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Brunei por Hachero

El sultán de Brunei no tiene punto medio. O no se le ve jamás, o no puedes evitar encontrártelo en cada esquina. Su rostro ceñudo e hirsuto te observa desde los retratos de los más acólitos, que aquí son legión, su cuidada perilla le confiere al sultán una virilidad de la que adolece en otros retratos de cuerpo entero, donde se le nota cierta forma abotijada.

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El sultán te espera en el interior de un centro comercial, en forma de retratos un tanto naives pero colocados en un lugar de honor por si acaso, el sultán te recibe en la exposición de bienvenida al turista que se adentra en la ciudad flotante más grande del mundo, el sultán te observa serio desde la entrada de los hogares más humildes, tras los mostradores de los comercios, sobre las mesas de los restaurantes.

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Nada raro en las monarquías musulmanas, por cierto, y menos para mí, vecino de un Marruecos que ha visto a Hassan I, y ahora a Mohammed VI, en los lugares más inesperados. Claro que aquí sólo son algo más de cuatrocientos mil habitantes y la presencia del sultán se nota incluso en sus ausencias, en los cuidados jardines, en las calles impolutas, en el parque móvil de alta gama…

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Y es que el sultán de Brunei, Hassanal Bolkiah Mu’izzaddin, tiene un ego tan grande que el país se le queda pequeño. En el centro de Bandar Seri Begawan, la capital de Brunei Darussalam (Brunei Morada de la Paz es el nombre oficial de este curioso país), se levanta el museo de los Presentes Reales. Un delirio que acumula los regalos que otros monarcas y otros países han tenido a bien entregarle a su majestad. El edificio es desproporcionado a lo que guarda, y la plantilla de trabajadores, pero sobre todo trabajadoras, demencialmente nutrida. Una enorme cúpula corona el museo, una cúpula que se levanta sobre un fastuoso carruaje sobre el que el sultán empezó, en octubre de 1967, su reinado, aunque un reinado un tanto limitado porque Gran Bretaña ejerció el protectorado sobre sus territorios hasta 1984, cuando le otorgó la independencia.

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Museo de los regalos reales

Lograda la libertad plena, el monarca decidió que, por ley, no puede equivocarse jamás, tanto en su vida privada como en su vida pública. Así que sin dudas sobre su capacidad de adivinar, vaya en zapatillas o en calzado oficial, el día que decidió que sus regalos tendrían un señor edificio no puede tomarse a chanza. Si lo decidió el sultán, por algo será. A las puertas espera una legión de pudorosas y sobrevestidas azafatas, te atienden hasta cuatro señoritas con chador y pulcramente cubiertas, una te consigue las llaves de una taquilla, otra te recuerda la necesidad de caminar descalzo en un lugar tan sagrado, otra te señala la planta de arriba y te dice que de hacer fotos ni hablar, otra más te vuelve a mostrar la planta de arriba. Y entonces el gozo fogoso del que se ve retratando los óbolos del monarca se esfuma en una mueca de estupor. ‘Las fotos sólo se permiten en la planta baja’, me consuela la azafata mientras me requisa temporalmente la cámara e imagino gestos de dolor verdadero entre los turistas chinos que no dejan de tomarse imágenes a las puertas del edificio.

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El interior del museo de los regalos reales

Una lástima, me digo ya planta arriba mientras contemplo la metopa que el rey Juan Carlos I de España le entregó en persona colocada en una urna observada atenta por una cámara en el techo. Más allá una placa de un jeque del golfo, acullá un regalo del rey de Tailandia, la Shell le entregó una enorme maqueta de un gasero, hay instrumentos africanos, collages sin apenas gracia provenientes del centro de Asia, reproducciones de templos, de castillos, de palacios, y armas como símbolos de amistad. La mayoría de los regalos me parecen tan kitsch como los rickshaws de Melaka, lo mismo que la réplica de un dorado trono de oro macizo donde se sustanció su despegue de la vida común, o aquel canapé de piel de tigre que envejece rodeado de rojo satén. Estoy tentado de sacar el móvil y dejar constancia del almacén real convertido en museo pero el ojo orwelliano me hace desistir: ya he probado los calabozos de Gibraltar, no creo necesario conocer los de otros subproductos de la Gran Bretaña.

Brunei por Hachero

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Las vitrinas apenas llenan el enorme espacio del museo y las lanzas, las telas, los retratos al óleo y demás fruslerías no terminan de dar sentido a semejante edificio. Ya en la planta baja consigo, por fin, recuperar mi cámara aunque siento que lo llamativo está precisamente arriba. Abajo no hay más que el carruaje que lo llevó el día de su coronación y una representación de aquel momento con maniquíes que hacen las veces de soldados reales, además de cuarenta sombrillas de diseño cúbico en dos colores, amarillo y rojo, que fueron portados por ‘Los Jóvenes’ el fastuoso día de marras.

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El caso es que la mayor parte del museo nos retrotrae al momento más importante de la historia del sultán, o del sultanato, lo mismo es: la coronación del monarca el 1 de enero de 1984, cuando se independizó de Londres. Una independencia que no cortó los lazos de amistad construidos desde 1888, el año en el que los ingleses establecieron un protectorado  de común acuerdo con la familia real que alcanzó su momento de gloria en 1962, cuando una rebelión armada contra el monarca fracasó gracias a los británicos. Desde entonces, Inglaterra mima a su pequeña ex colonia y el sultán de Brunei envía ósculos de amistad desde su pequeño reino tropical. Una amistad nada desdeñable para los británicos porque Brunei produce casi 200.000 barriles de petróleo al día, mientras que consume apenas 12.000, y literalmente flota sobre una balsa de miles de millones de metros cúbicos de gas. Como curiosidades, Brunei tiene cero dólares de deuda externa y el sultán proporciona a sus súbditos sanidad y educación gratuita, subvenciona el arroz, la vivienda y  construye delirantes mezquitas en una inequívoca oda a Allah y al fasto económico.

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El príncipe heredero del sultanato es Al-Muhtadee Billah

Y ahora más que nunca porque el sultán, convencido como está de que no puede equivocarse jamás ha escandalizado a todo el mundo con su decisión de imponer la sharía y rescatar del olvido las lapidaciones a las adúlteras y homosexuales, las amputaciones a los ladronzuelos y la pena capital a los blasfemos y apóstatas. Su decisión de imponer la suprema ley islámica, no ha sentado nada bien en el resto del planeta, pasto de Sodoma y Gomorra (pensará Hassanal) y desde la oficina de Naciones Unidas para los derechos humanos a Amnistía Internacional son legión las organizaciones que han exigido la revocación de un código que nos retrotrae, dicen, a la edad más oscura de la humanidad. El sultán, que además de tener un sultanato es uno de los hombres más ricos del mundo, posee hoteles de renombre internacional repartidos por todo el mapa, como el Príncipe de Savoia, Le Meurice o el Dorchester, pero también el Beverly Hills y el Bel Air, establecimientos que están, respectivamente, en Milán, París y Londres, pero también en Los Ángeles y Nueva York. Su decisión, soberana e irreprochable por ley, ya sufre el boicot de los siempre revoltosos chicos del cine, de los colectivos de gays y lesbianas de todo el mundo y de cualquier persona de bien. No entra en esta categoría la familia real británica, que ya ha roto varias veces el boicot, pensando, quién sabe, en el lago infinito de gas sobre el que descansa Brunei y en el que se basa la fortuna y la suerte del sultán..

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Una suerte, eso sí, que la sharía sólo se impondrá a los musulmanes, que son el 70% de la población local. Llego a Bandar Seri Begawan por barco desde Malasia y lo hago en viernes de Ramadán: las calles están desiertas, las carreteras vacías, los taxistas parecen un lujo de otro país, llueve desesperadamente. Suerte que poco después un señor con aspecto de chino pero que se declara malayo, aunque con pasaporte de Brunei, y católico apostólico y romano, me ofrece su vehículo para acercarme al centro. La velocidad de su inglés es tal que sólo capto ideas y a veces creo que ni él mismo está seguro de lo que dice.  ‘¡Qué gran papa fue Juan Pablo II!’, dice mi benefactor mientras me habla de que ser católico en Brunei es algo más que una cosa rara: se conocen todos, claro. ‘Hay tres obispos’, me cuenta mientras recorre unas carreteras modernas, cuidadas y totalmente vacías, ‘y tenemos comunidades de católicos en las principales ciudades’. Suerte que la sharía no se les imponga directamente aunque sí de modo tangencial: los no musulmanes deben vigilar sus espaldas antes de mencionar a Allah o entrar en discusiones sobre la fe islámica. Tampoco se puede poner en tela de juicio la labor de Hassanal, que ha sido desde sultán a jefe de estado, primer ministro y ministro de defensa o de finanzas, patriarca del estado feliz en el que no puedes encontrar ni una gota de alcohol, para desesperación de los expatriados, ni una mujer vestida a la occidental

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La capital de Brunei Derussalam es Bandar Seri Begawan

Un despropósito para una familia que vulnera en su vida diaria cada punto de la sharía que tanto interés tienen en instaurar. Por ejemplo, la colección de vehículos de lujo, que no es propia del sultán sino más bien de su hermano menor, el Príncipe Jefri, quien sufre una supuesta afición por el sexo, los harems y las grandes fiestas subidas de tono. De momento las sospechas recaen sobre Jefri, todo un friki que controló durante años las ventas de petróleo y gas desde su ministerio de Economía (hasta que lo echaron por el desastre que estaba gestando) y que, según el New York Post , tenía un yate de 152 pies que se llamaba ‘Tetas’, y dos yates menores: Pezón 1 y Pezón 2. Jefri además tiene 17 hijos, productos de su alegre vida genital, y ahora vive lejos del sultanato porque le condenaron a pagar casi 4.000 millones de euros por el desfalco que produjo y si se topa con su hermano acaba en los calabozos reales. The New York Post recoge la historia de Shannon Marketic, una miss norteamericana que aseguraba haber recibido una oferta de trabajo de 3.000 dólares diarios para un trabajo promocional en Brunei y terminó convertida en esclava sexual obligada a bailar para el príncipe, una historia que se ha escuchado en otras ocasiones en boca de otras chicas, como Jillian Lauren, que escribió un best seller basado en su supuesto cautiverio, ‘Some girls: my life in a Harem’.

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Y no es que el sultán se quede muy atrás en lujo: según Vanity Fair su mansión tiene 1.788 habitaciones, 257 cuartos de baño, cinco piscinas, un salón de celebraciones con capacidad para cinco mil personas y un garaje para más de cien coches. Una humilde cochera en comparación con la colección de su hermano, que se cifra en 3000 vehículos que hacen más comprensible el extraordinario buen estado de las carreteras de este país tropical. Las vías están en franco buen estado y me pregunto si será por el bien de sus súbditos o porque de otro modo no tendría sentido su espectacular colección. Una colección misteriosa y escondida de la que apenas hay alguna foto robada y el testimonio de un broker de los coches, Michael Sheenan, uno de los pocos occidentales que ha conseguido entrar en el misterioso garaje y cuyo asombro puedes ver pinchando aquí. Entre sus coches, Aston Martin construidos ex profeso para el sultan, modelos de Bentley sobre chasis especiales, BMWs originales y únicos, multitud de ferraris pero con la excepcionalidad de que del F50 Bolide, propiedad del sultán, no se conoce nada más porque oficialmente no existe… Por las calles, eso sí, los vehículos de alta gama son legión, y parecen recién sacados del paquete, de nuevos. Lo mismo ocurre con la mayoría de las viviendas, nuevas y modernas, a pesar de algún barrio menos favorecido en el que intuyo viven inmigrantes.

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La familia real como tema central de una exposición pictórica

De hecho el 90% de su PIB procede del petróleo y en los supermercados encontrar un producto local es tan difícil como ver el garaje del sultán. Un país que produce al día 25.3 millones de metros cúbicos de gas no puede tener problemas económicos aunque sí de estrategia y visto lo visto (fundamentalismo religioso, barra libre de servicios sociales y gasto exagerado en pamplinas por parte de la familia real) no parece que el mundo posterior al crudo genere más que inquietud. A día de hoy importa el 60% de sus alimentos, lo que deja entrever que el resto de productos, desde tecnología a locomoción pasando por todo lo que uno puede imaginar, viene de fuera. Un mundo a la medida del sultán y su familia, una suerte de mundo feliz en el que el nombre, Morada de la Paz, está muy bien puesto porque apenas ocurre nada más destacable que una ráfaga de viento o que unos turistas se pierdan en la inmensidad de una ciudad vacía. Pero vacía solo sobre el papel porque en cada esquina, en cada rincón, puede observarte un rostro enjuto y serio.

El rostro del sultán.

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