Este post se ha leíd1737veces

 

Mohammed guarda un tesoro en el jardín de su casa: la tumba de una princesa. En Egipto es fácil tener un tesoro de esta magnitud en el jardín de tu casa, si tienes casa y si tienes jardín. Porque apenas hay centímetro de tierra por el que no hayan pasado todas las civilizaciones posibles de oriente medio. Pero el tesoro de Mohammed no es tan antiguo. En su pequeño vergel se levanta una tumba con techos de veinte metros de altura, tal vez más, finamente ornamentados, decorados con profusión de detalles, de arabescos, paredes policromadas, columnas severas rematadas por arcos de medio punto. Sólo la entrada ya impresiona y deja entrever que dentro de la robusta torre con recia fachada y enorme puerta de madera decorada con remaches no reposa su sueño eterno cualquiera. Subo la escalinata tras Mohammed después de recorrer un espacioso jardín surcado por tumbas menores y esquivar cachivaches desparramados, una pequeña jauría de cachorros de pastor alemán y sobresaltarme con la madre de los perritos, atada a un árbol y enseñando los dientes.

www.losmundosdehachero.com

Ahmed me conduce hasta el tesoro que guarda en el jardín de su casa: la tumba de una princesa

¿No le da miedo vivir con una muerta?, le pregunto a Mohammed. ‘No, ella está ahí y nosotros acá, cada uno tiene su espacio’. A su lado, Ahmed, su hermano, mira sin comprender el inglés, sólo sonríe mientras acaricia el mármol frío de su compañera de casa. ¿Y es una reina de verdad? ‘Sí’, insiste Mohammed, ‘es la princesa Shivakiar Ibrahim, fue esposa del rey Fuad, el padre del último rey de Egipto, Faruk I’. Pero qué me dice usted, le digo incrédulo, cómo va a vivir usted con el cadáver de la que pudo ser reina de Egipto pero se quedó en princesa por su afición a casarse y divorciarse con miembros de la realeza. ‘Después de la revolución de 1952‘, cuenta Mohammed, ‘triunfó el movimiento antiimperialista y Gamal Abdel Nasser no era precisamente amigo de las monarquías… el rey Faruk huyó del país y la gente invadió sus propiedades’. Y entre ellas, las tumbas de los nobles. ‘Mis padres por ejemplo’, señala con la barbilla a dos ancianos sentados a la sombra del gran arco de entrada a la parcela.

Un recinto de lujo, apacible, espacioso, agradable y florido, con dos estancias pegadas a la gran puerta de entrada (donde vive la familia), una alameda que surca el terreno hasta la tumba de la princesa, una tierra puntuada de tumbas anónimas. Un oasis de tranquilidad en una ciudad hiperpoblada, colapsada de tráfico, contaminada hasta un nivel insoportable, gris y polvorienta, sucia y mugrienta, fascinante en su caos y en su acumulación de estratos históricos. Pero todo eso parece lejanísimo. Aquí se respira paz, cantan los pajarillos, las ramas de los árboles se agitan pesadamente mecidas por una leve brisa. Claro que el precio a pagar es cohabitar con los muertos. ‘Los muertos no hacen nada: están muertos’, reflexiona Mohammed mientras observo una de las tumbas. Entonces, tú has nacido aquí. ‘Y mi hermano’, dice Mohammed, y Ahmed, entendiendo que se le menciona, sonríe en claro fuera de juego. Si la alegre Shivakiar no se hubiera divorciado tan pronto del adusto Fuad tal vez hubiera llegado a reina y su tumba no hubiera sido tan accesible (o sí, quién sabe): su boda ocurrió en 1896 y apenas dos años después lo dejaba para casarse con un general turco que luchó en la guerra de los Balcanes.

www.losmundosdehachero.com

El jardín de Ahmed y Mohammed tiene más tumbas de recio porte desperdigadas por la parcela

Fuad siguió su vida y en la década de los años veinte consiguió nada menos que la corona de Egipto y Sudán, soberano de Nubia, Kordofán y Darfur, tras haber sido sultán del imperio otomano. De todos modos la unión fue fructífera porque en tan corto periodo de tiempo la fértil Shavakiar le dio dos hijos, el príncipe Ismail y la princesa Fawkia. Por lógica: hermanastros del rey Faruk. ¿Y qué dice el gobierno de que estén ustedes aquí?. le pregunto nuevamente al joven Mohammed. ‘No les importa’, me dice, ‘saben que vivimos aquí y que tenemos la llave del mausoleo pero mientras no hagamos nada malo nadie viene a echarnos’. La historia, con ser insólita, no es única. Porque me encuentro en el conocido como Cementerio del desierto de los Mamelucos, en El Cairo, una de las llamadas cinco Ciudades de los Muertos que tiene la ciudad. ¿Ciudades de los Muertos?

Visto desde la fortaleza de Saladino, las ciudades de los muertos parecen oasis entre el tráfico de El Cairo y los grandes y polvorientos bloques de apartamentos, con sus calles a modo de pueblos, su vida diaria apacible y como rural

Sí, Ciudades de los Muertos. Porque no hay solo una: son al menos cinco. Cinco grandes grupos de cementerios que se extienden a las laderas de las montañas de Moqqatam, camposantos que en otros tiempos se levantaron en el desierto pero que, con el paso de los años, han quedado incluidos en el casco urbano. En algunos casos, en el corazón de la ciudad. La cosa no es broma: pueden albergar más de cinco millones de personas, hay quien dice que seis. Madrid, por ejemplo, tiene cinco millones de habitantes. ¡Madrid entera, y un millón de invitados, viviendo en el cementerio! Y las tumbas son de lo más variado. No es la primera vez que me encuentro gente viviendo entre muertos: lo de los toraja, en Indonesia, es incluso más llamativo porque conviven con los cadáveres momificados de sus parientes. La pasión de los mexicanos por la Muerte llega al delirio de dedicarles misas. Pero esta gente han hecho de los barrios de muertos barrios de vivos. Frente a las puertas de la muralla de Bab en-Nasr el barrio respira paz y tranquilidad: de dos tumbas cuelga un tendedero con ropa que gotea agua sobre el suelo, más allá un par de chiquillos juega a la pelota, a las puertas de una casa-tumba dos abuelos fuman una narguile, en la siguiente alguien ha abierto un colmado de barrio.

La pasión por la Otra Vida de los egipcios no es nueva: las pirámides lo demuestran. Del Imperio Antiguo nos ha llegado el pensamiento de un célebre sabio llamado Haryedef, según Anthony Sattin en su libro La Sombra del faraón, que decía ‘la casa de la muerte es para la vida’. ‘Busca a tu siervo de ka’, ordenaba a su hijo aludiendo a los sacerdotes que se ocupaban de las tumbas, ‘un terreno entre tus tierras, que todos los años esté bien regado, que sea más provechoso que el de tu propio hijo: prefiérelo a tu heredero…’. Las tumbas no eran eternas pero en la mente de los antiguos egipcios debían de serlo porque en ellos le iba la vida (la otra vida), un propósito que suena inocente y que me hizo temblar de emoción en cementerios como este de Colombia, con lápidas recientes escritas a rotulador, escritas con faltas de ortografía, algunas ya ilegibles: estamos destinados al olvido. Nadie sabe hoy dónde está la tumba de Haryedef, nadie sabe si su vida en la muerte es más dura por ello mismo…

www.losmundosdehachero.com

Ropa húmeda, ropa tendida, ropa que gotea agua, ropa que supone la mayor diferencia entre los vecinos de arriba y los de abajo de estos peculiares barrios

Las costumbres funerarias de los antiguos egipcios pasaron de generación en generación hasta encontrarse con un enemigo poderoso: el Islam. El mismísimo Mahoma fue enterrado bajo la casa de su esposa pero los wahabitas son tan estrictos que no quieren restos terrenales que puedan ser considerados venerables y desvíen la atención de lo único que merece la atención: el propio Dios. Les pasa algo parecido a los orates del Estado Islámico. Ya en el siglo XIX los saudíes destruyeron las tumbas de Husein, el nieto del Profeta, la tumba de Fátima, hija del Profeta, y hasta la de Jadiya y la de Maria al-Quibtiyya, esposas del Profeta. La tumba de Mahoma se conserva aún pero a punto estuvo también de sufrir el embiste de las apisonadoras y sólo las protestas de todo el mundo islámico desaconsejaron la gamberrada. ¿Y cómo es posible que en Egipto se mantengan tumbas que en muchos casos son tan venerables y encima sirvan de vivienda a tantos millones de personas? Porque Egipto es diferente, porque las huellas de los que ya no están son tan importantes como las de los que estamos, porque ni siquiera una fuerza como el Islam ha conseguido borrar del gen egipcio sus orígenes, las reminiscencias faraónicas…

www.losmundosdehachero.com

Muchos vecinos residen en las tumbas con el consentimiento de los dueños, que les permiten quedarse a cambio del mantenimiento de los edificios

El quiz de la cuestión, cuenta Anthony Sattin en su libro, vino con la popularización del waqf, una donación religiosa libre de impuestos que produjo un enorme auge de lujosas tumbas. Hubo quien vio un hueco para las actividades benéficas y quien vio una oportunidad para beneficiarse haciendo una cabriola legal. Tras el periodo en el que Egipto estuvo en manos de Saladino vinieron los llamados mamelucos, antiguos esclavos comprados en Asia Central y el Cáucaso que eran entrenados en el arte de la guerra y convertidos al islam. Los mamelucos era tan eficaces en sus cometidos que obtenían la libertad y pasaban a integrar un sistema social en el que podían aspirar a conseguir cargos según sus capacidades. Y fueron tantas que llegaron a dominar Egipto durante varios siglos. Eso sí, no podían legar herencias a sus hijos. Un hecho crucial que les llevaba a deshacerse de sus fortunas en vida: ¿y qué mejor modo que retomar la tradición egipcia de crearse moradas exhuberantes para la otra vida? Los mamelucos además adherían a sus fantásticas tumbas una mezquita, o un hospital, incluso una familia que viviera permanentemente en las instalaciones para que la mantuviera aseada y hermosa. Los cementerios crecieron con el paso de los siglos, siempre fuera de las murallas de la ciudad, aunque tenían una actividad febril para estar destinados a la muerte.

Estaban los cuidadores pero también había picapedreros, albañiles, enterradores, salmistas, en según qué mausoleos se instalaban sectas sufíes que buscaban energías extraterrenas para potenciar su ascetismo. Por si todo esto fuera poco, la población del Cairo también creció tras la segunda guerra mundial y el conflicto árabe israelí de 1948 y el de Suez de 1956. ¿Y dónde iban a dar tantos refugiados? ¡¡Claro!! ¡A un lugar donde el suelo es tan barato que es gratis, las casas son tan amplias como vacías, las calles tan tranquilas que los niños juegan sin miedo a que el demencial tráfico cairota pueda llevarte por delante!! A ver a qué wahabita radical se le ocurre derribar las tumbas de este pueblo de tumbas.

En la ciudad de los muertos de Bab el Nasr una mujer se asoma a la ventana de su casa tumba y me pide que le haga una foto. ¿Seguro?, desconfío porque las mujeres egipcias huyen de las fotos como los gatos del agua. El ambiente de zona rural se rompe de pronto con una comitiva que sigue a una furgoneta. ‘Un entierro’, susurra la mujer. Un cementerio de gente muerta y de gente viva que sigue viva en su función original: enterrar nuevos muertos. No son muertos de postín porque el cuerpo acaba en una tumba abierta en un patio comunal donde hasta hace apenas un momento un grupo de mujeres charlaba animadamente sentadas en el suelo mientras un niño trepaba por entre lápidas.

‘Los muertos están muertos y nosotros estamos vivos’, me dice Mohammed en el cementerio mameluco del desierto mientras espera que le dé una propinilla por abrirme las puertas de la tumba. O de su casa. O de su casa-tumba, según se mire. La familia ha ocupado la zona de entrada, unas amplias estancias destinadas a la memoria de la princesa Shivakiar, muerta el 17 de febrero de 1947 a la edad de setenta años. No llegó a ver la revolución de Nasser ni a sospechar que todo el boato de su estirpe, la del legendario Muhammad Ali, sería un exotismo en el jardín de la familia de Mohammed y Ahmed. Pero polvo somos y en su caso polvo bien adobado. Al menos, pienso, saben quién es. Peor suerte tiene el rey de la casa de Mariamma.

www.losmundosdehachero.com

La habitación de Mariamma está separada de la tumba de un rey desconocido sólo por un destartalado armario verde

Mariamma nació en su casa-tumba hace sesenta y seis años y no recuerda nada más. Su habitación, entre la sencillez y la miseria, está dividida en dos partes: a este lado dos camas medio desechas, una alfombra polvorienta, una pequeña bicicleta tirada en medio, una nevera vieja, cacharros llenos de platos, paños, cubiertos, cajas acumuladas en las esquinas. Y un armario verde y con las puertas desvencijadas que separa la habitación de otra habitación: donde duerme su sueño eterno un rey. ¿Qué rey?, le pregunto. ‘No tengo ni idea, pero es un rey’. En la habitación contigua, efectivamente: un sepulcro. No tiene la solemnidad de la princesa Shivakiar pero luce digno en su abandono, a media penumbra, con una pared pintada de rojo y amarillo, el suelo sucio. ‘Creo que es un rey mameluco’, insiste Mariamma, ‘pero no sé más’. Por la entrada de la casa-tumba deambula una rehala de patitos recién nacidos en un suelo lleno de excrementos, botellas vacías y trapos manchados.

www.losmundosdehachero.com

En el patio de Mariamma hay un cobertizo con una hermosa tumba finamente decorada en el interior de un cobertizo y otra tumba al aire libre

‘En el patio hay más tumbas’, dice, ‘por si quiere verlas’. Y ahí están. ‘La que está cubierta alberga mucha gente’, comenta mientras unos niños salen de otra habitación. ‘Son mis otros vecinos’. Por otros intuyo que hace referencia a los vivos y que el término vecino incluye a los muertos y a los vivos. Desde la ventana que cobija la tumba comunal veo la tumba que cobija a un desconocido a la intemperie. ¿Mamelucos? ¡Quién sabe!, se encoge de hombros. Quién sabe, pienso yo también, tal vez mamelucos, puede que fatimidas, abasidas, ayubidas, otomanos. Faraónicos no, esos están más lejos. Este área guarda esas tradiciones que ponen tan nerviosos a los occidentales (que no conseguimos imaginar cómo es eso de vivir en un cementerio) pero no provienen de la noche de los tiempos. Son muertos más recientes. Pero muertos. ‘No veo de qué habría que tener miedo’, dice Mariamma. ‘Están muertos y viven allí: yo vivo a este otro lado de la habitación…’