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Recién comenzaba el mes de septiembre de 2002 cuando el ejército colombiano descubrió el escondrijo del Frente 21 de las FARC en la vereda La Estrella, un somnoliento asentamiento entre cafetales en las montañas del Tolima. Los vecinos dormían plácidamente cuando un estruendo de ruidos y luces los despertó. No hicieron falta explicaciones: todos supieron lo que ocurría. Corrieron entonces para protegerse del fuego cruzado del único modo que se les ocurrió: todos juntos en una casa. ‘Las balas cruzaban el valle de un lado al otro’, me cuenta José, un campesino cafetero local, ‘y nosotros enmedio, esperando la muerte’. Por las ventanas podían ver los helicópteros lanzando bombas, el resplandor de las bengalas que convertían la noche de La Estrella en día soleado, los disparos de los guerrilleros, gritos, aullidos y sombras corriendo. ‘Los soldados peinaron la zona matando subversivos’, recuerda José a las puertas de su casa, ‘recuerdo un guerrillero que intentó aprovecharse de la oscuridad de la noche y quedó muy quietecito en lo alto de un risco pero se movió y tiró un piedra: lo mataron ahí mismo y no era necesario’. Por la mañana hicieron recuento. Veintisiete guerrilleros muertos, aunque la prensa sólo contó quince. El campamento del Frente 21 quedó destruido y el ajetreo que veían los campesinos a diario desapareció. Pero también desapareció la tranquilidad de José.

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José me muestra las matas de café

‘Unos días después de la batalla los guerrilleros que habían reemplazado a los caídos me hicieron una vista para advertirme de que estaban investigando quién avisó al ejército y que yo era el principal sospechoso’. José entró en estado de pánico. Sabía a lo que se enfrentaba. Podía recordar lo que le ocurrió a Pablo Emilio Parra, presidente de la Cruz Roja local, cuyo cuerpo apareció acribillado, la lengua cortada y un letrero en el que se leía ‘por sapo y torcido’. Podía recordar los cuerpos ajusticiados que aparecían regularmente en la trocha embarrada que servía de vía principal para los vecinos de esta remota zona rural.

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‘¡Cuántas veces debía detener el carro para retirar los cuerpos y continuar el camino!’. José entró en estado de pánico. Y no es reprochable. ‘A finales de los años noventa moría tanta gente que el juez tenía miedo de subir a esta zona y me declaró adjunto al juez de paz’, cuenta José con una calma que invita a la paz. ‘Como yo era presidente de la junta vecinal me tocó aprender a levantar cadáveres: anotaba la posición, tomaba nota del lugar, documentación y hasta una fotico para enviarla al juez…’ Así que José conocía la situación, conocía el poder de los guerrilleros, lo estricto de sus castigos y la posibilidad cierta de que su cuerpo terminara interrumpiendo el camino a algún vecino. Y decidió huir. ‘¿Qué podía hacer?’, me pregunta, o se pregunta a sí mismo, no estoy seguro. ‘Si deciden que soy culpable, aunque no lo sea, no importan mis argumentos porque quién sabe sus fuentes y quién sabe si me creerán’. Pero cuando se marchaba volvieron a avisarle. ‘Si huye es que es culpable y si es culpable y no lo encontramos, no dejaremos a nadie de su familia’. José volvió para volver a volverse. ‘Nos tocó huir a todos, se vinieron todos conmigo, mis papás, mis tres hijos, mi esposa…’.

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Aquí estaba el campamento de las FARC pero tras el bombardeo no quedó nada, me dice José…

Y se fueron entonces a la ciudad no sin antes malvender sus tierras a un vecino aprovechado. ‘Quince millones me dieron por unas tierras de primera calidad’, recuerda emocionado, ‘quince millones de pesos a plazos y encima no me lo pagaron íntegramente’. La familia emigró entonces a Ibagué para encontrar que la pesadilla habría de durar mucho tiempo. ‘Yo no encontraba trabajo porque al decir que provenía de Planadas me tomaban por guerrillero y me retiraban las ofertas’. Tan sólo su mujer encontró trabajo limpiando casas y las penurias se incrementaban por días. ‘Así duré diez años, ¡diez años!, hasta que decidí volverme sin importarme la muerte porque ya aquello era una muerte en vida’, me cuenta José mientras recorremos la vía embarrada cortada a pico por la ladera de las montañas que conducen hasta los cafetales más preciados de Colombia. ‘Cuando regresé hablé con el comprador, que sabía que la había vendido por la amenaza de la guerrilla, pero entonces me dijo que valía cincuenta. No tenía esa plata así que tuve que buscarme otra..’, su tranquilidad me inquieta, augura tormenta, pero José mantiene la calma mientras recuerda su descenso a los infiernos. ‘¡No me había terminado de pagar la miseria que me dio y ahora me pedía cincuenta millones!’.

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No tuvo otro remedio que buscarse una nueva finca y construirse una nueva casa. Desde el porche de su nuevo hogar se divisan sus antiguas tierras. ‘Allá están’, me indica con el dedo el fondo de un precioso valle, ‘mi casa’, dice con un deje nostálgico. De todos modos no le ha ido mal. Ahora tiene diez hectáreas sembradas de café, vienen braceros del norte de Colombia a recoger el fruto rojo, me invita a comer un enorme plato con arroz, carne y banano. ‘Vea’, dice señalando un monte lejano, ‘allá estaba el campamento de la guerrilla, aunque ya no queda nada…’.

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Recuerda entonces José los tiempos en los que convivía codo con codo con la guerrilla. Pasamos con su todoterreno junto a una casa colgada de un precipicio. Saluda con la mano. ‘Mire ese señor de ahí’, me dice, ‘la guerrilla le mantuvo secuestrado seis meses porque era concejal y junto al alcalde pidió más presencia militar en Planadas’. José habla de una época en la que los guerrilleros controlaban todo, desde cómo gastar el presupuesto municipal a toda una legislación prohibiendo la caza en el monte. ‘En eso sí se les echa en falta porque ahoritica entra cualquiera al bosque y mata cualquier cantidad de animales’, José reconoce algún logro a la guerrilla, ‘y además tenían buenos carros y mantenían la vía, no como ahora’. El camino embarrado se hace difícil, los vecinos se organizan en cuadrillas para arreglar los baches que nadie más arregla, un arroyuelo ha desgajado parte de la carretera. ‘Ellos mantenían la vía y cuidaban de la naturaleza y yo sólo me dedicaba a plantar café, como me enseñó mi padre’, dice José, ‘incluso cuando venían a cobrarme la vacuna yo se la pagaba sin demasiado esfuerzo, un milloncito, o dos, dependiendo de cómo fueran las cosas…’

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Todo ha cambiado. Esta zona rural, tan castigada durante décadas y escenario de los primeros enfrentamientos de las FARC en los lejanos años sesenta, parece otra. Resplandecen los cafetales en las laderas, el verde de las matas confiere un aspecto exótico y paradisíaco a los valles, se respira paz. Pero José no puede olvidar. ‘Yo quiero la paz’, me dice, ‘pero me lo hicieron pasar muy mal: terminé separándome de mi mujer, mis hijos no se adaptaron rápidamente a la ciudad, y por si fuera poco ahora que he vuelto yo ellos no quieren volver porque tampoco se sienten de aquí. Me rompieron la vida y no puedo perdonarlos. Por eso voté que no a los acuerdos de paz. Pero pensé que saldría el sí y que dejaríamos esta pesadilla atrás. Ahora quién sabe qué pasará…’

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