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Hacheros por Hachero

Tan inquietante como un cartel borroso en la negrura de la noche del que sobresale, en mitad de una maraña de palabras en un idioma extraño, un nombre conocido: el mío. Porque, siendo francos: Hachero no es un apellido usual, puede que signifique algo en otro idioma pero resulta dudoso, parece que alguien se llame así, pero estoy lejos de mi casa, a once mil kilómetros, es casi imposible que algún primo mío se haya desplazado hasta aquí para montar un negocio inmobiliario. Pero ahí está: un cartel borroso en mitad de la noche con un nombre reconocible: el mío.

doña Herminia por Hachero

Doña Herminia Hachero

Durante décadas doña Herminia apuntó en un cuaderno fechas, datos, parentescos y relaciones. Envió cartas por todas las Filipinas, se desplazó para entrevistar a interlocutores relevantes, escrutar sus respuestas y desenmarañar una madeja mil veces liada. Su objetivo declarado: que las generaciones futuras conozcan sus raíces y se sepan parte de un linaje. Herminia sabía lo que se hacía: durante muchos años fue la supervisora general del sector educativo en la isla de Palawan, era toda una especialista en investigación y este plan, su plan vital, debía de resultar el nexo que uniría a todo un clan. El clan de los Hachero. El resultado no deja de resultar desconcertante: una larga lista de nombres y apellidos de la isla filipina de Palawan, relacionados con primos y parientes de otras islas, nombres ajenos, lejanos, entremezclados con apellidos típicamente asiáticos y con otros clásicos del castellano.

Hacheros por Hachero

Hacheros por Hachero

El señor Macolor Hachero me enseña el facsímil de la obra de su tía Herminia

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero

Acudo a conocer a doña Herminia después de recorrer 11.000 kilómetros porque tengo algo que contarle: yo también soy Hachero pero no soy filipino. Doña Herminia me recibe en su humilde hogar en Puerto Princesa. Tiene casi noventa años y aunque conserva perfil en el facebook no parece ya tan interesada en una obsesión que le consumió años. Me saluda atenta y sonriente, aunque un tanto confusa, se sienta en una silla y me pide que me eche a un lado: le tapo la televisión. En la pantalla unos delfines saltan alegres en una piscina. La edad no pasa en vano y doña Herminia dejó de interesarse por el extraño apellido Hachero hace ya tiempo, me dice su sobrina. Ahora prefiere ver documentales de animales mientras, de cuando en cuando, lanza una mirada curiosa a ese extranjero que dice llevar su apellido.

Hachero por Hachero

Yo mismo con doña Herminia y su sobrino Joel Macolor Hachero en Puerto Princesa, capital de Palawan

Me llamo José Luis Sánchez Hachero y decidí viajar a la otra parte del mundo tras encontrar una página en el facebook dedicada al clan de los Hachero. ‘¿Cómo?’, pensé entonces, ‘¿el clan de los Hachero?’. Debía de haber un error: los Hachero procedemos de Cartaya, al sur de la provincia de Huelva, en España, un apellido minoritario y casi de culto, todos los que llevamos semejante patronímico estamos relacionados de un modo u otro, no es posible que exista un Clan de los Hachero que se exprese en inglés, sus integrantes tengan rasgos asiáticos y aseguren que el apellido es típico de las Filipinas. Y como no es posible pero al tiempo sí lo era, decidí hacerles una visita.

Hachero por Hachero

En casa de Antonietta Hachero en Zamboanga, Mindanao, y a mi lado, Arnold Hachero

Arnold me mira desconfiado: ¿quién es este?, parece decir con la mirada. Me observa silencioso, apenas suelta palabra. Creo que está flipando. Ha esperado pacientemente a las puertas del aeropuerto de Zamboanga, en la isla de Mindanao, al sur de las Filipinas, a que un extranjero venido de la otra parte del mundo desembarque para que le llame ‘primo’. El extranjero tiene la piel pálida, es rubio y tiene los ojos verdes. Arnold tiene la piel tostada, es moreno y de ojos negros. Uno es español: el otro, filipino. Arnold nació en la isla de Mindanao. El otro, que soy yo, en Huelva. Pero ambos tenemos una afinidad en el apellido: somos Hachero. Y según la web www.apellidosdeespaña.com (pulsa aquí para verlo) es uno de esos apellidos raros porque tan sólo hay censados 134 personas como paterno y otros 153 como materno.

Hachero por Hachero

Es decir: hay más Hacheros en las islas Filipinas que en España

Hachero por Hachero

Marie Fay Hachero, del municipio de Pavia, en Ilo Ilo, muestra su identificación

Pero Arnold no es el único ‘primo’ que encuentro. Los Hachero se han multiplicado prolíficamente, siguiendo el mandato bíblico, puedo encontrarlos en la capital de las Filipinas, en Manila, pero también en Mindanao, en Ilo Ilo, capital de las Bisayas, en la isla de Palawan y en la de Coron. Pero no sólo ahí: en Hong Kong residen varias filipinas, que también han colonizado Corea del Sur, Singapur, Líbano, Italia, Reino Unido y hasta los Estados Unidos. Un amplio contingente proveniente en su totalidad de las Filipinas, que exporta trabajadores muy estimados por los empresarios de medio mundo, trabajadores relacionados sobre todo con el servicio doméstico y la marinería pero también sanitarios y personal cualificado. Los Hacheros filipinos se han expandido por medio mundo mientras que los supuestamente originales, los españoles, tenemos una marcada tendencia al inmovilismo patrio. Al menos los de la actualidad.

Hachero por Hachero

Apuntes para el árbol genealógico de los Hachero filipinos

Porque hasta llegar a las Filipinas, los Hachero habían hecho escala, como poco, en México. Según los legajos del Archivo de Indias, Juan Martín Hachero, un vecino de Cartaya, pasó en 1608 a la Nueva España, que era entonces el nombre de México, se supone que con el ánimo de colonizar, y, años después, en 1634, un tal Francisco Salazar Hachero, que debía ser pariente de aquel Juan Martín, ostentaba el título de Procurador General de Nuevo México y Regidor de Santa Fe. El tal Francisco Salazar Hachero, como ya conté en este otro post, estuvo envuelto de algún modo en el asesinato nada menos que del gobernador, un corrupto abusica llamado Luis de Rosas, y su caso pasó a la historia porque en 1643 fue decapitado siguiendo la sentencia judicial que lo encontró culpable. Y debía de ser Hachero, sin duda alguna, porque, siguen las crónicas, los matarifes no podían cortarle el cuello debidamente y él mismo solicitó que afilasen bien el cuchillo, ‘¡por el amor de Dios, sáquenme de esta miseria!’, exclamó, y cuando su cabeza rodó calle abajo dicen que el tal Hachero, que rezaba el rosario durante su horrorosa ejecución, estaba tan metido en sus oraciones que la testa, ya sin cuerpo, siguió entonando el sonsonete religioso.

Aquí explican más ampliamente el drama del capitán Salazar Hachero

Y aquí los abusos del gobernador Rosas, que originaron la muerte del capitán Salazar Hachero.

Hachero por Hachero

La guía de teléfono de Antonietta Hachero

Es de pensar que con su decapitación no se acabó el apellido Hachero porque en algún momento que a todos se nos escapa algún descendiente de Juan Martín Hachero y de Francisco Salazar Hachero aparecieron en las Filipinas. Nada raro porque, de hecho, la ruta comercial que cruzaba el Pacífico se inauguró en 1565 y unía Acapulco y Puerto Vallarta con Manila, fue conocida con el nombre genérico del ‘Galeón de Manila’  y cubría el trayecto al menos dos veces por año. Además la línea comercial Acapulco Manila se mantuvo hasta 1815 y se convirtió en una de las más largas de la historia (dos siglos y medio), hasta que la guerra de la independencia de México la mandó al traste. Con una actividad tan febril, y Juan y el decapitado Francisco danzando por Nueva España, no es de extrañar que algún descendiente del que no ha quedado rastro se embarcara hacia tierras más occidentales.

Hachero por Hachero

Los hermanos Aaron y Arnold Hachero en Zamboanga, Mindanao

Por eso Arnold me mira inquieto. Vive en Zamboanga, al sur de la isla de Mindanao, una ciudad conocida como ‘Capital latina del sudeste asiático’, donde los españoles levantaron un gran fuerte para luchar contra los musulmanes y donde todavía hablan una extraña variedad del castellano: el chabacano. Y me mira de arriba abajo: ¿cómo puede ser este hombre mi primo? Y eso digo yo: ¿cómo Arnold puede ser mi primo? Pero es Hachero, de eso no cabe duda, y como muestra de hospitalidad me regala una camiseta deportiva con un enorme HACHERO 50 a sus espaldas. Su hermano Aaron, un botánico que trabaja para el gobierno, me recibe en su despacho con la boca abierta, me observa con una sonrisa nerviosa y, horas después, me buscará acompañado de su hija adolescente, que me mira como el que asiste a una aparición mariana. Creo que no tienen muy claro eso del parentesco pero la situación les parece divertida y da pábulo a vaciar varias cervezas San Miguel (cuyo origen es filipino, por cierto, fundada en 1890 en Manila…)

Hachero por Hachero

Con Shirley, Florwena y Gina Hachero en el Peak de Hong Kong

Hachero por Hachero

Mi prima Shirley De la Cruz Hachero vive en Hong Kong

El viaje a las Filipinas había comenzado unos días atrás en China, cuando Shirley, Florwena y Gina me dieron cita en la isla central de Hong Kong, aprovechando que el domingo es el día libre de las 150.000 filipinas que trabajan en la ciudad. Todas ellas Hachero, por supuesto. Nos miramos, nos volvimos a mirar, nos examinamos cuidadosamente intentando encontrar algo que nos uniera más allá de ese apellido tan raro que ellos consideraban filipino y yo español. ‘¿Seguro que el apellido es de España?’, me pregunta Shirley en el Peak, el punto más alto de Hong Kong. Pues sí, le respondo, y según Vicente de Cadenas, que es toda una referencia en esto de la genealogía, se trata de un apellido proveniente de Ávila, con un escudo de blasón un tanto simplón, un hacha de oro encabada de sable y puesta en palo. Claro que incluso eso es dudoso porque en Ávila, curiosidades de la vida, no hay ni un solo Hachero que yo haya podido encontrar…

Hachero por Hachero

Lannie y Fe Hachero, ambas de Pavia

Hachero por Hachero

Pedro Hachero, residente en Ilo Ilo

Aurora Hachero Badillo, la hermana de Arnold y Aaron, vive en Edimburgo, en Escocia, donde trabaja en el sector sanitario, y me telefonea casi a diario los días previos a mi viaje. Quiere que todo esté atado y bien atado para que pueda conocer al mayor número de Hacheros. Ha telefoneado a sus hermanos de Mindanao, a sus primos de Ilo Ilo, a sus parientes de Palawan. Aurora guarda un facsímil del trabajo de su prima Herminia y también alucina con esto de tener primos en España. El blasón de Vicente de Cadenas y la supuesta hidalguía de los Hacheros de la Edad del Oro importan poco aquí. Porque, y como de súbito, resulta que los Hacheros son hidalgos desde hace tiempo, nada relevante porque los hidalgos son nobles sin título, ‘hijo de algo’, que indicaba que venía de una familia de posibles aunque venidos a menos. Según un expediente de la villa de Cartaya de 1793 “…Y en la clase de tales hijos dalgo notorios he encontrado a don Diego Martín de Hachero, a don Bernardo Martín de Hachero y a don Domingo Martín de Hachero…”

Hachero por Hachero

Rustum Hachero, en las Bisayas

Un disgusto, imagino, para aquellos aspirantes a nobles de medio pelo eso de mezclar la sangre con tanta etnia indígena como tuvieron que encontrar en sus viajes por medio mundo (literalmente). El caso es que ya a Filipinas pudieron llegar mezclados, y los Hacheros filipinos se remontan a una tal Margarita como causante de parte de esta explosión tropical de tan reducido apellido. Los Hacheros actuales de las Filipinas llevan nombres tan peregrinos como Ceferina, Pamfila, Apolonia, Socorro o Cristiana, reminiscencias de los tiempos de la colonia, nombres castellanos antiguos que apenas se usan ya en nuestro suelo pero que, no obstante, siguen teniendo vigencia a tantos miles de kilómetros. Aurora menciona también a la tal Margarita, una mestiza proveniente de la Nueva España, aunque en ningún documento se prueba que la tal Margarita portara con ella nada más que un montón de bodas y casamientos…

Hachero por Hachero

Cleofe Hachero, en Ilo Ilo

Los Hachero de Mindanao son más. Antonietta y su esposo Bienvenido me invitan a una cena familiar en su humilde hogar a las afueras de Zamboanga. En el menú, cucracha, unos espectaculares cangrejos abiertos, adobo, arroz, y toda la familia Hachero. No ha podido venir Aaron Hachero, el botánico, muy ocupado con su trabajo, pero sí está el menor de la familia, Arnel, un simpático bohemio que vive para cuidar a sus cinco hijos y con el que acabo tomando cerveza tras cerveza. Todos nos miramos con admiración, se preguntan qué hace ese tipo ahí, ese Hachero del que nunca sospecharon nada antes, un tipo que además no se les parece en nada. Ninguno parece saber de dónde proviene su apellido y se asombran al imaginar un pequeño pueblo blanco de paredes encaladas donde los vecinos compartan un lejano eco genético. Zamboanga es hoy una ciudad apartada de las Filipinas, sometida a la tensión del conflicto que enfrenta al gobierno de Manila con grupos insurgentes que pretenden la secesión de Mindanao (el Frente Moro Islámico) y con grupos de terroristas que secuestran extranjeros y los pasan a cuchillo (Abu Sayyaf, muy relacionado con Al Qaeda), un lugar con magia en el ambiente y ningún turista en sus espectaculares playas. Un lugar donde los Hachero viven vidas normales, Arnold juega a los bolos los sábados, Aaron rellena formularios sobre plantas, Antonietta vigila la educación de su hija adolescente, Arnel dejó el trabajo para cuidar en exclusiva a sus cinco hijos, Aurora, la emigrada, llama por el skype desde la lejana Escocia…

Hachero por Hachero

Los primeros encuentros en las Filipinas son tan satisfactorios como desconcertantes. En mi interior no dejo de preguntarme: ‘¿qué hago aquí?’. En Zamboanga estoy casi atrapado, no puedo pasear solo por la ciudad porque el peligro es tan evidente que los terroristas de Abu Sayyaf se dedican ya a secuestrar a sus vecinos musulmanes porque los turistas no se acercan a la región. Al menos, me digo, he conocido a estas cuatro familias Hachero, que habré de unir a los que residen en España, recordemos: en total, 287 personas, lo que nos lleva a ocupar el puesto 20.862 en el ranking de apellidos españoles, con predominio importante en la provincia de Huelva, donde es el 614 más frecuente, con 93 personas censadas con este apellido como paterno y otras 98 como materno, lo que quiere decir que casi el 70%, concretamente el 69,4%, residen en Huelva, y casi afinando algo más podríamos decir que en Cartaya. (20.887 según este listado: http://es.scribd.com/doc/134426152/apellidos-frecuencia ).

Hachero por Hachero

Una multitud de Hacheros me preparan una gran cena en Pavia, Ilo Ilo

Unas cifras ridículas a tenor de lo que me esperaba en mi siguiente escala. A mis paisanos de Huelva, y a los de Cartaya, debo anunciarles una triste noticia. Si en España lideran el número de Hacheros, en el planeta no. Pavía es un municipio de la provincia de Ilo Ilo, en la isla Panay, el centro del archipiélago de las Bisayas. Un hervidero de calles de exuberante vegetación, humildes casas de madera y niños que ocupan las carreteras para jugar a la pelota. A las puertas del aeropuerto me espera Maria Fe con su hermano Rodolfo, ambos Hachero, por supuesto, y ambos encantados de descubrir que alguien al otro lado del mundo lleva ese apellido tan raro. ‘Bueno, no tanto’, me cuenta, ‘por aquí somos cientos’.

Hachero por Hachero

Y así es: situada en una vereda repleta de vegetación en un barrio muy modesto los vecinos se acercan a saludar al extranjero. ‘Mira, esta es mi tía Florencia’, ‘aquella de allí es mi prima Pacita’, los niños se multiplican en la oscuridad, ¿todos son Hachero?, pregunto a Maria Fe, ‘¡¡todos!!’. Los Hachero han alcanzado aquí su máxima expresión, tal vez a la par de la frondosa vegetación y la bochornosa humedad. ‘Todo este terreno’, dice la locuaz Fe, era la vía del tren pero la arrancamos y construimos nuestras casas….’ El hogar de Fe es un hervidero de tíos, primos y hermanos que vienen a saludarme, los planes se multiplican y mi agenda se colapsa ante la cascada de invitaciones, cenas y presentaciones que me deparan los próximos días. El calor es, además, aplastante y el muestrario de mesas repletas de delicatessen locales me causa estupor y varios kilos de más…

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero

Las mesas repletas de comida son un común a los Hacheros de aquí y de allí

Mi prima Lanie me relata sus años en Egipto, al servicio de un poderoso amigo de Hosni Mubarak, mi prima Vivian se escapa de su trabajo en una biblioteca para acompañarme buscando iglesias raras, mi primo Rodolfo abandona todas sus obligaciones para hacerme de chófer, Fe muestra orgullosa el aula donde imparte clases y me presenta a decenas de pequeños que llevan, no menos orgullosos, el apellido de marras. El resultado es desconcertante. A la voz de ‘Hacheros, please’, las pequeñas sillas rayan el suelo, cuerpos menudos atraviesan sonrientes las aulas, me agarran la mano y se la llevan a la frente en señal de respeto. En Pavia, Ilo Ilo, los Hacheros son cientos y debo despedirme de ellos con lágrimas en los ojos, casi escapando abrumado por tanta hospitalidad. Los encontré en fiestas de adolescentes que tocaban la guitarra, conocí a Jaime Hachero, quien a sus noventa y seis años aún arregla los desperfectos de la casa, compartí chistes con Pedro Hachero, que porta una estupenda mata de pelo a sus setenta y cinco años, incluso canté una canción junto a Rustum, quien trabaja como personal en el aeropuerto de Ilo Ilo.

Hachero por Hachero

Fe a las puertas de su aula

Hachero por Hachero

Hachero por Hachero

En las clases los niños con apellidos Hachero se acercan para saludar a su ‘tío’ del otro lado del planeta

Palawan será mi último destino. Mi interés en Herminia resulta evidente: es la integradora del apellido en las Filipinas, la que ha realizado el mayor esfuerzo en mantener unido el clan. Proveniente de Coron, una paradisíaca isla al norte de Palawan, Herminia, como dije al principio, no tiene ya interés en estas cosas tan mundanas. Por eso será Joel quien me acompañe en el deambular por Puerto Princesa, un deambular que me llevará al río subterráneo navegable más largo del mundo y al parque más kitch que haya visto nunca.

Hachero por Hachero

Mi primo Joel en el parque Baker’s Hill

El viaje llega a su fin y aún me deparará alguna sorpresa. Mi prima Bea, Olivia Hachero en realidad, me mostrará las artes del karaoke y sus primas, todas Hachero de cierta edad, me demostrarán lo rocambolesco del viaje genético. ‘Hello, I am Carmen Hachero’, me dice una señora a la que identifico más cerca de los aborígenes australianos que a los mismísimos filipinos (no habré de decir de Huelva). Todo un shock porque aquel rostro austral no refleja para nada el de mi señora madre, que, cosas del destino, se llama exactamente igual. Carmen me despedirá en el aeropuerto de Puerto Princesa con dos grandes bolsas de anacardos, el fruto local. ‘Para su familia’, me dice mientras imagino la escena al revés, la Carmen Hachero de Cartaya despidiendo a una prima filipina mientras le entrega una cajita de fresas y un jamón de Jabugo…

Hachero por Hachero