100, lo que podría ser la matanza más grande en la historia paramilitar de Colombia. Mientras aquello ocurría otros grupos de paramilitares recorrían los predios buscando ganado. Cuando reunieron mil reses, elegidas además por el propio administrador de la Gata, los asesinos abandonaron la población. Lo hicieron de madrugada y avisaron mediante disparos al aire a los supervivientes, que no habían podido salir desde el inicio de la matanza ni recoger los cuerpos. En la plaza quedaron 18 cadáveres, hinchados, desmembrados, una ciudad con un calor horrible, donde los cerdos deambulan libres, cerdos que se comieron partes de los cuerpos. Leonardo los vio abandonar la ciudad. ‘Incluso saludaron al marcharse, salieron tan tranquilos y cuando llegó el ejército, muy poco después, dijeron que no podían alcanzarlos porque estaban ya muy lejos y que no querían enfrentamientos ni más muertos’. Mientras, los cuerpos se pudrían al sol.

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Leonardo recibió hace unos meses los restos de su madre, más de 15 años después. ‘Me dieron una caja con mi mamá pero cuando he ido a reclamar la indemnización que prometieron, 18 millones de pesos (unos 6.000 euros) me dijeron que tengo que demostrar que esos restos son los de mi mamá… ¡Si me los dieron ellos y ahora dicen que se lo demuestre!’ Leonardo conduce una mototaxi en el Carmen de Bolívar, intenta no recordar aquellas escenas pero si debe hacerlo las afronta con una serenidad pasmosa. ‘He sabido controlarme, no he necesitado psicólogo, vi cómo los mataron y lo recuerdo todo, supongo que la mente tiene mecanismos y que si de pronto me pongo a darle vueltas me volvería loco, pero sé controlarme sin problemas, he tenido varios oficios, lo que me salga, ahora conduzco mototaxi..’. Leonardo sube a su moto y se encamina a la ciudad, a buscar clientes. Una última duda, Leonardo. ¿Que votó usted en el plebiscito por los acuerdos por la paz? ‘Yo he votado que sí porque ya, ¿qué se puede hacer?’, pregunta serio, ‘algunos de los muchachos de El Salado se metieron en la guerrilla después de aquello, pero yo no, lo que pasó pasó y lo que fue fue, y por eso voté sí. Por la paz, por el perdón. Para que no vuelva a pasar…’

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