Viaje a Colombia: jugando al tejo

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Dice Gustavo Adolfo Moreno Bañol, un estudioso del deporte colombiano en todas sus variantes, que el juego del tejo siempre iba acompañado de grandes cantidades de chicha, que como sabrán no es otra cosa que una bebida alcohólica fermentado su maíz. En el municipio de Cota, a pocos kilómetros de Bogotá, una pandilla de indígenas muisca me invita a jugarlo y no me asombro, pues, cuando uno de ellos aparece cargado con una caja de cervezas. Sonrió el muchacho, sonrió un abuelo, sonrié yo, sonreimos todos. Claro que mi sonrisa escondía una ignorancia: la de que el juego y la cerveza van tan de la mano que la caja sólo sería la primera de muchas más.

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Quinientos años atrás los muiscas que habitaban la sabana de Bogotá tenían un pasatiempo que se llamaba zepguagoscua y que se jugaba con un disco de oro de 680 gramos de peso. Un juego caro, presumo, porque tantos gramos del vil metal no están al alcance de cualquiera aunque si tenemos en cuenta que no lejos del hogar muisca se gestó el mito de Eldorado y que el oro hizo añicos la vida, y la moral, de tantos conquistadores (como este gaditano, pincha aquí) concluyo que tal vez en su momento fuera un metal de lo más corriente . El caso es que el zepguagoscua se popularizó porque, admitámoslo, espolea el orgullo del jugador eso de que tu vecino sea capaz de lanzar tan pesada carga por los aires casi veinte metros hasta la meta mientras tu brazo sufre humillantes pinchazos.

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El tejo es todo un rito en Colombia, donde también se le conoce como turmequé, y consiste en lanzar un disco metálico a través de una cancha en cuyos extremos se colocan unas cajas cubiertas de arcilla en la que yacen enterradas mechas (bolsitas) de pólvora que explotarán cuando se logre el impacto. El objetivo está en el centro de la caja, una suerte de círculo señalado por unas flechitas bajo el que se supone está la gran mecha. La diana se llama bocín y si tiene usted la dicha de aterrizar el disco metálico en semejante lugar se llevará seis puntos. El primero que reviente 9 mechas, a razón de tres puntos por explosión, se lleva el juego. Los puntos cambian según la puntería del tirador y si el proyectil impacta en el centro se otorgarán seis puntos, como decía, pero si la carambola es doble, es decir, en el centro y en una mecha, entonces el agraciado se llevará nueve puntos y los colombianos llaman a semejante gesta ‘Moñona’, no me pregunten por qué. Mejor bebamos otra cerveza, que en este país incluso tiene un santo cervecero: pincha aquí.

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El juego tiene tantos seguidores y tanta solera que cuenta con esta federación desde que el congreso de la República le dio el espaldarazo definitivo en el año 2000, cuando lo declaró deporte nacional colombiano. Alguien trae otra caja de cerveza y dudo de que mi próximo lanzamiento llegue siquiera a la mitad de la pista: el brazo dormido, la cabeza a las tres de la tarde, la sensación de pertinaz ridículo ante los portentosos brazos de mis rivales, el balbuceo en mis cuerdas vocales… El tejo ya es popular en otros países, como Perú, Ecuador, Venezuela, Brasil, México o los Estados Unidos, llevado en volandas por los emigrantes colombianos y asumido por miles de devotos convencidos por la mezcla de discóbolos amantes de ingerir grandes cantidades de cerveza y el reto de ganar en estado de achispamiento. Tiro mi último tejo y concluyo que el deporte, en ninguna de sus variantes, es lo mío. Por suerte no faltan las cervezas…


Publicado el by José Luís Sanchez Hachero escrito en América, Viajes

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