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Las colinas de Mokattam huelen a basura. Es un olor inconfundible, el de la basura, un tufo que iguala a ricos y pobres, el de la basura, un hedor universal que origina una bacteria, la Haloanaerobium, en su producción de dióxido de carbono, ácido propílico, sulfuro de hidrógeno, ácido acético y ácido butírico. También hay levaduras y hongos y bichos locales que matizan el olor global que nos iguala a todos. El de la basura. Porque la basura siempre huele igual, vayas a donde vayas. Y las colinas de Mokattam, al sur de la ciudad de El Cairo, huelen a basura. Y mucho. ‘El olor viene de ahí abajo’, me dice un tipo que me ve torciendo la nariz, ‘de Garbage City’. ¿La Ciudad de la Basura? ¿Hay una ciudad que huele a basura y se llama ciudad de la basura?

Meto zoom y veo un extenso barrio de calles empinadas, apartamentos deteriorados y enormes bolsas sobresaliendo de azoteas, balcones y portales. ‘Es basura’, me dice el mismo tipo, ‘en ese barrio todo es basura’…

Una rata destripada me recibe en la Ciudad de la Basura. Sus entrañas han salido disparadas y forman una flecha que me señalan el camino. Están negras, sus entrañas, se mueven, las entrañas, pero no son ellas, las entrañas: son moscas. Las hay por millones: donde quieras que mires: moscas. Se posan en las paredes, en los suelos, en tu ropa y en tu pelo, sobrevuelan el asfalto intermitente, se cuelan en las casas y en los portales y llegado un momento ya no las sientes porque son como el aire pútrido. Más allá, el cadáver de un gato. En medio, niños juegan al fútbol. ‘Bienvenido a la Ciudad de la Basura’, me dice Bekhit Rizke, al frente de la Asociación por la Protección del Medio Ambiente, comerciante y relaciones públicas del barrio, ‘venga conmigo y no le ocurrirá nada’. ¿Es que el barrio es peligroso?, le pregunto. ‘No tiene por qué’, responde, ‘pero hay gente a la que no les gustan las fotos’.

Enormes bolsas de basura se acumulan por las esquinas, latas prensadas, vuelan papeles, piso charcos, evito un rehala de patitos aplastados por algún vehículo. Más niños jugando al fútbol. Pareciera como si una salvaje huelga de basureros se hubiera cebado especialmente con el barrio. ¡La diferencia es que no hay huelga alguna sino que los basureros de la ciudad viven todos aquí! ¡Y alguno se lleva trabajo a casa!

¿Cómo se puede vivir literalmente rodeado de basuras? ‘Estamos acostumbrados’, me dice Bekhit, ‘pero por favor, no saque fotos a las mujeres porque no queremos que se identifique a la mujer egipcia con la basura’. Asiento asombrado y evito primeros planos de mujeres. Tampoco hay mucha actividad: hoy es domingo y el domingo es el día del Señor. ‘Aquí somos todos cristianos’, me dice Bekhit, y yo asiento grave mientras noto que el intenso olor a basura se difumina en mi pituitaria. Comienzo a acostumbrarme al hediondo ambiente. Más moscas. ¿Cuánta gente vive aquí, Bekhit? ‘Somos alrededor de sesenta mil recicladores’, me dice, aunque en los censos oficiales la cifra de habitantes asciende a algo menos de trescientos mil. ‘Con los familiares’, apunta Bekhit.

Porque la Ciudad de la Basura es un barrio como el tuyo o como el mío, no se imaginen un vertedero abierto en el que se han construido tenderetes. No. La Ciudad de la Basura es una ciudad con apartamentos y comercios, con un colegio y un centro de salud, con sus calles, sus tiendas y sus restaurantes. Sólo que todo está lleno de basura. Se acumula en las calles, viaja sobre camiones que las traen de todo El Cairo, se distribuye a bordo de pequeñas camionetas o carros tirados por burros, inunda las plazas hasta alcanzar tamaño humano, jalona mi camino, alfombra los tramos donde juegan los niños, se pudre y evapora y forma parte del aire.

¿Y no les produce enfermedades? ‘Por supuesto que sí, no somos inmunes’, me dice Bekhit, ‘pero el abandono del gobierno es tan grande que no tenemos otro modo de subsistencia’. Ahí arriba levita una virgen María. Enfoco mejor la vista: no levita, está suspendida con cables. Más allá una cruz. En la pared un San Simón en celosía. ‘Aquí somos todos cristianos’, repite Bekhit mientras me enseña un corral repleto de cerdos con pintas que chapotean en un charco negro y maloliente. Más allá un cartel con un cerdo pintarrajeado señala la tienda del carnicero.

El barrio se llama Manshiyat Naser pero todos lo conocen como Ciudad de la Basura. Aquí viven los zaballeen, los recolectores de basura, un oficio que en El Cairo alcanza ribetes de tragicomedia. He visto a los recolectores de basura en Bogotá, pero no eran más que un ejército de yonkis que recorría la ciudad en busca de cartones, plásticos y vidrios con los que pagarse una dosis y no tenían un lugar fijo en el que dormir. En la capital de Bangladesh, Dhaka, hay barrios dedicados al reciclaje pero los trabajadores viven en otros barrios. Hay recolectores de basura en otros países que echan su jornada laboral en un vertedero. Pero lo que me parece inaudito es que todo tenga una apariencia de normalidad en un barrio aparentemente normal repleto de basura.

Escenas de un barrio normal en un barrio que no es nada normal

Los zaballeen recorren El Cairo capturando basuras y traen su botín al barrio para recuperar lo recuperable. Hay mucha basura porque hay mucho El Cairo para recorrer: son unos veinte millones de almas que acumulan más de diez mil toneladas diarias de desperdicios. Los desechos se acumulan en los bajos de las viviendas, ‘hay quien se la lleva a casa para examinarla más a conciencia’, me dice Bekhit, ‘pero desechos no orgánicos’, aclara cuando intuye que me acerco al cortocircuito mental. A las puertas de las viviendas familias enteras separan la basura mientras charlan de sus cosas: plásticos de colores por aquí, cartones por allá, papeles por acullá.

Caminamos por el irregular asfalto de las calles rodeando charcos y más ratas muertas. Un rebaño de cabras nos encara brincando desde el final de la acera. ‘El Cairo no tiene un sistema de eliminación de basuras eficiente’, me dice Bekhit, ‘y le estoy hablando de hoy día, imagine hace cincuenta años, cuando se establecieron aquí los primeros’. Bekhit quiere enseñarme algo: ‘es la primera casa del barrio’, me dice, ‘fueron unos religiosos los primeros en establecerse, precisamente en esta casa, vea usted, y aquí también estuvo el primer generador de electricidad que conoció el barrio’. La puerta está mugrienta, cómo no, la pared sucia, cómo no, la calle llena de bolsas y restos. Es la zona cero de Garbage City.

Esta fue la primera casa del barrio

¿No sueñas con vivir en otro barrio? ‘Soy de aquí’, me dice, pero sueña con otra vida, no puede negarlo, con otro ambiente, con otro aire. ‘Tenga en cuenta que la primera vez que se encendió una bombilla en mi casa fue en 1991’, cuando ya tenía 18 años, ‘toda una vida de privaciones’. Al doblar la esquina: más basura. Esas escaleras no llevan a ninguna parte porque están absolutamente colapsadas de enormes bolsas de basura. Los zaballeen recorren las calles casi que puerta a puerta cobrando una miseria por retirar unos desperdicios que examinarán en casa con más calma. Y sin embargo, el índice de recuperación de la Ciudad de la Basura es cuatro veces superior al de las compañías occidentales de reciclaje, ¡hasta un 80% de recuperación!.  ¡Milagro de San Simón, cuya desconcertante iglesia domina las alturas del barrio!

Una plaza literalmente sumergida literalmente en basura: aquí hay máquinas para comprimir los desechos

¿Y es posible empeorar en este clima insalubre, nocivo, nauseabundo? ¡¡Sí!! El gobierno municipal del Cairo contrató en 2003 a una empresa especializada que les hace la competencia con unos contratos millonarios que, cosas de los contratos, sólo les obligan a reciclar el 20%: justo al revés que los zaballeen, que desechan el 20% y reciclan el 80%… Por si fuera poco, la gripe porcina de años atrás terminó con el sacrificio de más de trescientos cincuenta mil cerdos de la ganadería local y ahora muchos no saben qué hacer sin cerdos mugrientos ni menos basura: de las diez mil toneladas, los zaballeen se apoderan aproximadamente de un tercio. Basura que les mata y les da vida y cerdos que devoraban los desechos orgánicos y, no se lo digan a nadie, no sólo comían los vecinos sino que también vendían a restaurantes para turistas… Una contradicción y un estilo de vida que pueden verse en este documental llamado ‘Garbage Dreams‘ donde relata el día a día de este extraño barrio.

Visto desde las alturas, la Ciudad de la Basura resulta asombrosa. Pero desde el suelo lo es mucho más. Las enormes bolsas de basura tienen vidas detrás, los balcones de los que asoman enormes bolsas de basura tienen familias detrás, los bloques de latas compactadas esconden niños jugando al tres en raya. Allí una cruz mugrienta y negra de basura se enseñorea de una pared, veo un Cristo y una Virgen María presidiendo una calle.

Hasta la cruz que preside esta calle está mugrienta

No es el mejor modo de promocionar una religión en un país que lucha permanentemente por no caer en las garras del islamismo más excluyente… En lo que alguna vez debió de ser una plaza, y hoy no es más que un abigarrado cúmulo de basuras que no deja ver ni el suelo, unos hombres se esfuerzan por prensar desperdicios. Disponen de unas máquinas antiguas, oxidadas, al borde de la desintegración, malolientes de un uso permanente y continuo. Bekhit quiere enseñarme su tienda. ‘Porque aquí hacemos otras cosas’, me cuenta, ‘hacemos artesanías, tenemos iniciativa para superar el estigma de ser conocidos nada más que por la basura’. Es cierto, miro las artesanías, como antes miré el colegio. Todo ha salido de la basura. Y con ella, también saldrá la solución a un futuro sin basura. ‘Seguro’, me dice esperanzado, ‘he vivido aquí desde que nací, merezco morir en un sitio diferente, aunque sea sin salir del barrio…’