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Al Alto Karabagh sólo se accede por una estrecha carretera comarcal tras atravesar un puesto fronterizo en una remota montaña del sur de Armenia. Es lógico que sea así porque es la única entrada a un país que nadie reconoce. En la divisoria de los dos estados un soldado supervisa el escandaloso visado que la representación internacional del país fantasma me ha pegado en el pasaporte. El permiso se obtiene en la capital de Armenia, Erevan, el único lugar donde es posible encontrar una representación diplomática de este gobierno fantasma. Instalados en un edificio de aspecto neoclásico, la embajada ya prepara para lo que se encontrará el visitante en el país: salas vacías, escaleras desiertas y una herencia soviética en forma de burocracia que obliga al turista a bajar y subir de planta repetidas veces para cumplimentar los requisitos del formulario.
Nagorno Karabagh

En un mástil de la supuesta frontera ondea solemne la bandera de la República de Artsakh, como se autodenominan, exactamente la misma que la de sus vecinos armenios con tan sólo una incisión en un lateral. ‘Algún día seremos un solo país y quitaremos esa esquina’, dice el uniformado mientras me mira curioso: son pocos los turistas que se aventuran hasta aquí y, por lo que parece, mucho menos españoles. La carretera comarcal tiene aquí otro apelativo: es una autopista, y además de atravesar impresionantes montañas nevadas y tormentas de aguanieve se interna durante unos kilómetros en territorio enemigo: Azerbayan. Es una de las fronteras más peligrosas del mundo porque en cualquier momento pueden revivirse los episodios de los años noventa en los que el Alto Karabagh era sinónimo de guerra.

 

Nagorno Karabagh
Soldados armenios patrullando por las calles de Agdam

Han pasado veinte años desde que el 10 de diciembre de 1991 los vecinos de esta región, habitada entonces mayoritariamente por armenios cristianos pero incluida por los soviéticos en los límites de la musulmana Azerbayan, votaron en referéndum abrirse al mundo como un país independiente. Una independencia que sólo reconocen Osetia del Sur, Abjasia y Transnistria, otras tres aspirantes a naciones que tampoco nadie admite. Dos décadas después de aquella proclamación que les costó la enésima guerra, el proyecto resiste contra viento y marea, con un ojo puesto en sus vecinos azeríes y otro en la demografía. Ciudades medio vacías, pueblos desérticos, campos sin apenas campesinos y carreteras surcadas sobre todo por vehículos militares. El país que nadie reconoce amenaza ruina y pocos responden al llamado nacional para repoblar la región. El censo oficial asegura que alrededor de 140.000 personas pueblan esta montañosa región de tierras negras (Karabagh es una palabra turcoiraní que significa Jardín Negro) pero basta un paseo por sus algo menos de cinco mil kilómetros cuadrados, la superficie de La Rioja, por ejemplo, para caer en lo evidente: faltan vecinos y los que están son tan mayores que no vivirán mucho tiempo más.

 

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Obreros trabajando en una calle de Shushi

 

Armen nació en Marsella, nieto de armenios expulsados a principios del siglo XX por el genocidio turco de la región de Estambul. ‘Envidio a los judíos’, me cuenta, ‘porque ellos tienen la meta de vivir en su tierra original, Israel, mientras que los armenios no son capaces de lanzarse a repoblar la cuna de sus antepasados y prefieren lavar su conciencia enviando dinero’. Apenas tres millones de armenios viven dentro de las fronteras de su país, incluida aquí esta nación sin amigos, mientras que repartidos por todo el mundo viven más de ocho millones: casi el triple. El Nagorno Karabagh les ofrece grandes extensiones de terrenos fértiles, montañas nevadas, arroyos caudalosos y densos bosques pero también la posibilidad de revivir alguna de las frecuentes carnicerías que forman parte de su historia, remota y reciente. No hay ciudad que no presente cicatrices en sus calles ni familia que no tiña de negro la ropa de sus tendederos.
Nagorno Karabagh

 

Agdam está prohibida para los turistas, a pesar de que en algunas guías de viaje se anuncia como un atractivo más de la región. ¡Y lo es, cómo no serlo! Apenas a media hora de camino de la capital, Stepanakert, se levanta la mayor ciudad azerí del país: Agdam. Poblada en su último día de vida con más de cien mil habitantes, hoy simboliza la agonía de la República de Artsaj y ofrece la estampa más desconcertante y deprimente del Cáucaso. Situada en territorio de Azerbayán invadido por el ejército armenio como colchón de seguridad para evitar ataques a las poblaciones del interior, Agdam ocupa una amplia extensión de terreno en la que no se mueve nada más que las ramas de la maleza. Desde que todos sus habitantes fueron obligados al exilio y los paramilitares armenios la saquearan, las casas se han desplomado, las carreteras languidecen con enormes baches llenos de agua, la vegetación escapa impetuosa por las ventanas sin marcos, la urbe presenta una extraña estampa que superpone la Hiroshima de la bomba atómica con las ruinas mayas de Chiapas. Tan sólo la mezquita mantiene el tipo, sus dos soberbios minaretes elevados al cielo en una muda súplica, esperando a unos fieles que no vendrán jamás. A sus pies, un batallón de soldados armenios se divierte tomando una foto del grupo con un teléfono móvil.
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Me detengo paralizado porque el gobierno de Stepanakert prohíbe la entrada a los turistas, y mucho mas a la prensa extranjera: estamos en territorio ocupado donde, de cuando en cuando, aún se producen disparos lejanos que cuesta alguna vida. Para más inquietud, el terreno está minado y las pocas paredes que resisten en pie pueden derrumbarse sobre cualquier caminante incauto. Una pareja de periodistas occidentales, ella española, fue detenida meses atrás y borradas todas sus fotografías. El delito: pasear por estas desoladas calles. Sin embargo, los soldados, aburridos de largos meses de guardia en una ciudad vacía, se divierten con el único pasatiempo posible: un turista. Tigran es un soldado originario de Stepanavan, en la frontera armenio georgiana, que dice llevar un año y cinco meses por la región: ‘sueño con una fiesta en una ciudad pero ya sólo me quedan siete meses’. Siete meses en una ciudad vacía es mucho tiempo, le digo, y me mira con ojos de condenado.

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El autor con soldados armenios en Agdam

¿Es posible subir al minarete de la mezquita?, les pregunto, y todos asienten al unísono: ellos ya lo han hecho mil veces. Y se nota. El interior está en ruinas, con pintadas en armenio por doquiera, excrementos, colillas, latas de cerveza. Desde lo alto de la torre se divisa la devastación con una escalofriante perspectiva. Hasta el horizonte sólo se distingue destrucción: ruinas de lo que debieron ser palacetes, ruinas de lo que debieron de ser casas corrientes, ruinas y más ruinas. Hasta perderse en lontananza. Desde el verano de 1993, cuando sus habitantes huyeron al imponerse el ejército armenio en la guerra del Alto Karabagh, nadie más que saqueadores y soldados han pasado por sus calles. Los paramilitares armenios destruyeron a conciencia una ciudad desde la que el ejército azerbayano había castigado a la población civil enemiga: desvalijaron sus edificios, minaron sus calles, quemaron barrios enteros y dejaron los restos como una advertencia a los azerbayanos: jamás cederemos la región.

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Agdam

 

‘Agdam estaba destinada a ser campo’, asiente Armen en su vivienda de Shushi, la segunda ciudad del Alto Karabagh. Los armenios guardan un resentimiento extraordinario a sus vecinos, a los que despectivamente llaman ‘turcos’, una palabra ofensiva para un pueblo que vivió a manos del extinto imperio otomano un genocidio que acabó con un millón y medio de sus antepasados y que dispersó a su raza por los rincones más apartados del planeta. Agdam resultó una punta de lanza de la rivalidad armenio-azerí a principios de los noventa. En sus calles se parapetaron hasta cinco unidades de militares irregulares de Azerbayan, cinco unidades anárquicas que funcionaban de manera espontánea e independiente y que, en ocasiones, incluso peleaban entre sí. Tan sólo coincidían en el enemigo general, los armenios, y la ciudad se convirtió en la pesadilla de las aldeas armenias de la región. Eso sí, la organización era tan distinta que mientras los guerrileros armenios pegaban en las paredes de sus campamentos las fotos de sus héroes muertos en la batalla, los azeríes de Agdam ponían pósters de mujeres desnudas…
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Desde estas calles salían comandos paramilitares dispuestos a matar, volaban misiles con rumbo a las montañas y a la misma capital, Stepanakert. Agdam se convirtió en sinónimo de odio y de turco para los armenios y cuando la conquistaron no tuvieron la más mínima piedad. ‘Agdam estaba destinada a ser campo’. En los saqueos posteriores a su caída, camiones iraníes incluso cargaron cientos de kilos de pétalos de rosas de los frondosos jardines de la ciudad para hacer jabón: el expolio fue total.

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La ciudad de acogida de Armen, Shushi, fue la ciudad más importante del Cáucaso en su momento, cuna de poetas, comerciantes y políticos, punto clave en la ruta de la Seda, ciudad de iglesias y mezquitas, palacios y una vibrante vida social y artística. Hoy no queda apenas nada. Durante la última guerra, los azeríes expulsaron a los georgianos, destruyeron sus viviendas y bombardearon la cercana capital con misiles Graz aprovechando la ubicación del enclave, construido sobre una tortuosa colina y a tiro de piedra de la ciudad adversaria. La destrucción que causaron fue tan grande que cuando posteriormente la retomaron los armenios, expulsaron a los azeríes y destruyeron sus barrios.

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Shushi

La Shushi de hoy apenas guarda recuerdos de aquellos tiempos en los que las caravanas de mercachifles provenientes de la China descansaban en su caravanserais. Sus apenas cuatro mil vecinos habitan en un puñado de edificios de apartamentos de corte soviético, monumentos al mal gusto, medio destruidos por tanto conflicto y apuntalados como único acondicionamiento. Mientras, y a su alrededor, los barrios azeríes abrazan la ciudad en un desesperado intento por no caer en el olvido.

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Nagorno KarabaghNagorno Karabagh

Aún son visibles las paredes historiografiadas en el interior de los palacetes burgueses, los balcones de madera minuciosamente tallados y ahora desfondados por algún incendio, las grandes puertas, las escalinatas, los jardines que un día debieron de ser frondosos, ordenados, y hoy son sólo frondosos. Las calles están vacías, tan sólo de cuando en cuando la cruza un niño en una bicicleta, o dos críos con un balón, pequeños con una ciudad entera a su disposición para hacer travesuras. En una calle comida por la maleza se mantiene en pie una mezquita: está llena de excrementos de vaca porque hoy es un establo.

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A pocos metros otra mezquita aguanta mejor el paso del tiempo y del abandono: es una obra demasiado importante incluso para los armenios, que la han vallado para evitar saqueos, aunque demasiado tarde. En su interior alguien ha tallado pacientemente una brillante cruz en una columna de piedra y en las paredes no queda ni un azulejo de lo que debió ser un templo referencia en la región. Por estas calles, hoy a medio derrumbar, compuso sus poesías  el gran bate Vagif, murió asesinado Agha Mohammed Khan, en su momento sha de Persia, y, en su última batalla contra los armenios, organizó la defensa de la ciudad Samil Basayev, el célebre guerrillero checheno. Cada esquina desprende historia: la muralla, del siglo XVIII ordenada por Panakh Khan, un azerí casado con una armenia, sus diez caravanserais, construidos para dar un descanso a las caravanas de la ruta de la seda, las escuelas de música…

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Todo ardió en 1905, en la primera guerra entre tártaros (los azeríes entonces eran tártaros) y los armenios, y luego volvió a arder en 1920, ahora a manos de los musulmanes, que acabaron con la vida de al menos 500 armenios y dejaron la ciudad convertida en un solar. La destrucción de 1992 tuvo sus ribetes absurdos: los azeríes vendieron la campana de la iglesia mayor, que acabó en Ucrania. Los armenios, como réplica, vendieron las estatuas de bronce de los prohombres azeríes, la poetisa Natevan, el bado Bul Bul, el compositor Hajibekov, estatuas que acabaron en Bakú… Ruina quemada sobre ruina quemada, eso es Shushi, pero ruinas con esperanza y con vecinos que sueñan con darles vida.

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Eso sí: Shushi, a diferencia de Agdam, no está destinado a convertirse en campo. En la parte alta de la ciudad, la Iglesia del Salvador luce magnífica y brillante, recién restaurada, sus frescos ortodoxos luminosos y recién terminados, nada hace recordar los tiempos soviéticos en los que el templo fue un depósito de armas o los destrozos que los azeríes infringieron a su carácter sacro. Algo más allá, la iglesia verde, también en un frenesí de obreros que la acondicionan para los pocos feligreses. Los armenios se esfuerzan por recuperar la normalidad y restauran todo lo que en algún momento fue cristiano: el colegio luce estupendo para el apenas centenar de criaturas que le dan vida, una hilera de pareados recibe los últimos retoques. El contraste entre lo musulmán, abandonado, y lo ortodoxo, reconstruido, no deja de ser revelador de la limpieza étnica que se ha producido en la región. Sin embargo, hay dos puntos que no invitan al optimismo: las calles siguen vacías, la mayoría de los obreros debía de haberse jubilado hace muchos años, los jóvenes aspiran a instalarse en otro lugar. No hay negocios locales que animen la economía del remedo de país y la mayor parte de la renta proviene de donaciones del exterior. ‘Si le une la herencia postsoviética de la economía subsidiada a los millones que llueven en forma de donaciones comprenderá usted que no haya mucha iniciativa privada en esta región…’, se queja Armen.
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barrio azerí de Shushi visto desde la mezquita de la parte baja de la ciudad
Armen sigue mirando a Israel. ‘Los judíos apoyan los asentamientos en territorios palestinos’, dice con admiración, ‘desmantela uno para calmar la opinión pública internacional pero mientras tanto ha levantado otros diez’. En cambio, la República de Artshak permanece desierta, con una sangría que nadie cuantifica porque incluso el censo se ha quedado anticuado. Los armenios de la diáspora no vienen como esperaban los vecinos, que preveían una catarata de colonos a la usanza del antiguo Oeste americano, y los jóvenes prefieren la emigración que luchar por una tierra en permanente peligro de guerra. Una realidad hiriente para personajes como Armen Rakedjian, que dejó su Marsella natal para instalarse en el hogar de sus antepasados con su esposa, Cristina Manian, rumana de origen armenio, y un amigo libanés, también armenio del exilio. Los tres encabezan el ideal de su pueblo, dinámico y emprendedor, pero, a diferencia de ellos, poco dispuesto a abandonar sus vidas en países como Estados Unidos, Francia o incluso España para comenzar una azarosa existencia en unas montañas lejanas enclavadas en mitad de la nada. Por mucho que esa nada fuera la cuna de sus ancestros.
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Armen, como sus compatriotas, rechaza el regreso de los desplazados azeríes a sus casas, una de las peticiones internacionales para comenzar una negociación: ‘ni hablar’, dice rotundo, ‘¿podrán volver los desplazados armenios a Azerbayan? No, y en el Karabagh tenemos más de veinticinco mil. No: pues no hay más que hablar, aquí no queremos turcos’. Armen intenta dinamizar a sus vecinos pero Aghmen, un libanés hijo de exiliados por el genocidio turco, reconoce que es casi imposible: ‘la gente aquí no se mueve por nada, no tienen motivación’. Pretenden establecer proyectos turísticos que aprovechen sus magníficas montañas, crear una infraestructura para el trecking, el turismo de naturaleza, la agricultura ecológica y experimental. Pero los jóvenes siguen soñando con establecerse en Francia o en Nueva York. La expectativa en el Alto Karabagh sigue siendo inviernos helados, carreteras maltrechas, cortes de luz y la guerra en el horizonte. ‘No tenemos la menor duda de que cuando Azerbayan se sienta lo suficientemente fuerte como para vencernos, habrá otra guerra: pero aquí estaremos nosotros, para hacerles frente y vencerles, como hemos hecho siempre’.
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Los armenios del Nagorno se sienten como los últimos guerreros de Cristo, la barrera que protege a la cristiandad de las hordas islámicas centroasiáticas, un pulso que dura ya muchos siglos y que ha alternado periodos de convivencia pacífica con los musulmanes y frecuentes guerras con enormes desplazamientos de población y masacres difícilmente narrables por su crueldad. ‘Hay que poner ya un fin a este periodo cíclico de guerras a la que siguen periodos de construcción para iniciar nuevamente una guerra que vendrá seguida, irremediablemente, por más reconstrucción’, asegura Armen. Sin embargo, ese punto final sólo puede tener un escenario, y es el de la derrota definitiva del enemigo. ‘Vivimos en una región muy inestable, cruce de caminos, por aquí pasaba la ruta de la seda, fuimos parte del imperio ruso y después del soviético, aquí se instaló el imperio otomano, y antes de ellos los persas, por aquí cruzó Alejando Magno y tan sólo podemos estar seguros de una cosa: queremos la paz pero la historia nos enseña que si queremos proteger a los nuestros sólo podemos atacar primero’. Con el recuerdo del genocidio turco en la mente colectiva, los armenios no confían en sus vecinos ni para llegar a la paz. ‘Somos especialistas en diplomacia’, recuerda Armen, ‘y esa debería ser nuestra salida, porque tenemos excelentes relaciones con los norteamericanos y albergamos bases militares rusas en Armenia, tenemos unas inmejorables relaciones con los israelíes y también con los iraníes, con los chinos nos llevamos estupendamente, y con Europa Occidental… sólo nos fallan los más cercanos, los turcos…’. En realidad, azeríes y armenios han estado a punto de llegar a acuerdos de mínimos en varias ocasiones pero el clamor popular es demasiado fuerte para que ninguno de sus dirigentes se atreva a hacer alguna concesión. A lo máximo que han llegado a estampar sus firmas en un acuerdo en el que se comprometen a llegar a un acuerdo algún día.
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En Stepanakert, la capital de este estado de opereta, la actividad parece frenética en comparación con el resto del territorio. Y eso que apenas pasea nadie por su avenida principal. Frente al palacio presidencial una pequeña nube de albañiles se afana en terminar de construir grandes edificios de arquitectura clásica que albergarán nuevos organismos oficiales. Por las calles pueden verse carteles llamando a la celebración del vigésimo aniversario de la independencia. Grupos de jóvenes dan vida a las plazas, colapsan los cibercafés, llenan las dos cafeterías del centro. Pero todos van sospechosamente rapados, vestidos de negro y guardan maneras cuartelarias: son reclutas de permiso, los jóvenes locales siguen en paradero desconocido. En el museo de la nación, Gaiane se ofrece para enseñarme la historia de su país: los  rastros de homínidos, la presencia de hordas tártaras, la rica bisutería de los primeros armenios… ¿y qué hay de la guerra? ‘Eso pasó’, responde molesta, ‘ahora hay que organizar el país para el futuro’, ¿y en esa parte entran los azeríes exiliados, le pregunto casi con miedo. Mi temor era fundado, la pregunta desata la tormenta perfecta, Gaiane cambia su sonrisa por un ceño fruncido, ‘esta tierra es territorio armenio y queremos vivir en paz’, asegura colérica, ‘y eso con los turcos es imposible’. Su gesto se endurece y ahora me pregunta mi interés en Nagorno: en España poca gente sabe que existe este país, le confieso. La caja de Pandora sigue expulsando más mal que bien: ‘Armenia es mucho más antigua que España, ¡a quién le importa lo que pase allá!, yo tampoco conozco nada de ese país’, responde mientras las luces del recinto se van apagando hasta dejarnos en penumbras. ‘Tenemos problemas de suministro’, se disculpa aliviada, ‘vuelva otro día’, se despide no sin antes darme un postrer consejo, ‘y no haga caso de lo que se escribe en internet, Azerbayan invierte millones de euros en descalificarnos en la red…’.
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A una hora de Stepanakert se alza, majestuoso, el monasterio de Vandzasar, con su iglesia de San Juan Bautista, donde la tradición asegura que se encuentra enterrada la cabeza del primo de Jesucristo. Raíz de la ortodoxia armenia, la primera nación del planeta en abrazar el cristianismo como religión oficial, el monasterio reúne en su interior los elementos que aglutinan el sentimiento de etnia. El obispo oficia en su sencilla cámara los ritos del domingo. Junto a él, un ayudante, un sacerdote que entona una melodía con una feligresa, y yo. Una misa solitaria, lejana, oscura y a ratos emocionante, recargada de artificios rituales, pesados ropajes y una total ausencia de público. El motivo por el que los armenios se consideran armenios y capaces de luchar contra turcos, azeríes y persas si fuera necesario. La mejor metáfora del país: una iglesia ortodoxa, restaurada tras mil batallas contra el vecino musulmán, levantada sobre una colina de tierras negras, erguida bajo la fría lluvia del Cáucaso sur, vacía y sin más público que yo.
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Bibliografía:

 

– Black Garden, Thomas de Waal, New York Universitary Press

– Crying Wolf, Bennet Vanora, London, Picador, 1998