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El Almirante Blas de Lezo perdió una pierna en 1704 durante la guerra de la Sucesión española, un ojo en 1706 luchando contra los franceses, y un brazo en 1714 nuevamente en la guerra de Sucesión. Caminaba a duras penas con una pata de palo y el brazo huero más que inútil era una molestia. Pero aún le faltaba lo peor: una bala de cañón le hirió la pierna sana, la mano que aún le funcionaba y le creó un cuadro de heridas infectas que le costó la vida misma. Si piensan que todo esto dolió al que fue Almirante no lo conocían. Su mayor sufrimiento vino después, cuando ya estaba muerto. Porque tras entregar en batallas las cuatro extremidades y la vida misma, las élites patrias lo borraron de las páginas de la Historia y su nombre apenas resuena en España. No ocurre lo mismo en Inglaterra, donde lo valoran como un gran militar, o en Colombia, donde lo adoptaron como héroe nacional.

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El 13 de marzo de 1741 una flota británica de 186 buques y casi treinta mil hombres al mando del almirante Edward Vernon se aproximó a la bahía de Cartagena de Indias y los vecinos de la ciudad pensaron que les llegaba el fin de los tiempos. No es para menos porque dicen las crónicas que se trató de la mayor flota de la historia después de la que participó en el desembarco de Normandía. La expedición tomó las fortalezas exteriores de Chamba, San Felipe, Santiago, San Luis de Bocachica y, finalmente, la de Bocagrande. Su entrada en la bahía de Cartagena se suponía triunfal y puso proa al último escollo para su victoria final: San Felipe de Barajas. Los ingleses estaban tan convencidos de su éxito que el petulante almirante inglés, amante de las pelucas y demás abalorios, envió a Londres una fragata cargada de prisioneros españoles y la orden de acuñar unas monedas que conmemoraran su brillante victoria.

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‘El orgullo de España humillado por el almirante Vernon’ reza su anverso, ‘Auténtico héroe británico, tomó Cartagena en abril de 1741’, cuenta su reverso. Vernon aparecía victorioso con un miserable español vencido a sus pies, supuestamente el almirante español Blas de Lezo. Mientras los británicos acuñaban sus monedas triunfantes, Vernon asediaba la última fortaleza aún en manos españolas. En su interior, 600 hombres al mando de Blas de Lezo. Los británicos poseían una enorme fuerza expeditiva y una gran cantidad de hombres pero Blas de Lezo tenía el ingenio del perro viejo y una fortaleza que apabulla al visitante. Porque San Felipe de Barajas es algo más que un castillo.

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En primer lugar, San Felipe parece un mundo en sí mismo. Con microclima y todo. El calor es asfixiante, indigno y húmedo, el perfil del castillo desconcierta a los amantes de los castillos, parece más un monte amorfo que una fortín. Grupos de turistas deambulan buscando sombra a sus puertas y dudan entre subir por las empinadas cuestas y escaleras o caer al suelo vencidos por el sol. Y no puede uno menos que compadecer a aquellos soldados británicos cargando armamento rudimentario, armaduras y tirando de cañones mientras que el exiguo ejército español les disparaba desde las alturas. Compadecer por decir algo. Subo la pendiente al punto de la extenuación porque el calor aplasta contra el suelo. Y solo son las diez de la mañana. Sudo yo también, como sentido homenaje a la soldadesca española del momento y, sobre todo, a los africanos que se deslomaron aquí colocando pedruscos. Y compadezco, ahora sí de verdad, a aquellos esclavos traídos con grilletes de África para levantar este mamotreto y entiendo que muchos decidieran poner pies en polvorosa para fundar un remedo de África cerca de aquí.

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Las obras comenzaron en 1656 y no acabaron hasta 1798 porque su existencia fue un sinvivir de ataques y defensas y de temporales y tornados. La idea inicial aprovechó una colina de 400 metros llamada San Lázaro para levantar un fortín que dominara la vista sobre toda la bahía de Cartagena pero se enredó con el paso de los años. Si al principio estuvo dotada con ocho cañones, cuatro artilleros y veinte soldados los ataques piratas aconsejaron subir algo más la apuesta. Pronto se le añadieron cincuenta y cinco nuevos cañones acompañados de los debidos cuerpos de artilleros. Las paredes se construyeron de modo oblicuo para evitar asaltos y los muros zigzaguean en un frenético devenir que le da un aspecto macizo y tocho. Además se la dotó de siete baterías y casi un kilómetro de túneles que desembocan en plazuelas y corredores estratégicamente situados. El castillo creció conforme crecían las amenazas y hoy es una de las obras más reseñables de la ingeniería española en América y el mayor de todos sus castillos coloniales. El resultado es abrumador y uno camina por entre las gruesas paredes imaginando lo sencillo que debió resultar eso de disparar a los británicos que sudaban allá abajo mientras intentaban encontrar un resquicio al que agarrarse. O al menos una sombra…

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Desde las alturas del castillo se divisa toda Cartagena. Por un lado la parte nueva, Bocagrande con sus espectacular skyline de rascacielos reflejados sobre el Caribe. Al otro, la parte antigua, el popular barrio de Getsemaní a mis pies, las murallas de acceso al casco viejo más allá. Y puedo imaginar el terror de los vecinos de la Cartagena del siglo XVIII mientras esperaban que la guarnición de Blas de Lezo diera señales de victoria. Los soldados británicos deambulaban a sus anchas por los alrededores de la fortaleza. Unos alrededores que en aquel momento eran selváticos, insalubres, cargados de mosquitos de la malaria, ciénagas y terrenos pantanosos. El Almirante Blas de Lezo arrastraba su mutilado cuerpo por las estancias ordenando ataques por allí y defensas por allá y, por si no tuviera bastante, una bala de cañón impactó en la estancia en la que discutía la junta militar y le hirió una pierna y la mano que le quedaba sana. La situación podía mover a la risa, de tan dramática, pero no acababa aquí: Lezo abogaba por incordiar a los invasores con un acoso permanente mientras que el virrey de la Corona española, Sebastián de Eslava, pretendía encerrarse y esperar.

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El Almirante, cojo doblemente y doblemente manco, tuvo entonces que enfrentarse no sólo a la armada británica sino también a los gobernantes españoles que, como ha ocurrido a lo largo de su historia, tienen cierta predilección por escoger la peor de las soluciones. Sin embargo, la táctica del Almirante tuvo sus frutos: había hundido los navíos de su propia flota para cegar la entrada a Cartagena, luego las enfermedades tropicales y el intenso calor que sufro yo también diezmó a los ingleses, finalmente en la madrugada del 20 de abril el deslenguado Vernon ordenó un ataque con tres columnas de mil doscientos hombres cada una. La ofensiva resultó un fiasco porque no llevaban suficientes armas, apenas explosivos, las escalas eran muy cortas para el foso excavado alrededor del fuerte y las tropas que llegaron de refuerzo se encontraron con las que huían despavoridos del ataque español. Vernon, obstinado como él solo, se negó a abandonar pero estaba rodeado de enfermos de fiebre amarilla y vómito negro, sus valientes soldados desertaban por cientos y el campo de batalla estaba sembrado de cadáveres que los buitres devoraban con alegría. Vernon se rindió a la evidencia: diez mil de sus hombres habían muerto, frente a unos seiscientos españoles. Su vaticinio había resultado al revés: las monedas que loaban su victoria y que humillaban a un tullido dan ahora risa y se guardan como un monumento a la soberbia.

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Paseo por el hermoso edificio del Centro de cooperación internacional español de Cartagena de Indias, donde se muestran dos de esas monedas. Paseo bajo la imponente arcada del edificio, con un jardín interior que haría las delicias de Juvenal Urbino y de Fermina Daza aprovechando una exposición sobre la figura del marino español. La exposición en la tierra que sirve de tumba al que conocían como el Mediohombre por sus muchos muñones parece un triste y tardío premio por tanto mérito milita. Porque su victoria no le deparó reconocimiento alguno más allá de una muerte gris y olvidada. El virrey no le perdonó que el Almirante apostara por una estrategia vencedora y desaconsejó que se le otorgara título nobiliario alguno. Por si fuera poco lo destituyeron mientras agonizaba y su nombre cayó en desgracia a pesar de su gran gesta. Cinco meses después Blas de Lezo fallecía en Cartagena y su cadáver recibía cristiana sepultura, aunque ni siquiera se sabe dónde. Carlos III restituyó su honor décadas después al nombrar a su hijo marqués de Ovieco.

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Sin embargo su nombre quedó sepultado por la historia y durante varios siglos tanto el Almirante Blas de Lezo como el castillo de San Felipe cayeron en un extraño sopor de olvido. El aguerrido cojomanco salió de las páginas de la historia por obra y arte de las élites patrias que nunca le perdonaron no se sabe si el que les llevara la contraria o que les ganara a sus admirados ingleses. El castillo, por su parte, pasó al abandono tras la independencia de Colombia, tal vez por su pasado colonial. Tanto rechazo y abandono que incluso sirvió de cantera para la construcción de casas de Cartagena. En 1928 la UNESCO se fija en el emblemático edificio y lo incluye en la lista de bienes considerados Patrimonio de la Humanidad. Un pasado glorioso, el de los arquitectos coloniales, porque recuerdo haber visitado esta iglesia fortaleza construida también por los españoles en las Filipinas. Por su parte, Blas de Lezo, el único almirante del mundo que jamás fue derrotado pasó a la historia como el Medio Hombre, por su condición de tullido extremo, y su rehabilitación tardó algo más. Sólo hoy comienza a vislumbrarse la talla de un genio militar que desapareció por las intrigas de los menos capaces.

blas de lezo contempla la retirada ibnglesa, de G. Moreno y A Vallespin-imp

Sobre Blas de Lezo hay mucho escrito pero pocos libros y algún que otro reportaje. Aquí puedes encontrar algunos: