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Unos pasos más y habré puesto mi contador de pecados a cero. Son pasos muy escarpados y el corazón parece querer huir del pecho. Pero ahí arriba está uno de esos lugares que todo lo limpian, según la iglesia católica, y ya me veo como recién salido de la pila bautismal: sin pecado. Corría el año 1967 cuando el Papa Pablo VI declaró que la sola visita en peregrinación a esta montaña merecía una indulgencia plenaria, es decir, que el mismo Dios exime las penas temporales que los fieles deberían purgar, ya sea en vida o tras el pertinente paso por el purgatorio.

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Una figura católica, la indulgencia, que está recogida en el código de derecho canónico, en los artículos que van del 992 al 997, y que define el 992: ‘la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos’. Para lograr la indulgencia hay que estar bautizado, no haber sufrido excomunión y hallarse en estado de gracia. No entiendo muy bien lo del estado de gracia aunque supongo que la adrenalina de subir la colina, el vecindario que me mira desconfiado y la emoción de pisar uno de esos lugares legendarios me coloca en estado de gracia…

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A las afueras de Antakya, que nosotros conocemos como Antioquia, al sur de Turquía, se encuentran unas escarpadas colinas agujereadas con cuevas a medio caer. Es el monte Silpio, el hogar de los primeros cristianos, una montaña que se cae a cachos y que corre el peligro de desmoronarse completamente. Los desconchones que el tiempo ha originado en la superficie de la montaña dejan al descubierto restos de sabe Dios cuándo: trozos de escaleras, paredes de ladrillo visto que acaban abruptamente, algo que parece una calzada. La montaña está agujereada y parece derretirse al estilo Gaudí, o al modo de esos castillitos de arena playera que todos hemos rematado con churros al modo de estalagtitas…

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El gobierno turco impide ahora la entrada de visitantes porque la frecuente lluvia de rocas hace el lugar peligroso y poco recomendable pero aún así son muchos los curiosos que se acercan para sentir las vibraciones de aquellos protocristianos. Si regreso algún día nada será igual. Dicen que van a enjaular la montaña, que la rodearan de vigas de acero, que bajo el santuario construirán un gran aparcamiento y bares y tiendas de recuerdos. En definitiva: que lo convertirán en un circo para turistas. Como soy aficionado a estos lugares fuera de lo habitual, y como ya en su momento estuve en la tumba del propio Jesucristo en la India (pincha aquí), aprovecho el momento antes de que el entorno cambie y sigo subiendo.

Iglesia de San Pedro por Hachero

Las indulgencias no se consiguen fuera de la iglesia católica y fue uno de los motivos por los que Lutero mandó al garete al Papa de Roma y levantó los cimientos de una iglesia paralela: las indulgencias se habían convertido en una moneda, los pecadores adinerados negociaban con los prelados del momento y a cambio de un dinerillo soltaban lastre y se hacían un hueco para nuevos pecadillos. La palabra indulgencia proviene del término ‘indulto’, el perdón de una pena o de una culpa merecida, y la indulgencia plenaria significa que uno sale como nuevo, como si estuviera recién bautizado, todos los pecados desaparecen, borrón y cuenta nueva porque la misericordia de Dios es infinita. Sigo ascendiendo pues.

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La gruta tiene tan sólo trece metros de profunda y siete de alto y en su interior hay una fuente de agua que usaban en una primitiva pila bautismal que hoy está seca porque la conducción se cegó en algún momento de su historia. Aquí puedes ver algunas fotos de su interior. La fachada que veo desde aquí no es la propia sino un añadido de la primera cruzada, allá por el año 1.100 restaurada por los monjes capuchinos a mediados del siglo XIX, y probablemente si los santos Pedro, Pablo y Bernabé volvieran a la vida no reconocerían su gruta de los ritos prohibidos.

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Dice la historia que los pasos de esta gruta pueden seguirse en los Hechos de los Apóstoles (11:25-27)

11:24 Bernabé era un hombre bondadoso, lleno del Espíritu Santo y de mucha fe. Y una gran multitud adhirió al Señor.

11:25 Entonces partió hacia Tarso en busca de Saulo,

11:26 y cuando lo encontró, lo llevó a Antioquía. Ambos vivieron todo un año en esa Iglesia y enseñaron a mucha gente. Y fue en Antioquía, donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”.

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Mirando alrededor no parece que los locales gocen de este privilegio: un taller de motos, tiendas de comestibles con las persianas bajadas, un río sin más agua que un hilillo sucio y algunos niños que quieren hablar inglés. ‘Venga y le enseñamos a la Virgen María’, me dice un muchachito, ‘¿eres cristiano?, le pregunto, ‘no señor, soy kurdo’, responde mientras ascendemos por una pendiente escarpada. ‘Conozco kurdos cristianos’, le digo al muchacho, ‘no señor, los kurdos solo somos kurdos’, me responde y dejo zanjada la conversación. Porque ahí arriba, irreconocible por el desgaste del tiempo, la figura de una cabeza cuyo contorno recuerda vagamente a la clásica de la virgen se levanta imperturbable. Saco la cámara y tiro fotos. Desde las alturas la ciudad de Antakya se extiende infinita en la llanura, una imagen que desconcertaría a los primeros cristianos si les diese por regresar..

Antakya por Hachero

A los pies del santuario se extiende la ciudad de Antakya

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Desgraciadamente la mayoría de las imágenes las tiene un oficial del ejército turco que me requisó dos tarjetas de memoria porque me colé en la frontera y sorprendí a un miserable haciendo negocios con un grupo de inmigrantes. Al principio tiré fotos pensando que era parte del ajetreo fronterizo, gentes que vienen, que van, una gran cola de vehículos, el campo de refugiados Reyhanli allá al fondo, entre olivos y bajo una lluvia fina. Y unas gentes que hablaban con caras tristes mientras un tipejo con cara de hipster repartía papeles. Era un mafioso sacando los cuartos a los refugiados y mi foto le molestó sobremanera así que llegamos a las manos, intentaba quitarme la cámara, yo manoteaba al aire, el ejército llegó y el mafioso soltó unas frasecitas de complicidad que me hicieron temer lo peor: me introdujeron en un furgón, detenido, un soldado me ofreció un puñado de pistachos, y finalmente llegamos a un acuerdo: me quedo con las tarjetas de memoria. La alternativa era la detención y la incautación de la cámara. Con las tarjetas el oficial también se llevó la mayoría de las fotos de la montaña de San Pedro y de su iglesia.

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Un vigilante me cierra el paso: ‘está cerrado’, dice. ‘Vengo desde España’, le digo intentando ablandarle el corazón. ‘No hay nada que ver’, y con un gesto como de matar una mosca me dice adiós y desaparece. La capilla está ahí, a tiro de piedra, pero no puedo entrar. A decir verdad, no creo que pueda entrar nadie. Está llena de andamios, precintada y con material de obra a sus puertas. Me marcho con una duda: ¿servirá el intento para la indulgencia o la limpieza total de mis pecados precisa de entrar en la gruta…?

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