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Agdam por Hachero

Agdam, la ciudad fantasma

En el centro de Stepanakert un taxista me hace señas. ‘¿Le llevo?’, parece decir. Pero no sé a dónde ir porque Stepanakert no es una ciudad precisamente bonita. ‘¿Me llevaría a Agdam?’, le pregunto. ‘¿Agdam?’, dice con los ojos muy abiertos y me hace una señal para que suba. Subo raudo porque los locales son reticentes a viajar hasta una ciudad que es sinónimo de tragedia, una tragedia que se alarga al día de hoy y que mantiene una calma tensa entre dos países, o tres, sin consideramos al Nagorno Karabagh otro país más. Porque Agdam se encuentra en Azerbaiyan pero en la zona que el gobierno de Stepanakert, es decir, el del Nagorno Karabagh, (pincha aquí para conocer mi viaje a este extraño país) considera ‘de seguridad’ y esencial para que el ejército azerí no ataque las posiciones locales. Para mayor enredo, el ejército que patrulla por las desoladas calles de Agdam es el de Armenia, desplegado a lo largo de todo el anillo de seguridad que rodea el perímetro de la frontera que linda con los azeríes. De este modo los armenios dejan la defensa de su propio país, recordemos: Armenia, en manos de los rusos. El taxi arranca con un sonoro rugido y el conductor me mira sonriente desde detrás de un poblado bigote. Hace una imitación de una metralleta mientras un carro conducido por un abuelo zigzaguea para evitarnos y extraigo: usted combatió en Agdam. ‘Yes’, dice el hombre y su amplia sonrisa se torna amarga y fija entonces su vista en el camino. Para los habitantes de Stepanakert Agdam es una cicatriz, un recuerdo amargo, un mal sueño y la prueba más evidente de su victoria sobre el vecino país.

Agdam por Hachero

Agdam es hoy maleza y arbustos y matorral bajo

El 23 de julio de 1993 vivían en la ciudad de Agdam entre cincuenta y cien mil vecinos (enorme horquilla que nadie termina de fijar con exactitud). Un día después no quedaba absolutamente nadie. Toda la población fue expulsada hacia el este, detrás de la línea de seguridad, desplazados internos, desplazados en su propio país, pero desplazados por soldados externos, soldados de otro país. Desde entonces los vecinos de Agdam deambulan por Azerbaiyan recordando su hogar, mostrando fotos a quien quiera verlas, llorando por sus casas y por sus calles y por sus tiendas y hasta por la mezquita. Muchos no saben que tan sólo la mezquita sigue en pie y que las casas se desmoronaron, las calles se llenaron de maleza que rompía el asfalto de las carreteras, que las tiendas son irreconocibles y que Agdam no sale ya ni en los mapas. Muchos, en cambio, eran demasiado jóvenes para recordar cómo era su ciudad y muchos más, como colofón, ni siquiera han nacido allí, aunque sigan considerándose de la ciudad, así que no pueden saber cómo era aquella urbe. No lo sabrán la mayoría de los hinchas del Qarabag Agdam FK, el equipo de la ciudad, fundado en 1951 y uno de los dos que siempre ha participado en todas las ediciones de la primera división azerí. En 1993 su estadio saltó en pedazos, su entrenador, el héroe nacional Allahverdi Bagirov, murió en los combates y el club se trasladó a la capital del país, Bakú, donde juega manteniendo tan solo el nombre de su ciudad de origen. Una ciudad que ya no existe. Porque a vista de pájaro Agdam es lo más parecido a Hiroshima, a Nagasaki, al sinsentido de la guerra.

Agdam por Hachero

Un tanque a las afueras de Stepanakert apunta directamente a Azerbaiyan

El taxi sale de Stepanajert y se detiene un momento ante un tanque colocado sobre una tarima. Señala a Azerbaiyan. El tanque, me refiero. El taxista sonríe plácido, parece feliz de saber que el cañón le protegerá de la prometida venganza azerí. Sonrío con él por puro desconcierto y miro al horizonte por si veo algo: no, no veo nada. Agdam está lejos aún. Concretamente a veinticinco kilómetros, lo suficiente para que no la distinga en el horizonte, pero tan cerca que no puedo imaginar cómo es eso de vivir tan cerca del fin del mundo. Porque los vecinos de Stepanakert consideran Agdam algo parecido al fin del mundo.

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Los veinticinco kilómetros se cubren en apenas media hora pero cada metro de la carretera guarda historias terribles. El 22 de febrero de 1988, por ejemplo, los vecinos de Agdam salieron enfurecidos hacia Stepanakert para cobrarse severa venganza porque la URSS se desmoronaba y temían que el Nagorno Karabagh, región de población mixta pero que los soviéticos habían situado en el interior de Azerbaiyan, quedara en manos de Armenia, que la considera la cuna de sus ancestros. Los armenios, más hábiles en esto de moverse entre bambalinas, tenían ya ganado el favor de los rusos y una Armenia independiente asomaba la cabeza entre el marasmo de los últimos días de la agonizante potencia. Pero aún quedaban muchos flecos que recortar. ¿Qué era un país? ¿Dónde acaban sus límites? ¿Qué es mío y qué es tuyo? Y peor aún, ¿qué pasa con las regiones, las comarcas, las ciudades y los pueblos donde las etnias están mezcladas, juntas, fundidas?

Agdam por Hachero

Los soldados armenios han levantado su campamento junto a la única estructura que aún recuerda a un edificio

Los recuerdos de pogromos antiguos, de principios del siglo XX, mezclados con las suspicacias y nuevas persecuciones (de armenios en Bakú, de azeríes en Sushi), y el toque mágico de rumores sin confirmar (la historia de dos hermanas raptadas y violadas por desconocidos encendió varias mechas sin saber si era cierta) aceleró el torbellino de indignaciones. Los vecinos de Agdam, como decía, avanzaron por la carretera que la separa de Stepanakert pero no pudieron pasar del pequeño pueblo de Askeran, donde les esperaba un cordón de policías y vecinos armenios armados con escopetas. En la escaramuza dos azeríes cayeron muertos y el nombre de uno de ellos, Bakhtiar Uliev, pasó a la historia como el de la primera víctima del último conflicto entre Azerbaiyan y Armenia. La noticia de las dos muertes soliviantó a la ciudad de Agdam, que montó en cólera y decidió atacar, espontáneamente, a la de Stepanakert, en una suerte de versión caucásica de Villaconejos de Arriba contra Villaconejos de Abajo.

Agdam por Hachero

Al fondo de la carretera se distingue, solitario, al único habitante de Agdam, un desequilibrado que la recorre cargado de bultos

La llegada a Agdam es excitante. A ras de tierra sólo veo montículos de piedra, maleza señalando los límites de la carretera y árboles salpicando el paisaje. Esto es Agdam, me dice el taxista. ¿Esto? ¿Esto es una ciudad donde vivían cien mil personas? El lugar parece un polígono español a medio urbanizar, con solares cubiertos de matojos y techos en el suelo, suelos en el subsuelo y el apacible canto de los pajaritos. De pronto, un tipo aparece por la carretera arrastrando un bulto. Parece un indigente pero también un desequilibrado. A la entrada de la ciudad una gran chabola de hojalata y restos de viviendas sirve de referencia con una familia sentada a las puertas que nos saluda al pasar. El taxista hace señales de peligro: bum bum, me avisa. Parece que el terreno está minado y hay que ir con cuidado. ‘Mosquee’, le digo y él me mira con un gesto adusto y severo, como diciendo que le hablo en armenio o no entiende un pimiento. Por fin hace un gesto y encamina su vehículo por una carretera dudosa, entre matorrales, hacia un lugar que no puedo ver. Sí que se ven tiendas de campaña de camuflaje, una cocina al aire libre con pinta de acuartelamiento, una bandera armenia. María José, una periodista de Cádiz afincada en Tbilisi, Georgia, me avisa de que la entrada en Agdam está prohibida y que pueden lloverme reprimendas de todo tipo. ‘A mí me borraron todas las fotos’, me advierte y busco ansioso el soldado que habrá de fastidiarme el viaje. En vano.

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Los dos minaretes de la mezquita, los últimos vestigios de que aquí hubo una ciudad muy poblada

Al fondo se levanta, por fin, las dos torres de la mezquita, el único edificio que permanece en pie en la ciudad. Milagrosamente los armenios decidieron respetar el templo islámico aunque sólo en cuanto a la estructura porque el interior parece una mezcla de basurero y letrina. Apenas quedan trazos del templo que fue, y mucho menos de su imam, Sadiv Sadikov, que administraba todo el complejo religioso de la zona. Apenas a unos pasos se levantaba el cementerio, hogar del peligroso bandido Yakub Katir Mamed, conocido como La Mula, un listillo que organizó una pandilla de seiscientos mercenarios que se arrogaron la defensa de la ciudad cuando el conflicto entre armenios y azeríes parecía ya más que claro. Tampoco queda estatua alguna de Panah Ali Kan, el fundador del kanato del Nagorno Karabagh (una palabra mitad rusa mitad iraní que significa Jardín Negro por la fertilidad de sus tierras) en cuyo mandato se construyó la ciudad, allá por el siglo XVIII, con el nombre de Agdam: la Casa Blanca. Una Casa Blanca que, por cierto, tampoco está ya. Tampoco queda rastro de su estación de trenes, de sus fábricas textiles ni de sus factorías de mantequilla, sus bodegas de vino, su ajetreada vida como centro agrícola. El taxi pisa restos de sabe Dios qué fecha mientras la mezquita aparece magnífica en su miseria. Bajo del coche a los mismos pies del edificio y miro un hueco para colarme cuando aparece una patrulla del ejército armenio.

Agdam por Hachero

La patrulla del ejército de Armenia

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Los soldados son apenas unos jovenzuelos cargados de armas y aburridos de patrullar una zona en la que aún se intercambian disparos con el ejército aterí

Agdam por Hachero

Tiemblo de pies a cabeza porque normalmente los soldados no se andan con contemplaciones y expulsan a los extranjeros de malos modos. Pero, espera, no, ¡se están haciendo fotos! Me hacen señales, me piden que me acerque. ¡Quieren que les haga una foto! Luego me piden que pose con ellos. No es el ejército terrible y duro que esperaba, me digo mientras les pregunto si es seguro subir a los minaretes de la mezquita. ‘¡Suba, nosotros estamos ya aburridos de hacerlo!’. Así que, después de hacerles fotos y de sostener una de las banderitas de colores que utilizan para señalar los terrenos minados, subo escaleras arriba en un claustrofóbico espacio lleno de polvo y suciedad. El interior de la mezquita está hecha un horror, el mihrab ultrajado, el espacio de rezo ensuciado, las paredes pintarrajeadas. La Mula se hubiera sentido especialmente violento de haber visto este estropicio.

Agdam por Hachero

El interior de la mezquita de Agdam

Mamed, La Mula, era el tallador de las tumbas del cementerio que está aquí atrás y fue uno de los personajes de Azerbaijan Diary, el trepidante libro del periodista norteamericano Thomas Goltz, el único que asistió a todos los capítulos del nacimiento de Azerbaiyan. La verdad es que Agdam siempre tuvo fama de ciudad oscura, llena de contrabandistas y fugitivos de la ley, incluso en los tiempos de la Unión Soviética. En la ciudad se acantonaron bandas de mercenarios que ocuparon el lugar que el ejército de Azerbaiyan, mal armado y peor dirigido, dejó en la defensa de la región. Un sitio desde el que atacar, o defenderse más bien, al ejército armenio, mucho más disciplinado y efectivo. En Agdam el ejército se desintegraba, las unidades funcionaban con independencia de las demás y al frente se erigían delincuentes de fama nacional, gentes que habían pasado muchos años en las cárceles soviéticas. Unidades que lo mismo luchaban contra los armenios que entre ellas y que tan pronto usaban sus fusiles en las refriegas que los vendían para comprar alcohol o tabaco. Desde el punto más alto de la mezquita, y de la ciudad (porque no hay nada más en pie) el paisaje no deja de sobrecoger: la destrucción es total, más que Hiroshima pareciera que estoy en una de esas ciudades comidas por la naturaleza en las selvas del Yucatán…

Continúa en la segunda parte (Pincha aquí)

Agdam por Hachero