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Junto a la carretera que conduce de Tam Tam Plage a Tarfaya, al sur de Marruecos, el desierto pierde pie y se despeña en un pronunciado precipicio sobre el océano Atlántico. El abismo es importante y el simple hecho de acercarse al borde causa escalofríos y un nudo en la garganta. Pero allí veo a unos tipos que llegan al límite mismo del desierto y desaparecen tragados por el vacío. Veo tiendas precarias, si es que la precariedad es tan precaria como estas tiendas, veo cosas tiradas por los suelos de este Sahara que ahora parece rocoso y más allá esbelto y maleable en las caprichosas formas de sus enormes dunas. Me preocupo. Los tipos no vuelven y el precipicio parece cortado a pico.

Pescadores por Hachero

Paro el coche y busco la solución al enigma. Y ahí están, encaramados en picos tan precarios como sus tiendas, acurrucados en pequeñas planicies que ni tal nombre merecen. Saludo pizpireto y trato de bajar pero uno me hace una señal serio y ceñudo: cuidado, parece decir, si te caes: no hay vuelta atrás. Le hago caso y bajo con cuidado, empuño la cámara y grabo con un ojo, vigilo los pies y el camino con el otro. Un resbalón y estás muerto. Abajo se abre un acantilado de más de cien metros, las olas baten violentas sobre la base del continente africano, no veo modo de subir en caso de accidente. ‘No lo hay’, dice uno de los pescadores, ‘si caes…’, y suelta una sonora risotada. ¿Ha pasado alguna vez?, pregunto angustiado. Todos miran al infinito y de pronto pica una lubina.

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Allá en el horizonte asoma majestuoso en su ruina el casco de un gran carguero que el tiempo ha convertido en un monumento al Olvido. ¿Qué hacen con este pescado?, pregunto otra vez, ‘lo vendemos a los camiones frigoríficos que viajan al norte’, responde uno de ellos.

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Mientras tanto residen en sus tiendas precarias, esos trozos de tela de arpillera y mantas beduinas que huelen tan mal como parecen. Azotados por la espuma del mar, el salitre acumulado, las rachas de viento y el inclemente sol, los pescadores del Sahara se afanan en capturar el máximo de pescado para llevar unos dirhams a casa. Unos peces que malvenderán a los transportistas, o a los intermediarios, para que se sirvan en los puertos del norte, en Sidi Ifni, en Agadir, tal vez lleguen a Essaouira. El camino está jalonado por pescadores como ellos, un grupo de cinco aquí, otro de siete allá, un pescador solitario en aquella grieta, tres más cargando cañas de pescar por un desierto que no termina de comprender muy bien qué hacen estos artilugios de pesca en lo más alejado al mar. Que está a unos metros, por cierto.

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Abajo las olas explotan en la base del acantilado y un escalofrío vuelve a recorrerme la cerviz. No imaginaba que pescar en el desierto fuera posible, y mucho menos suicida. Tampoco imaginaba que el célebre dicho de Lao Tsé perdería aquí toda su agudeza. ‘Dale un pez a un hombre y comerá un día, dale una caña y comerá siempre….’

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