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Agdam por Hachero

Agdam es una sucesión de ruina tras ruina

Desde el minarete de la mezquita, Agdam ofrece una visión apocalíptica. A vista de pájaro las calles son más visibles que a ras de suelo pero el grado de devastación es tan grande que parecen más unas ruinas antiguas que unas recientes. Las casas son identificables aún como tales y en un ejercicio de imaginación no muy severo puedo ver a la mujer que se dirige al mercado, a los abuelos sentados fumando narguile, el peluquero de la esquina y los contrabandistas conduciendo alocadamente un coche. Pero una vez desecho el embrujo todo desaparece y la realidad se impone. No hay nada de eso. Las casas sólo ofrecen escombros y vegetación desatada, las carreteras son una sucesión de baches en los que se adivinan cráteres de misiles Grad y otros provocados por las inclemencias del tiempo. Allá lejos las montañas negras del Nagorno Karabagh, el Jardín Negro, y nada más. Calma y silencio donde antes había bullicio y ruido. Ni siquiera resulta fácil evocar los tiempos en los que los mercenarios se enseñorearon de la ciudad para multiplicar sus negocios, su estraperlo de productos iraníes, turcos, rusos.

Agdam por Hachero

Agdam por Hachero

Kemal Ali, un médico que conocía la zona, contó a Thomas de Waal, todo un experto en la zona (y autor de libros imprescindibles para conocer esta región, como Caucasus y Black Garden), que las unidades luchaban según la resaca que tuvieran ese día y que en ocasiones preferían dormir la mona, ‘la guerra es un estupendo lugar para los criminales y en aquellos años el ejército de Azerbaiyan estaba al mando de criminales’.. Entre los nombres que quedarán en la historia de la infama caucásica destaca el de Asif Makhamerov, al que decían Freud porque se las daba de intelectual, por no mencionar el de La Mula. En 1991 el Nagorno Karabagh aún era un mosaico de pueblos azeríes y armenios, cuando no vivían todos en la misma población. Pero conforme el odio creció, los vecinos más fuertes expulsaban a los más débiles, o los ejecutaban directamente. En octubre de 1991 los armenios cortaron la carretera con Khojali y masacraron a la población local. Tan sólo Thomas Goltz pudo dar la voz de alarma de que la región acababa de abrir la espita que la llevaba a la guerra, pero apenas encontró eco. En Khojali murieron alrededor de 500 personas y Agdam, muy cerca de esas terribles montañas que quedaron cubiertas de muertos congelados, se supo entonces perdida.

En pleno caos de la situación, agravado con la dimisión del presidente de Azerbaiyan, Ayaz Mutalibov, el ejército ruso recibe órdenes de abandonar la región pero los vecinos armenios de Stepanakert bloquean las carreteras y les obligan a evacuar vía aérea (y abandonar todos los equipos en tierra). El caos ya era absoluto y la ciudad de Stepanakert termina rodeada por fuerzas azeríes (y chechenos como Shamil Basayev que vinieron a apoyar a sus hermanos en fe) y los armenios se involucran en una guerra que ya es total. La ciudad de Shusha, uno de los clásicos ejemplos de convivencia interétnica y situada sobre una colina, sirve de base para el lanzamiento de misiles sobre Stepanakert, indefensamente levantada sobre una extensa llanura a los pies de la primera. Los ataques no duraron mucho ni sirvieron para mucho más que aterrorizar a los vecinos de la ciudad pero las consecuencias fueron terribles porque los armenios decidieron no dejar piedra sobre piedra.

Agdam por Hachero

Agdam por Hachero

Soldados armenios patrullan por las calles de la ciudad de Agdam

Agdam se llenó primero de refugiados de Xodjali, desplazados que deambulaban por las calles que ahora veo cubiertas de maleza y con hornos y trozos de frigoríficos tirados ante lo que una vez fueron puertas de casas. Goltz estaba en busca de testigos de la masacre de Xodjali cuando cayeron los primeros misiles en la ciudad, un primer ataque que desató una oleada de nuevos refugiados entre los que se contaban antiguos refugiados de la ciudad masacrada. La marea humana estaba salpicada de carros, carretas, coches, caballos y gente en bicicleta huyendo de la destrucción. Más de cincuenta mil personas salieron ese día para evitar la muerte y la ciudad se convirtió en bastión azerí para luchar contra los armenios. Hasta seis grupos distintos de mercenarios, que no eran más que delincuentes, se hicieron fuertes en la ciudad. Cuenta Thomas de Waal que aunque los dos ejércitos tenían serios problemas de organización, las paredes de los mercenarios estaban repletas de posters de chicas desnudas mientras que los armenios, algo más concienciados en lo que se jugaban, trataban de mantener una disciplina militar. A Agdam enviaban desde Bakú a los armenios que aún vivían allí y que secuestraban para sacar dinero, como Lev Vaganovich Ovakov-Leonov (Leoniyan), un artista octogenario con el título de artista nacional en los tiempos soviéticos que fue secuestrado y trasladado a Agdam para un intercambio por el padre de un conocido juez que a su vez había sido también secuestrado por células armenias.

Agdam por Hachero

Los dominios de La Mula aparecen hoy desbaratados y destruidos

Agdam por Hachero

De todos los grupos paramilitares de Agdam sólo conozco el de La Mula, autoproclamados Los Halcones de la Defensa y autoencomendada la salvaguarda del perímetro de la zona del cementerio y la mezquita de los ataques armenios, que estaban apenas a cien metros. Su posición era conocida como Puesto 19 y frente a ellos estaba una facción armenia encabezada por un antiguo compañero de colegio de La Mula. ‘Espero matarlo pronto’, le decía a Goltz, sin saber que esa dudosa amistad le depararía la detención en Bakú porque ambos falseaban los ataques, anunciaban bajas que no se habían producido para crearse fama y poder dedicarse al contrabando, que era su especialidad, sobre todo el contrabando de cuerpos humanos, que guardaba conservados en hielo. Los Halcones tenían tres tanques y una infinidad de armas procedentes de compras ilegales a soldados rusos, y entre sus hombres, seiscientos, había oscuros contrabandistas, ucranianos, tayikos y rusos. Su odio a los armenios lo expresaba así: ‘Los azeríes somos siete millones, casi ocho, mientras que los armenios son dos millones y medio, si cada uno de ellos mata a cien de nosotros aún así les doblamos en número así que sencillamente ellos no pueden ganar’.

Agdam por Hachero

Aunque la fecha oficial del desastre al que asisto desde la altura del minarete de Agdam fue el 23 de julio de 1993, día de la caída, el desastre ya había comenzado un mes antes, en junio,  cuando el ejército armenio lanzó una gran ofensiva aprovechando los líos del gobierno, con un presidente que huyó del palacio presidencial casi que sin cerrar la puerta, y el enfado de uno de los pocos militares capaces de, si no ganar sí al menos plantar cara al enemigo: Surat Huseinov, que se hizo fuerte en la ciudad de Ganja y desafió al estado azerí. En ese estado de indefinición, los refuerzos dejaron de llegar a Agdam: no llegaban soldados de reemplazo, no llegaban armas, ni alimentos, ni nada de nada. Los vecinos se organizaron para la defensa de la ciudad y los grupos de paramilitares rondaban por las calles en estado de sobreexcitación nerviosa. Los misiles seguían cayendo, los cadáveres de los refugiados de otras zonas se pudrían en las calzadas, los casquillos estaban esparcidos por doquier y los vecinos terminaron viéndose como un remedo de los defensores de Stalingrado pero condenados a la derrota porque, concluyeron, no importaban un pimiento a Bakú.

Agdam por Hachero

El día después de la caída de Agdam comenzó el saqueo. Hombres que llenaban camiones iraníes con los pétalos de miles de rosales despanzurrados para el mercado negro del jabón y el perfume persa, vecinos de los pueblos cercanos cargando marcos de puertas y ventanas, camiones cargados de escombros, árboles arrancados de cuajo, muebles, libros, estanterías, cocinas enteras. A los pies de una casa reconozco una estufa antiquísima oxidada y agujereada. El señor que encontré al principio vuelve a cruzar una fantasmagórica calle arrastrando unos misteriosos bultos. Los soldados armenios se despiden en formación y cantan una bucólica canción. El viento mece las ramas de los arbustos que son ahora los habitantes más estables de la ciudad abandonada. El taxista me llama: vámonos, me dice con la mirada, los soldados pueden cambiar de opinión en cualquier momento. Me voy de Agdam, ya he tentado la suerte lo suficiente.

 Agdam por Hachero